domingo, septiembre 08, 2019

El poder disfrazado de servicio


Ya es sabido de los múltiples abusos de poder dentro de la Iglesia. Esta vez no me voy a referir a los abusos sexuales o a los excesos de la autoridad eclesial. Tampoco a los que se dan en el mundo civil, por parte de quienes ostentan un cargo importante, desde un representante de un país hasta un ministro. Me refiero a otros abusos que se dan en ámbitos más pequeños y cercanos. Nadie está exento del riesgo de resbalar por ese gelatinoso tobogán, seducido por el sabor adictivo del poder. Así lo hemos visto en la historia.

La adicción del poder


Pero hay otros poderes más sutiles que estos, tan evidentes y llamativos. No por darse en campos más reducidos son menores en intensidad: la ambición es la misma. En los ámbitos pastorales, en las asociaciones laicas e incluso en las ONG no son extrañas las peleas intestinas. Las pugnas de poder se pueden dar entre miembros de un mismo grupo que llevan años contribuyendo a la pastoral parroquial, a la buena marcha de una asociación, de un partido, o de una entidad cultural. Se pueden dar también en las familias y entre amigos. Desde la atalaya de nuestro orgullo, solemos criticar sin piedad los casos de corrupción entre los grandes, pero el veneno de la ambición puede inocularse también entre nosotros, produciendo el mismo efecto letal. La química del poder va deteriorando las vías olfativas del alma y nos convierte en adictos, ávidos por una dosis mayor. En la estructura mental, el poder tiene el mismo efecto que la cocaína. Cada vez ansiamos más y necesitamos rodearnos de vasallos que se dobleguen ante nosotros. Una vez se ha bebido esta droga, nadie se libra de la adicción.

Manipulación y rechazo


Las personas adictas al poder utilizan ciertas tácticas para conseguir sus fines. De entrada, su discurso parece amable y cordial. Su apariencia es servicial, incluso seductora, especialmente con aquellos que les caen bien, ya sea porque conectan en lo ideológico o religioso, o porque pueden obtener algún favor de ellos.

Pero en seguida se hace evidente que se escuchan mucho a sí mismas y poco a los demás. Suelen tener un discurso reiterativo. Cuando alguien les contradice, suben el tono de voz para imponerse. No toleran la disidencia o que alguien piense diferente. La discrepancia de opiniones las pone muy nerviosas e intentan manipular a los otros para que piensen del mismo modo. Si alguien no las sigue, emprenden una guerra psicológica para criticar al disidente, hablando mal de él cuando no está presente, ensuciando su dignidad y manchando su persona. Cuando está delante, a veces no controlan su aversión y el bloqueo es tan fuerte que hasta se percibe físicamente: sus rostros enrojecen, sus músculos se contraen, las venas del cuello se tensan y la mirada rezuma cólera; su postura no puede ocultar la violencia contenida. Es entonces cuando ese afán de poder, vestido de servicio, explota en su máxima expresión.

Ya sea un padre de familia, un líder religioso, un sacerdote, un presidente de una entidad o un político, este tipo de persona genera un cáncer que invade la estructura, grupo o familia. La metástasis se extiende, anestesiando la vida, y a veces es tan fuerte y cala tan adentro en el grupo, que desarma a los demás. Nadie se atreve a opinar diferente, el tirano los ha incapacitado para disentir y el grupo entra en una fase de muerte lenta e inexorable. A gran escala, es lo que sucede con los regímenes totalitarios. A pequeña escala, se da cuando surge una persona ávida de poder que no encuentra oposición de nadie y poco a poco va devorando la vitalidad del grupo.

Un antídoto, la libertad


El ejercicio de la libertad lleva a unas relaciones de amistad sincera. Donde hay libertad, la amistad con el diferente es posible.

Cuando uno deja de sentirse libre y de oponerse a lo que considera incorrecto, es cuando el poder se va extendiendo. Sólo personas libres y sin miedo pueden acorralar al poder y disolverlo. Cuando la obediencia puede más que la libertad es fácil someterse y aceptar los mismos pensamientos y opiniones. La norma es el cumplimiento y todos se encuentran con una exigencia dura que, sí o sí, tienen que acatar. La libertad abre la mente para que ese poder disfrazado con tono buenista deje de esclavizar el alma. Nunca hemos de dejar que nadie pise nuestra libertad, ni siquiera en aras a un supuesto bien.

No todo vale, ni se puede oprimir a nadie ni obligarlo, incluso a hacer algo bueno. Hay un bien superior, lo «más bueno que lo bueno», y esto tiene que ver siempre con el respeto a la dignidad del otro, aunque piense distinto. Todo lo que no se da en este marco de libertad es opresión, ideología, sumisión, reducción del otro. Las garras aparecen cuando alguien se encumbra a sí mismo. Del buenismo inicial pasa a la destrucción permanente del contrario. La libertad del otro le da pánico.

Ojalá, desde la sencillez y la humildad, sepamos ver al otro como alguien de quien tenemos que aprender, aunque sus ideas estén en las antípodas de las nuestras. Sólo así los encuentros serán un espacio de cielo y desterraremos las luchas de poder.

domingo, marzo 17, 2019

Voto en blanco


El otro día, hablando con una persona amiga sobre política, sociedad y otros temas, me reveló que siempre vota en blanco, y me explicó sus razones. Me parecieron muy serias y coherentes, tanto que las comparto con vosotros. Podemos no estar de acuerdo en todo, pero son puntos interesantes.

Voto porque creo en la democracia y quiero ejercer mi derecho. Voto porque creo en la responsabilidad de los ciudadanos. Voto porque quiero creer en la política como servicio. Voto porque me siento responsable ante mis convecinos y la sociedad en la que vivo.

Pero voto en blanco.

Voto en blanco porque ningún partido que conozco responde a mis valores, intereses y expectativas.

Voto en blanco porque los partidos han convertido el servicio al país en servicio a sus propios intereses y bolsillos.

Voto en blanco porque la política partidista está partiendo la sociedad, generando odio y división, mientras que los ciudadanos todavía queremos creer en la diversidad y en la tolerancia.

Voto en blanco porque aún no he oído a ningún candidato que se limite a defender su programa, en vez de atacar a su adversario y convertir este ataque en parte de su campaña.

Voto en blanco porque los partidos se han convertido en un sistema feudal que, lejos de servir a la ciudadanía, se está enriqueciendo con el esfuerzo y el dinero que aportamos todos.

Voto en blanco porque aún no sé de ningún partido que priorice a la persona por encima del interés del grupo —su grupo— y su permanencia en el poder.

Voto en blanco porque los partidos son dogmáticos con sus ideas y dan la espalda a la realidad.

Voto en blanco porque los partidos defienden ideologías teóricas y sesgadas, pero no atienden a los problemas reales de los ciudadanos.

Voto en blanco porque quiero votar, ¡creo en la democracia!, pero no veo a ningún partido con la nobleza suficiente, la transparencia y la falta de corrupción necesarias para poder gobernar un país o una ciudad.

Votaré a un partido cuando…

Sus candidatos defiendan sus programas y no utilicen el ataque del adversario como bandera de su campaña.

Sus candidatos demuestren experiencia trabajando, gestionando empresas, ocupando cargos de responsabilidad o viviendo de su propio trabajo, y no de la política.

Sus candidatos piensen en el bien de toda la sociedad, y no sólo de sus partidarios, “clientes” o afiliados.

Sus candidatos no confundan la lealtad al estado con la adhesión a su partido.

Su programa defienda a la persona por delante de las ideas.

Su programa priorice a las personas más vulnerables: niños, ancianos, enfermos, mujeres solas, personas con discapacidad, personas maltratadas, pobres, inmigrantes, sin techo y sin papeles, y también los no nacidos; y lo haga no con demagogia, sino con medidas eficientes.

Proponga y aplique medidas que fomenten la libertad y el emprendimiento: un partido que esté con los autónomos, de verdad y no sólo de palabra, y con los artistas, inventores y creativos.

Haga una propuesta de fiscalidad justa y no asfixiante con la ciudadanía.

No utilice las leyes para imponer su cosmovisión e ideología —pensamiento único—.
Respete profundamente todas las opciones filosóficas, religiosas, educativas y morales, sin excepción y sin censurar a los que no piensan como ellos.

Respete la libertad de conciencia y la privacidad de toda persona.

domingo, marzo 03, 2019

El voluntariado, una opción enriquecedora



Dedicado al equipo de voluntarios de Cáritas y del comedor social de la parroquia de San Félix.

Abrir nuestras metas personales


Vivimos en una sociedad que prioriza la autorrealización, el materialismo y la rentabilidad; una sociedad que pone en el centro de la vida la productividad, el mercantilismo y el tener, la ambición por acumular dinero, prestigio, títulos, reconocimiento… Según esta concepción del ser humano, si no tienes algo no eres nadie. Si no haces algo importante o notorio, no existes. Lo esencial, que es el ser, empieza a enfermar cuando todo gira en torno al yo mismo. El vacío de valor está delatando una ruptura interna del ser humano y un profundo desequilibrio social. Cuando dejamos a un lado los valores esenciales, como el respeto a la dignidad humana, la generosidad, la solidaridad, el compromiso hacia los más débiles, la gratitud, la amistad… estamos rompiendo algo fundamental para el crecimiento de la persona.

No estamos en este mundo sólo para plantearnos nuestro bienestar personal y material, es decir, el tener y el trabajar. Rendimos un excesivo culto a los bienes materiales y todos los objetivos que nos proponemos, finalmente, se encaminan a tener más, en detrimento del ser.

Y así se dan enormes desequilibrios sociales, culturales, emocionales y psicológicos. Cuando los retos se limitan a la mejora de uno mismo, nos empequeñecemos como personas. Pero cuando en nuestras metas están los demás, su bien, construir lazos; es decir, cuando sociabilizamos nuestras metas para aportar algo nuevo a la sociedad, es cuando verdaderamente crecemos, humana y espiritualmente.

El yo se despliega más allá de sí mismo y descubre nuevos horizontes que le ensancharán el corazón y aumentarán sus capacidades frente a las crisis y la confusión ideológica y moral que le rodea.

El voluntariado, respuesta eficaz


Los políticos cobran, y es la ciudadanía quien les paga. Y, sin embargo, no sólo no reducen los problemas, sino que a veces los aumentan. La ambigüedad de los partidos y sus discusiones interminables se suman a los discursos demagógicos y falsos. Supuestamente, ellos se ocupan de atender los problemas de los ciudadanos y creen que promulgando nuevas leyes, que teóricamente favorecen a las personas vulnerables, ya están dando una respuesta eficaz. Muchas veces están maquillando el problema para parecer que hacen algo.

Es necesario que surjan grupos intermedios que se sitúen entre la familia y las instituciones para responder a los grandes desafíos de la sociedad. El voluntariado es una respuesta a los problemas más acuciantes que nos afectan. Los gobiernos y administraciones tendrían que ayudar a canalizar y potenciar las iniciativas de los diversos grupos que dedican su tiempo, recursos y experiencia a favor de los demás.

El valor, la fuerza, la creatividad y el compromiso de miles de personas no se pueden ignorar. Los gobiernos tendrían que apoyarse en ellas para que, juntos, estado y ciudadanía, podamos trabajar en la búsqueda de soluciones eficaces y realistas. No se puede despreciar el enorme contingente del voluntariado, que sin pedir nada a cambio, decide sacar tiempo y recursos para paliar los sufrimientos de todas aquellas personas que sufren pobreza, marginación y soledad.

Yo os invito, desde mi blog, a todos aquellos que me seguís y a vuestros amigos, que devolváis a la sociedad una parte de aquello que habéis recibido, en forma de tiempo, y os unáis a este gran ejército de gente buena que ha decidido dar algo a cambio de nada. Especialmente a los jubilados y a los estudiantes. Descubriréis que en la vida no todo es rendimiento monetario, ni prestigio.

Lo que descubres en el voluntariado


Hacer algo desde el anonimato, en favor de alguien que socialmente no tiene nombre, alguien invisible, tiene un valor impresionante. A una edad madura hemos de aprender a saltar del tener al dar; del conseguir al ser. Cuando uno lo hace, empieza a descubrir la grandeza escondida que hay en su interior.

Aprendamos a descubrir que hay algo más que mi trabajo, mi grupo, mi familia, mis preocupaciones… Que hay colectivos desdibujados que necesitan presencia, calidez y apoyo para recuperar su identidad. Sólo cuando seamos capaces de hacer esto sentiremos que algo estamos haciendo bien.

Hay que enseñar al mundo que cada ser humano tiene un enorme potencial inscrito en su ADN, y que este puede convertirse en un torrente de solidaridad que cambie el mundo. Los otros, especialmente las personas desfavorecidas, están pidiendo a gritos nuestra ayuda.

Este tipo de experiencia es extraordinaria e insustituible. He vivido situaciones y he visto testimonios que han añadido un plus a mi vida. Con el voluntariado aprendes a afinar tus apreciaciones sobre la realidad. Y, sobre todo, aprendes a ser más persona y a descubrir el misterio que hay en el corazón del hombre.

Aprende a dar sin recibir nada a cambio. Es verdad que ellos no pueden devolverte nada, porque no lo tienen. Pero te están dando la oportunidad de crecer ante el dolor. Te están ofreciendo un corazón roto que se deposita en tus manos. Te están enseñando la fragilidad del ser humano y el valor de la generosidad. El otro te da la oportunidad de descubrirte a ti mismo, pero también de ensanchar más tu vida, de enriquecer tu interior. 

Vale la pena dedicar un tiempo de tu vida a los demás, dando lo mejor de lo que eres y tienes. Este es el gran reto de los voluntarios.

domingo, noviembre 04, 2018

Dar algo más que pan


Son admirables las múltiples iniciativas que surgen de la sociedad civil para paliar el sufrimiento humano. Cada vez es mayor la respuesta ante las necesidades de colectivos que sufren aislamiento, marginación y soledad, especialmente los que tienen falta de lo esencial para vivir: la esperanza.

Todos estamos llamados a vivir una vida plena con aquello con lo que nos identificamos: sueños, trabajo, familia, vocación… Todos anhelamos sentirnos felices. Pero ¿qué ocurre? Cuando un giro de timón en el barco de la vida provoca un naufragio, las olas de una sociedad alejada e insensible nos engullen. El paro, la ruptura de una relación o un accidente imprevisto pueden sumirnos en un profundo desasosiego que agrieta el alma de la persona. Especialmente cuando no se cuenta con lo básico para vivir con dignidad.

Sé de personas que se encuentran en el límite, y viven un gran dolor e impotencia. Supuestamente, las administraciones tienen recursos para poder paliar tantas necesidades. Siendo así, sigue habiendo una multitud de personas en la calle, sin techo o en lugares que podemos llamar infraviviendas. Ni siquiera pueden hacer sus necesidades fisiológicas en un lugar discreto con la suficiente higiene y privacidad. Y lo peor es que, en su corazón, sienten una terrible soledad.

¿Son ellos los que están mal? ¿O es la sociedad la que está enferma, carente del valor moral de atender al necesitado? A veces la propia familia se incomoda al ver ante de sí una situación que le viene demasiado grande.

¿Qué hace el gobierno?


Los gobernantes son los primeros que deberían empezar, con decisiones políticas y legislativas para afrontar este fenómeno como una realidad grave que está debilitando la cohesión social. Pero el resto de ciudadanos tampoco podemos mirar hacia otro lado mientras no caigamos en estas situaciones límites. No podemos vivir al margen del sufrimiento en nuestro entorno más inmediato.

Hay que encontrar soluciones y buscar recursos. En la esfera política se dan muchos debates sobre la pobreza, pero no se llega a una respuesta que suponga una solución real. Es más, a veces se utiliza la pobreza para politizarla y sacar partido de ella, maquillando la situación con gestos que sólo se quedan en la pura fachada.

Yo me pregunto: ¿qué pasa con la administración? ¿Acaso no hay suficientes recursos para hacer frente a la necesidad de estas personas? Cuando ves lo que gastan los gobiernos en mantener el “aparato” administrativo, los gastos protocolarios, la excesiva publicidad de “autobombo”, por no hablar de la inversión en obras cuya utilidad no es clara; que se hacen y deshacen. ¿Realmente no hay recursos? ¿O es que se están malgastando en otras partidas, orientadas a mantenerse en el poder, a influir en la información y a comprar votos amigos?

La persona, especialmente la vulnerable, debería estar en el centro de toda política, más allá de su ideología. Mientras el poder y el mantenimiento del estatus estén por encima de la persona, siempre habrá problemas de todo tipo, porque no se busca servir a los ciudadanos, sino servirse de ellos para alcanzar sus enfermizas ambiciones.

Soy consciente de la complejidad de esta cuestión, porque me la encuentro cada día y sé que no es sencillo buscar soluciones. Pero también creo que el político debe depurar intenciones y comprender que cuando llega a un cargo público, desde el punto de vista moral se le va a requerir una honestidad a prueba de bomba. Hay profundas grietas en la sociedad porque en los gobiernos también hay grietas, que pueden provocar auténticas catástrofes sociales.

Conviene, pues, que los gobernantes hagan suyo el dolor de toda persona que vive en el arcén. Cuando no se establecen políticas que dignifiquen a la persona y se trafica con votos para lograr el poder se está hundiendo más a quienes tienen menos recursos. Con la abusiva fiscalidad que sufrimos habría suficiente para ayudar a estos colectivos.

¿Qué hace la sociedad?


Ante la incapacidad de la administración para resolver estas situaciones alarmantes, surgen grupos humanos, entidades solidarias, que se abren camino para poder responder a la demanda de los pobres. Es gracias a estas iniciativas del tejido social que se puede suavizar mucho dolor. Los voluntarios de las entidades hacen lo que pueden, a menudo sin ayuda de las administraciones que, con tanta legislación y normas, a veces hasta ahogan sus iniciativas.

Aunque su labor es muy valiosa, ellos saben que no están arreglando el problema. Saben que dar sólo pan no es suficiente para la dignidad de una persona. Es necesario algo más. El solo pan puede calmar el hambre un día, y otro, ¡que ya es mucho! Cuando no se tiene lo más básico, para quien lo recibe no sólo calma su necesidad, sino su corazón roto.

Estas iniciativas, desde el punto de vista moral y social tienen un valor inmenso. Pero creo que hay que ir un poco más allá, sobre todo para no quedarse en la mera asistencia, porque podrían cronificar la situación, especialmente en los jóvenes, mermando su autoestima y dificultando su capacidad para proyectarse y crecer, asumiendo y retando su propio destino. Mientras se les esté ayudando con alimento, es necesario que alguien les abra otros cauces de apoyo para que vuelvan a reinsertarse. De no ser así, nos estaremos quedando en el mero aspecto material.

Dialogar con el pobre


Hay otras dimensiones del ser humano a las que podemos ayudar para canalizar toda su potencia. Es muy importante interactuar con aquellos que estén abiertos. Hay que crear un ambiente que favorezca el diálogo, detectando sus otras necesidades para derivarlos a diferentes instancias donde puedan encontrar soluciones complementarias. Estar con ellos es tan importante como darles la comida, pues posibilita un marco de relación humana donde se les pueden abrir nuevos horizontes.

Pero esto requiere una profunda reflexión. Los voluntarios deben preguntarse por las motivaciones últimas que les llevan a realizar este tipo de actividad solidaria. Es verdad que uno se siente bien ayudando, pero más allá de este bienestar emocional, tenemos que preguntarnos: ¿Esto es un comedor o es un “comedero”? Cuando uno se sienta a comer con otros esto implica una relación inmediata, porque el otro no me es ajeno, aunque yo no esté en la misma situación que él. Pero si me siento a su lado y lo miro como a una persona lo estoy dignificando. No es un objeto. Es alguien digno de afecto y apoyo.

Entiendo que hay personas a quienes les cueste mucho abrirse y necesitarán un tiempo para que se produzca una pequeña chispa, pero hay que ser perseverantes, y más cuando se lleva tiempo prestando este servicio. La continuidad es una hermosa oportunidad para ir más allá de ofrecer una bolsa de comida y dejar que la persona desaparezca en medio de la noche, en el anonimato más completo.

Cuando se da de comer y se cruzan las miradas, cuando hay unas palabras, un pequeño intercambio, de inmediato surge un mayor compromiso e implicación. El otro no es sólo una panza que llenar, sino una persona que tiene alma y tiene nombre. Sobre sus hombros carga un peso quizás mucho mayor que el hambre de comida: hambre de compañía, de amabilidad, de una mirada cálida y compasiva, quizás de diálogo, de escucha. Aunque necesite tiempo para salir de su mutismo e incomunicación, en este momento crucial de la donación de comida se da una ocasión única para devolver el sentido a su vida. Si le damos un trozo de pan, ya no es anónimo, ya no es alguien alejado, alguien indiferente. Adquirimos una responsabilidad ante él. Es alguien que viene a ti porque no tiene donde comer, pero ¿te atreverás a darle algo más? Un poco de tu tiempo. Tu escucha. Tu atención.

Quizás un día esta persona saldrá de la pobreza y también se sumará, como voluntario, a este ejército de gente buena que, aunque sea un pequeño parche para tantas heridas, no por ello es menos eficaz. Los gobernantes atienden las grandes cuestiones políticas y quizás nunca encuentran soluciones, o hablan de medidas que nunca acaban de llegar. Pero atender a la pobreza no tiene color político, no se trata de posiciones ideológicas de un lado u otro. Se trata de ser contundente ante el lacerante dolor de muchos que están en el margen de la vida y, mientras tanto, agradecerán el rocío primaveral de esta ayuda que suavice la aridez de su soledad. Aunque sea poco, alivia mucho.

domingo, julio 22, 2018

La pobreza tiene nombre


Cada vez más, en el llamado primer mundo, la pobreza va surcando en profundidad nuestra sociedad, generando un enorme sufrimiento a quienes la padecen. Pero ¿cuáles son las causas de este mal endémico que rompe el corazón de tanta gente abocada a vivir en la indigencia? ¿Hay soluciones para resolver la pobreza? ¿Cuáles serían las herramientas más eficaces para combatirla? El tema es complejo y desafiante. Entre varios factores, señalaré los que considero más importantes, así como posibles soluciones.

Causas de la pobreza


Una de las causas de la pobreza es una determinada forma de concebir la economía y una mala gestión de los recursos públicos, así como criterios ideológicos que determinan cómo se reparten estos recursos. Una fiscalidad injusta y una falta de regularización del mercado puede favorecer a los más pudientes y cargar con mayores impuestos a los que menos tienen, fomentando la desigualdad y la pobreza al asfixiar a las clases medias. En este caso, el estado es un causante directo de pobreza.

Otra causa puede ser una concepción filosófica y religiosa del ser humano, así como una visión de la política. Si concebimos al individuo como un ser biológico movido exclusivamente por sus instintos e intereses, en continua lucha con los demás, llegamos a una absoluta falta de solidaridad que fractura la sociedad, y a la necesidad de un gobierno autoritario que frene los abusos. Esto sería la consecuencia de una visión freudiana y darwinista del ser humano.

El individualismo y la búsqueda del bienestar personal por encima del comunitario promueve la indiferencia, que nos hace mirar a otro lado ante la pobreza del vecino. Hay una política y una economía basadas en la «ley del deseo» que son fomentadas por los medios de comunicación, la publicidad y el ocio televisivo. Los gobiernos y el mundo empresarial están alimentando esta actitud, porque no les interesa favorecer a la familia ni a los grupos intermedios, que es donde se aprende la solidaridad y el valor del compartir. En cambio, el individualismo fomenta el consumismo y el lucro. Quien se queda al margen porque no tiene medios económicos, cae en la pobreza.

Una falta de enfoque pedagógico, que no promueva los talentos y las capacidades al servicio de los demás también alentará la mediocridad y la falta de esfuerzo, necesario para que la persona supere sus dificultades y no caiga en la pobreza.

Por otra parte, existen causas psicológicas de la pobreza: muchas personas caen en la exclusión a causa de rupturas emocionales, problemas laborales, conflictos familiares que no se han resuelto o una falta de identidad, que lleva a la desintegración del yo.

También están las causas morales. La avaricia mueve a muchas empresas, que ponen el lucro por encima de todo, y a cualquier precio. Hay un deseo enfermizo de aumentar los beneficios a toda costa, generando un crecimiento que a veces es insostenible y causando graves daños a grupos humanos, comunidades enteras y al medio ambiente.

En el ámbito social, quizás falten plataformas sólidas que hagan de contrapunto de los poderes económicos. Ya existen iniciativas interesantes, como las que promueven la economía del bien común y diversas formas de cooperativas e intercambio de bienes. Pero deben consolidarse mucho más y no deberían toparse con trabas administrativas.

¿Soluciones? Hay que ir a fondo


Las causas de la pobreza, como vemos, son muchas. Si describirlas ya es complejo, la solución supone un reto mayor que implica a toda la sociedad, empezando por las familias y terminando por las instituciones políticas y financieras. Cada uno de nosotros, como persona, también tiene su parte de responsabilidad.

Pero intuyo que la búsqueda de soluciones pasa por una profunda reflexión sobre la realidad y sobre la naturaleza humana. Hay que ahondar en aquellos aspectos que empujan a una persona a la pobreza, y entre ellos no se puede ignorar la soledad y la indiferencia.

No habrá soluciones realistas a la pobreza si no dejamos de mirarla como un mero fenómeno sociológico y no somos capaces de ver al pobre, no como uno más de esta marea que avanza irremediablemente hacia el abismo, sino como una persona con un rostro, con un nombre, con un entorno, un pasado y una familia. Si no somos capaces de hacer nuestro el dolor de una sola persona, desde las instancias políticas y administrativas no se podrá arreglar el problema.

La pobreza no es una entelequia: hemos de mirar a los ojos de aquel que la sufre. Si no, caeremos en tecnicismos que pueden llegar a regular el fenómeno, pero no a resolverlo. La pobreza no tiene color, ni se arregla desde los despachos, sino abordando la cuestión desde otra mirada.

Desde la cultura del descarte, como señala el papa Francisco, la pobreza adquiere una dimensión pandémica: millones de personas sin futuro, sin vida, sin esperanza. Un pobre es una persona dignísima de todo respeto y merecedora de apoyo y solidaridad. Hacer el esfuerzo de ponerse en lugar el otro, meterse en su piel, sintonizar con su dolor y comprender su desespero puede ayudarnos a ser creativos a la hora de ayudar.

El papel del gobierno en la pobreza


Pero no sólo se tiene que abordar la pobreza desde un aspecto meramente humanitario, compasivo y solidario, sino desde una perspectiva de justicia social, como exigencia ética. No basta la buena voluntad de los ciudadanos, la sociedad ha de exigir a los que gobiernan que hagan un correcto uso de los fondos públicos y una adecuada política fiscal. En cuanto a los impuestos que se imputan a los contribuyentes, hay que replantear la fuerte presión que se ejerce sobre la ciudadanía. El rigor con que se controla a los ciudadanos no es paralelo al control de gastos innecesarios de los gobernantes. Se tendrían que revisar muchas partidas, sobre todo para priorizar el bien real de las personas y en especial de las que viven en situación de vulnerabilidad: niños, ancianos, enfermos, inmigrantes, exiliados… Mientras los gobiernos no tengan como prioridad la protección de estos grupos, la barca de la nación hará aguas, porque el naufragio de los que quedan al margen desequilibra a todo el conjunto social.

Es verdad que para contemplar estas partidas que cohesionen el estado del bienestar se necesitan recursos, que la economía ha de crecer y activarse. Pero no basta eso. La economía puede crecer y pueden beneficiarse sólo unos pocos, con lo cual está aumentando la desigualdad. Por otra parte, el mal uso que se hace de los recursos, los gastos en estructuras que genera el mismo estado, el sostenimiento de actividades innecesarias, la ejecución de obras que se hacen, se deshacen y se rehacen, el nepotismo y el tráfico de influencias, las gestiones oscuras y la corrupción están sangrando al estado. Hacienda exige hasta el último céntimo al que tiene poco y, en cambio, permite que se evapore mucho dinero de sus arcas. Hoy, por desgracia, ser político está ligado al poder, al tener y a la manipulación de divisas. La mala gestión de un gobierno aumenta la brecha entre ricos y pobres. Y los que están enriqueciéndose no se llegan a imaginar el dolor que produce vivir en la indigencia.

Hacienda y la administración del estado deberían trascender los colores políticos y ser llevadas por especialistas que no estén altamente ideologizados. El bien común no tiene color político ni es exclusiva de ningún partido. Para gestionar correctamente los recursos no es necesario ser de una ideología, sino tener capacidad de gestión y unos principios éticos básicos para controlar la tentación de sentirse inmune y manejar con ligereza tanto dinero.

Además de Hacienda, hay otras carteras, como sanidad y educación, que no deberían llevar los políticos, sino personas con gran capacidad profesional y formación ética, filosófica y humana. Así se podría trabajar con mayor eficacia para atender a las necesidades de la gente y de la nación.

domingo, julio 15, 2018

Fiscalidad o expolio - II


Criterios para recaudar e invertir


¿Por qué la clase política es incapaz de gestionar correctamente los bienes públicos? ¿Por qué es tan carente de ética y principios?

A mi ver, hay un posicionamiento poco claro ante el dinero y los recursos. Todos sabemos que el estado necesita fondos para hacer frente a sus necesidades, como cualquier empresa o familia. Hasta aquí, correcto. Necesita unos ingresos, pero también debe controlar sus gastos. El gobierno ha de recordar que el dinero recaudado no es suyo, sino de los ciudadanos. No puede hacer lo que quiera con ese dinero que es de todos. Por eso es tan importante aplicar criterios realistas para asegurar que la caja común se llene, tanto como decidir las partidas y las cantidades del gasto público.

¿Qué criterios se están siguiendo a la hora de recaudar? ¿Por qué principios se rige nuestra fiscalidad? Lo que no puede ser es que en España la fiscalidad sea de un 65 % y que nuestro país tenga una deuda pública de más de dos billones de euros.

¿Qué ocurre? ¿Cómo se están gestionando nuestros recursos? ¿Se está gastando más de lo que entra? ¿En qué? Nos pasamos más de medio año trabajando para el estado… y la deuda es enorme. En los últimos trimestres, alcanza casi la totalidad del PIB. Ya no sólo estamos pagando los gastos públicos ―sanidad, educación, y tantos otros― sino los intereses de esta deuda. ¿A quién se lo pagamos? ¿De qué manera?

Un déficit tan enorme es la excusa perfecta para que el gobierno “ahorre” en gastos sociales. Y así es como falta dinero para ayudar a los indigentes y a las familias en el umbral de la pobreza, cuando unas simples y sensatas medidas de ahorro podrían generar suficiente dinero para cubrir muchas de estas necesidades. Según un estudio reciente, una mejor gestión de los gastos ordinarios de la Generalitat de Catalunya generaría, en pocos meses, la cantidad suficiente como para dar vivienda y albergue a todos los sin-techo de Barcelona.

¿No creen los políticos que esto es importante? ¿En qué se está gastando el dinero público? Es cierto que hay partidas innegociables, como sanidad y educación. Pero los ciudadanos también somos conscientes de que se da un gran despilfarro, a veces evidente, en otras partidas, desde obras públicas mal planteadas o innecesarias, hasta eventos propagandísticos o gastos de imagen. El caso puede ser aún más grave. ¿Y si la fuga está en el uso arbitrario del dinero público y en la compra de influencias? En este caso, se está produciendo un robo a los ciudadanos, muchos de los cuales se esfuerzan por pagar sus impuestos.

Expolio fiscal


Volvamos a la recaudación. Los pequeños empresarios, los autónomos y las familias de clase media sufren una terrible presión fiscal. La agencia tributaria carga sin piedad contra los que no pueden pagar puntualmente sus impuestos. En algunos casos, la presión llega hasta el 80 %. Familias con sueldos bajos y con hijos que mantener apenas pueden llegar a final de mes. El mismo sistema está aplastando a las clases medias y echando fuera de sus límites a muchas personas y familias. Cuando contraen deudas con Hacienda, los recargos pueden aumentar hasta un 20 %. Muchos se desesperan porque, además de la carencia económica, añaden a sus preocupaciones la presión fiscal. Son los trabajadores empobrecidos, que en los últimos años han duplicado su número. En cambio, la ley permite que grandes empresas puedan estar exentas o pagar porcentajes más bajos de impuestos, bajo el pretexto de que generan empleo e invierten en proyectos que benefician a todos.

¿Y los políticos que roban? Ya no sólo no devuelven a los ciudadanos lo robado, sino que se van “de rositas”. Pasan un corto tiempo en la cárcel, salen con cualquier excusa legal y ya está.

El titular de Hacienda debería escuchar a los técnicos que trabajan sin intereses partidistas para aplicar unas reformas y medidas que sean justas, tanto para el estado como para el ciudadano. Se debe recaudar lo necesario, sin aplastar la economía de los hogares, y más aún de los que apenas llegan a final de mes. Existen estudios y recomendaciones independientes que muestran que la fiscalidad se podría aplicar con mayor equidad y sentido ético, aumentando la recaudación y reduciendo la presión sobre los grupos más pobres.

Algunas propuestas


¿Cuál sería mi criterio? A la hora de aplicar la fiscalidad, tener en cuenta estos factores:
-     El trabajo que realiza cada persona.
-     Su sueldo.
-     Sus hijos y familiares al cargo.
-     Gastos mensuales ordinarios.
-     Otras necesidades: ahorro para emergencias, viajes, formación, salud, imprevistos graves.

Por ejemplo, actualmente el límite para hacer la declaración de la renta es de unos 22 000 euros al año. Con esta cantidad, una familia de uno o dos hijos apenas tiene para sus gastos ordinarios. Si la renta per cápita anual en España es de 25 000 euros, todos aquellos que no lleguen a esta suma y que tengan familia a su cargo no deberían declarar rentas. Esto sería lo justo y lo ecuánime. En cambio, las personas cuyos ingresos sean superiores y, por sus gastos y necesidades, tengan beneficios mucho mayores, estas sí deberían pagar, siempre y sin excepción, en proporción a sus ganancias.

Además, sería importante contar con un fondo de emergencia y ayuda a quienes están en riesgo de pobreza. No sólo se trata de frenar la exclusión, sino de favorecer una calidad de vida digna para todos. A los que tienen poco o casi nada no se les puede apretar, necesitan ayuda. Si esto no se arregla, la sociedad se verá cada vez más debilitada, será menos productiva, menos creativa y también menos participativa. Será una sociedad enferma e impotente, donde aniden otros problemas mayores y más preocupantes que el paro y la pobreza. Cuando la sociedad pierde la esperanza, se convierte en un campo abonado para la violencia y toda clase de tiranías.

sábado, febrero 10, 2018

Fiscalidad o expolio - I

Del servicio público a una lucha de intereses


La solidez de un gobierno se mide, entre otras cosas, por su capacidad de gestionar los recursos y su justa distribución. Pero la realidad, tal como la perciben los ciudadanos, es que la política está letalmente herida. Son innumerables los casos de corrupción en diferentes partidos. Los nuevos grupos, que todavía tienen poca experiencia en el gobierno, tampoco están exentos de riesgo. El problema de fondo es la incapacidad de gestionar el poder. Desde siempre la lucha por el poder ha enfrentado a diferentes facciones. En estas luchas todo vale, incluso disfrazando de democracia la feroz competencia por conseguir el sillón. Es una batalla sin cuartel que va debilitando al país y desmoralizando a la ciudadanía. La política ya no se concibe como servicio, sino como un estatus que otorga poder, imagen, notoriedad y, sobre todo, riqueza económica.

No puede ser que los políticos, una vez hayan configurado su gobierno, a veces mediante coaliciones forzadas, olviden sus promesas y su compromiso con los ciudadanos y se lancen a defender su puesto, aun a costa de sus principios. El partidismo anula la vocación de servicio a la ciudadanía de a pie. El voto pierde valor cuando el ciudadano se da cuenta de que aquellos que han asumido el poder, que el pueblo les ha dado, lo utilizan para llenar sus bolsillos y perseguir sus intereses. La mayoría de un congreso, un parlamento o un consistorio, ha dejado de representar a la mayoría social. De aquí el cansancio y la grave abstención de tantas personas que ya no votan porque consideran que su voto no marcará diferencia alguna.

Siempre que hay elecciones los políticos nos quieren ver. Y la ciudadanía es consciente y está hastiada. Cada vez más gente de negocios, empresarios, intelectuales, artistas, no se siente representada por la clase política. Esta es una gran debilidad de la democracia. Muchos ya ni siquiera van a votar en blanco, porque no creen en el sistema electoral.

El poder que ignora la realidad


Podríamos hablar de una patología del poder: un monstruo que se alimenta de falsas esperanzas y utiliza un lenguaje ambiguo, haciendo creer una cosa cuando es otra. El poder se disfraza de sueños para anestesiar a la gente con grandes promesas. Primero, se provoca un sentimiento de culpa a los que no votan, diciendo que no son buenos ciudadanos. Luego, se va inoculando el veneno de la desidia y el fatalismo para que nadie sea capaz de cuestionar la tragedia lacerante que azota muchas vidas. Lo cierto es que las estadísticas y los estudios sociológicos hablan por sí mismos. Hay un paro que hace sangrar a la sociedad. Muchos trabajos son precarios, y no sólo hablamos de temporalidad y bajos salarios, sino de explotación. Hay trabajadores esclavizados, contratados por poco dinero para rendir muchas horas a un ritmo inhumano. Se someten porque no tienen otra opción y necesitan un salario, se agarran “a un clavo ardiente” antes de caer en el paro, donde muchos otros se desesperan tras largos años sin encontrar empleo.

Las gestiones burocráticas se alargan, se multiplica el número de familias que sobreviven como pueden con cuatrocientos euros y sufriendo para que no les embarguen, ya no sólo lo poco que tienen, sino la vivienda. Las personas que están solas en la calle, expuestas al frío, a la inseguridad y a la violencia, son cada vez más. Muchos han caído en depresiones; el paro lleva a la enfermedad, a rupturas matrimoniales, a la bebida y al suicidio.

Me pregunto: ¿no tienen entrañas los políticos ante todo lo que está sucediendo? ¿Cuáles son sus valores? Las ciencias sociales, políticas y económicas sólo facultan para ejercer la gestión pública, pero más allá de la pura administración, ¿cuál es el concepto de persona que hay detrás de los partidos? ¿Qué visión de la realidad tienen? ¿Cuáles son sus creencias? Porque todo esto marcará una ética y una forma de proceder. ¿Cómo se educa hoy un político? Las ideologías son pensamiento abstracto que a menudo alejan de la realidad. La política está enfermizamente ideologizada, aislada del mundo real, y de aquí la incapacidad de los gobernantes para conectar con la calle y atender al sufrimiento de las personas. Hoy, el ejercicio de la política se ha reducido a un espectáculo de luchas por el dinero y el poder. Se manejan ideas bonitas como armas arrojadizas, se juega con los sentimientos de los ciudadanos para arrastrar a la opinión pública pero no hay verdadero servicio, no hay honestidad, ética ni equidad. 

domingo, febrero 05, 2017

Atrapados en el poder

El poder es un tema que siempre ha fascinado. ¿Por qué? Porque es la fuente de nuestras capacidades y potencial creativo, y es clave en nuestra relación con el mundo y con los demás.

Hay un poder positivo, creador. Es el poder de Dios, que engendra y da vida. Es el poder que surge del amor. Los seres humanos, a imagen de Dios, tenemos un poder similar que podemos ejercer con voluntad. Es una fuerza enorme que debe canalizarse y orientarse hacia el bien. De no ser así, puede ser destructor y letal. El poder utilizado para dominar y poseer a los demás es una constante en la historia de la humanidad. Filósofos, literatos, psicólogos y teólogos han explorado su naturaleza ampliamente. El poder se da en el ámbito tanto público como privado. Pero en el público es donde tiene enormes repercusiones a escala mundial.

La lógica enfermiza del poder


El poder no busca el servicio, ni siquiera la justicia, ni el derecho, sino perpetuarse a toda costa, aunque para ello necesite destruir, anular o matar. Quien prueba el poder resbala lentamente hacia el abismo, hasta la fragmentación total de su persona. Viviendo una mentira disfrazada de verdad, el mesianismo político utiliza un discurso de aparente bondad, con argumentos lógicos y bien fundamentados intelectualmente. Pero tras el discurso social se esconde una ambición que manipula el lenguaje y se vale de la ideología para absolutizar el poder en su expresión más patológica. El último objetivo del poder es la idolatría de sí mismo.
El afán de poder es una patología que lleva a quien lo ejerce a una dualidad psicológica temible. Se le escapa la realidad objetiva y se instala en la subjetividad: su concepto de la persona, su libertad y su dignidad quedan teñidos por la ideología que defiende su posición. Por eso los políticos siempre están hablando de macroeconomía, de sociología y de estadísticas, maquillando su imagen y proponiendo planteos generalizados, no concretos, ni personales. A la ideología no le interesa la libertad, el respeto o la dignidad de personas reales y concretas. Por eso siempre acaba hablando de abstracciones. La ideología acaba matando, no solo física, sino socialmente.
La lógica del poder crea adicción: es una droga que enferma la psique y el corazón del poderoso, haciéndolo bulímico. Como un dragón, devora y cada vez quiere más y más, hasta que llega a autodestruirse. El límite del poder es él mismo.
Pero el poder engendra más poder. La ideología, como abstracción de la realidad, sigue en el ADN infectado, como un virus latente que se activa en aquellos que persiguen la fama y el reconocimiento. Su voracidad va creciendo y se valen de las estructuras que el mismo sistema político ha construido para convertirse en líderes de masas donde se resguardan bajo un disfraz seudo-democrático para tapar su pulsión de dominio y manipulación. La verdad les molesta, porque es lo único que las ideologías no pueden matar.

¿Qué es la verdad?


La verdad va más allá de un concepto filosófico; es un concepto moral y teológico. También va más allá de la psicología: cuando se dice que «cada cual tiene su verdad», ¿estamos hablando de la verdad o de opiniones y creencias subjetivas? Nadie puede matar la verdad, aunque quiera, porque no es una idea, ni un sistema sino una certeza que trasciende al mismo ser humano. La verdad es como el aire: no lo puedes cortar ni eliminar, aunque mates a la persona. En el horizonte de la verdad no está el poder, sino el bien, la libertad, la belleza y el amor; esos valores que subyacen en el anhelo más hondo de toda persona. Concibiendo la política como un servicio real, basado en el valor de la verdad, todo esfuerzo irá enfocado a apoyar a los más débiles de la sociedad, porque el primer objetivo será luchar por la dignidad de cada persona, en especial la de aquellas que la han perdido: hombres y mujeres sin techo, indigentes, enfermos, ancianos, niños maltratados, jóvenes sin rumbo…
Los políticos tienen este imperativo categórico y moral, que es inherente a su responsabilidad: no dejar nunca a nadie en el arcén y adoptar las medidas económicas y financieras para asumir el coste de esta labor. Nadie debe quedar fuera, ni de la sociedad, ni del trabajo ni de un hogar. La sociedad civil ha de ser abanderada de una nueva política, ha de ser capaz de hacerse oír por el sistema e interpelar al gobierno: es un deber ciudadano. Por su parte, los gobernantes nunca deberían olvidar la responsabilidad que conlleva su cargo. Solo así se recuperará el sentido de la política, entendida como servicio a la ciudad y dedicada al bien real de las personas —todas las personas—, especialmente las más vulnerables.

domingo, agosto 10, 2014

Corrupción versus solidaridad

Cansados del expolio

Los medios de comunicación arrojan noticias cada vez más alarmantes sobre la corrupción en España. Los nobles y supuestos ideales de las fuerzas políticas con el tiempo van degenerando. El poder está irremediablemente ligado a la corrupción. ¿Qué ha sido del vigor inicial cargado de promesas y con una clara visión ética de la política? ¿Qué pasa cuando los ideales ceden paso a las luchas intestinas por mantenerse en el cargo? Es preocupante. Los ciudadanos han llegado a percibir la cuestión política como un problema social muy grave, como lo puede ser la economía o el terrorismo. Se podría hablar de una situación ya no coyuntural, sino estructural. El poder oscuro, que Tolkien describe tan bien en su obra El señor de los anillos, pervierte y contagia a quien lo toca. El gobernante que por primera vez se sienta en un sillón, quizás cargado de buenas intenciones, poco a poco empieza a sentir el placer de sentirse poderoso. Algo en él se metamorfosea, cambia y sin que se dé cuenta llega a convertirse en una afición patológica; es su tesoro, al que se aferra porque, con él, se llega a sentir como un auténtico dios. Se ha vuelto un adicto.

El ciudadano se siente desarmado e impotente frente a las consecuencias de este poder enfermizo y terrible. Nuestros políticos hablan de servicio, de libertad, de otorgar el poder al pueblo. Palabras talismán que cada vez los ciudadanos creemos menos. Asustan, creando una inseguridad jurídica vestida de democracia. El niño, el adolescente, el estudiante, el empresario, los desempleados, los enfermos de larga duración, las familias sin recursos… Son millones los que sufren una indefensión cada vez mayor. Y, mientras la sociedad padece e intenta sobrevivir, los líderes políticos se aferran al sillón y a sus ideologías para encubrir la flagrante corrupción que practican. Cada nuevo escándalo no es más que la punta de un iceberg enorme, que se ramifica y alcanza a todos los partidos que están o han estado en el poder. Las elecciones no bastan para remediar esto ni representan la voz de todos los ciudadanos, pues la abstención cada vez es mayor y las alternativas son pocas. La justicia que destapa a los corruptos, finalmente, tampoco logra que se cumplan sentencias ni penas apropiadas. No parece sino que la casta política es invulnerable y está por encima del bien y del mal. Las leyes que ellos mismos han aprobado los blindan para manipular la justicia y seguir jugando impunemente con los recursos públicos que aportamos el resto de ciudadanos. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

La economía no crece por la recesión y por la excesiva complicación legislativa, que pone trabas a cualquier pequeño empresario o autónomo. La maquinaria legal bloquea el crecimiento económico de un país de gente creativa, cuya iniciativa se ve ahogada por los requerimientos legales y la enorme presión fiscal. Se expolia al ciudadano de a pie hasta la asfixia y, sin embargo, muchos imputados por corrupción salen indemnes. La hacienda pública, en su incapacidad para mantener el aparato político del gobierno, tira de las rentas más bajas para arañar lo que puede. Un mileurista puede ver su cuenta bancaria embargada por cien euros de deuda, y en cambio se dejan pasar millones de euros desviados por los políticos corruptos. Por otra parte, la ley permite que quienes tengan grandes fortunas puedan evadir los impuestos invirtiendo en bolsa. Entre el expolio de los políticos corruptos y la evasión de los más ricos, el estado tiene que exprimir a los ciudadanos de ingresos medios y bajos para poder sostener el carísimo coste de una estructura de gobierno elefantiásica. Se recorta el gasto en sanidad, educación y ayuda social a los más desfavorecidos, cuando cada vez hay más situaciones que claman al cielo. Las organizaciones humanitarias necesitan más apoyo que nunca y, cuando ven que las subvenciones se reducen o desaparecen, la respuesta siempre es la misma: no hay dinero.

¿No hay dinero? Mejor sería preguntar: ¿dónde está el dinero?

Una propuesta

Propongo lo siguiente. Obligar a los políticos, empresarios y banqueros corruptos a devolver todo lo robado, además de someterse a un juicio penal. Y que estas cantidades devueltas se dividan en cuatro partidas iguales para reforzar los pilares del bienestar: la primera que se destine a reforzar el fondo para las pensiones, la segunda para la sanidad pública, otra para mejorar la educación y la cuarta para aumentar el apoyo a la solidaridad, es decir, a favor de las ONG que se dedican a ayudar a los más desfavorecidos. De esta manera, el dinero robado al ciudadano volvería a revertir en la ciudadanía, especialmente los sectores más débiles y necesitados.

La corrupción es tan alta que se podrían resolver muchos problemas consolidando estas cuatro acciones. Qué mejor destino para un dinero sucio y prostituido que limpiar y paliar el dolor de tantas personas que se ven en la indigencia, física y moral, y que están desprotegidas ante un estado que ha olvidado al que tiene poco y al que no tiene nada y vive en la miseria. Si la finalidad de la política no es ocuparse de las personas, especialmente de las más vulnerables, estamos convirtiendo el servicio en poder. Y cuando esto sucede, le hemos quitado el alma a la política. Esta pierde su razón de ser, olvida toda ética y, como consecuencia, la corrupción, el abuso y la manipulación proliferan.

Los ciudadanos aún somos libres. Tenemos muchas formas y recursos para organizarnos y, de manera legal, hacer propuestas y aunar fuerzas para que nuestros representantes hagan justicia y sirvan, de verdad, a todo el pueblo. Basta que lo creamos. ¡Pongámonos manos a la obra! 

domingo, noviembre 04, 2012

Lanzados hacia el abismo


Una tragedia evitable

Todos hemos quedado sobrecogidos ante la noticia del fallecimiento de tres muchachas en una fiesta en Madrid ―Katia, Rocío y Cristina― y posteriormente de otra amiga del mismo grupo ―Belén―. Esta tragedia ocurrida la noche del 31 de octubre, la víspera de Todos los Santos, no ha dejado de ser motivo de discusión en tertulias radiofónicas y televisivas y ha hecho correr riadas de tinta, llenando los periódicos.

Ciertamente, es un triste acontecimiento que no ha dejado indiferente a nadie. Se están estudiando las causas que ocasionaron esta desventura y se está reclamando que se depuren las responsabilidades del accidente, legales e incluso políticas. Pero, más allá de estas cuestiones y de delimitar lo punible en este caso, tenemos que reflexionar en el núcleo del problema. Esta tragedia nos lleva a pensar en la estructura familiar que tenemos, en los modelos de adultos donde se miran los jóvenes, en la filosofía que concibe al ser humano como una pieza más de un engranaje consumista, en la concepción de la economía donde la ganancia es el valor absoluto, por encima del valor de la persona y el respeto a su dignidad.

Una huida hacia adelante

¿Qué modelo educativo tenemos? Antes, la familia era el principal ámbito educativo, seguida de la escuela y el entorno social. Los valores se transmitían de padres a hijos y eran asumidos en el día a día, pues no solo se inculcaban, sino que se vivían. Actualmente, la educación de los jóvenes parece basarse en argumentos desintegradores, que varían en función de la ideología del grupo político que ostenta el poder. ¿Cómo se concibe el aspecto lúdico? ¿Se busca el servicio y el bien de la persona? La falta de valores recios y sólidos que contribuyan a la humanización está llevando a los jóvenes hacia un vertiginoso abismo existencial, lanzándolos al vacío.

¿Son los jóvenes culpables de esta situación trágica que vivimos? ¿Dónde está el verdadero origen de estos sucesos lamentables? Podríamos decir que los jóvenes han perdido la referencia de unos valores éticos y religiosos que ayuden a vertebrar al individuo en su proyección social. Con la excusa fácil de no querer influenciarles, les estamos negando algo connatural: la apertura hacia la trascendencia, la espiritualidad, el silencio. Darles una educación religiosa no es coartar su libertad, sino abrirles un horizonte nuevo y amplísimo, que les llevará a interrogarse sobre el sentido de la existencia.

Es verdad que no podemos generalizar; hay jóvenes que se toman la vida muy en serio. Pero también hay una riada de gente joven que da la impresión de vagar, perdida, en un laberinto sin salida, falta de soporte, de referencia, de modelos coherentes.

¿Por qué esa necesidad de explotar la noche en un ambiente sórdido, entre música estridente, bebida, griterío, hasta llegar a poner en riesgo la propia vida? ¿Qué les pasa a nuestros jóvenes, que no saben valorar la palabra sensible de un amigo, un paseo plácido al atardecer, o simplemente escuchar una suave melodía musical que les abra el espíritu? ¿Qué les pasa, que temen el aburrimiento, la soledad, encontrarse con sí mismos? La responsabilidad les aterra y rechazan unas relaciones humanas que les exijan entrega y esfuerzo. Quizás por eso escapan de unos padres que no les entienden, de una sociedad ambigua e individualista, de unos políticos que les mienten, de una economía que los explota, de unos adultos que sobreviven en el tedio, de unas instituciones educativas que han convertido la educación en adoctrinamiento ideológico.

¿Qué necesidad tiene el joven de meterse en un tugurio, consumiendo alcohol y drogas sin control? Quizás necesita experimentar el vértigo, la huida de la realidad. Le da miedo encontrarse con el yo más profundo de su alma, porque no tiene soporte ni modelos para gestionar su propia identidad.

La raíz del problema

Un estudio realizado por el Teléfono de la Esperanza muestra que la primera causa de muerte entre los jóvenes es el suicidio. Las cifras sobrecogen. ¿Es posible que en la juventud, esta etapa en la que el corazón estalla por vivir, se pueda experimentar tal hastío que se desee la muerte? La muerte abrupta de un joven causa dolor y espanto, pero… ¿cuántos jóvenes se están suicidando lentamente, noche tras noche, fiesta tras fiesta?

Lo nuclear del problema está en el propio modelo de familia. Son muchos los padres que han hecho dejación de su tarea educativa ante la complejidad de acompañar y amar a un adolescente. No saben cómo ayudarle a construir su propia identidad, les pesa educar, no se sienten preparados para esta ingente misión y, muchos, se rinden.

Pero ni los políticos ni las instituciones educativas podrán jamás suplir esta responsabilidad de los padres. Entre otras cosas, porque ellos son los engendradores de sus hijos, no las instituciones. Y porque los hijos, antes que nada, lo primero que necesitan es sentir el amor y la aceptación de sus padres. Los hijos necesitan tiempo y muchos padres, por los motivos que sea, les niegan esa dedicación necesaria intentando sustituirla, inútilmente, por espacios recreativos, objetos de consumo o distracciones.  El niño aprende, desde muy pequeño, que tiene derecho a todo lo que desea, y que todo puede comprarse y venderse sin esfuerzo. ¿Cómo extrañarse, luego, de que los hijos sean incapaces de tomar las riendas de su vida y se lancen a una huida desbocada hacia la nada?

Si las familias del entorno, la sociedad y las instituciones han de ejercer una labor subsidiaria que ayude a los padres a tener las herramientas necesarias para educar a sus hijos, esta tarea debe emprenderse siempre desde el amor, la humildad y el diálogo. Solo así, desde la co-responsabilidad de los agentes educativos, sobre una pedagogía basada en la comprensión y el diálogo, con enormes dosis de paciencia, podremos ayudar a nuestros jóvenes a expresarse y a crecer. Sin olvidar que el mayor modelo y referencia para los hijos son sus propios padres y su coherencia vital. De esta manera, el abismo se convertirá en claridad y el vacío en apertura. Y ambos, padres e hijos, tendrán el valor de aprender a escucharse, a sí mismos y a los demás, sin miedo a la lucha y al sacrificio.

 Joaquín Iglesias
4 de noviembre 2012

domingo, octubre 21, 2012

La respuesta de una sociedad adulta


Una realidad acuciante

Las cifras del paro cada vez son más altas: familias enteras pierden su empleo y muchas no pueden acceder a un subsidio. La falta de trabajo y de ingresos las lleva al límite: cada vez hay más gente que vive situaciones angustiosas. Tiradas en el arcén de la vida, sin esperanza ante un futuro incierto, hacen cola en los comedores sociales o en las parroquias, para buscar alimentos.

Ya no se trata de indigentes o sin hogar, sino de personas que han perdido un empleo estable y han pasado del paro a la pobreza, y de la pobreza a la miseria y a la angustia vital, a la pérdida de horizontes y de esperanzas. ¿Qué hacer para poder paliar el dolor de tantas y tantas personas? ¿Depende de nosotros? ¿Qué podemos hacer realmente? Quizás pensamos que lo que podamos hacer es insuficiente. ¿Vale la pena hacer algo si no vamos a arreglar el problema estructural que origina esta pobreza?

Es verdad que la solución depende de muchos factores que escapan a nuestro alcance. Hay que establecer unas políticas adecuadas que eviten el derroche de las instituciones,  pero también hay que ser conscientes de que no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades. Quizás una parte de esta crisis ha sido causada por no tener claras las prioridades. La falta de previsión de las autoridades gubernamentales, pero también de las empresas y de las familias, la falta de criterios éticos en el reparto de la riqueza, la poca sensibilidad ante el dolor humano, todo esto ciertamente ha contribuido a la actual crisis económica.

Pero no nos quedemos en la epidermis del asunto. Más allá de unas estructuras económicas, la raíz del problema está en la ambición. Ya no hablamos de instituciones, sino de valores que configuran nuestra forma de entender la vida y la persona, su bien, su crecimiento, su libertad, sus derechos y oportunidades. ¿Qué visión tenemos de la realidad? ¿Cómo entendemos el mundo y la persona? La crisis nos pone ante una situación incómoda, pero en la forma de actuar estamos revelando nuestra propia identidad y cómo nos situamos ante el mundo.

Las consecuencias de nuestra pasividad

Podríamos decir que hemos hecho dejación de uno de nuestros primeros deberes como ciudadanos. Hemos consentido a los políticos que hicieran lo que quisieran. Con todo el aparato mediático al servicio del partido que detenta el poder, hemos permitido que penetraran en nuestra conciencia. Los impactos de los medios nos han modelado según una ideología, logrando subvertir nuestros valores. Los ciudadanos hemos renunciado a protagonizar la construcción de la sociedad que queremos. Si no empezamos a actuar con nuestro voto útil y realista, dejaremos que la situación se nos vaya de las manos y todos caeremos idiotizados por las ideas que se nos infiltran. Y lo pagaremos muy caro.

Son muchos los grupos e intelectuales que se cuestionan la gestión de nuestros gobernantes. ¿Cuál es el modelo social y político que queremos? La auténtica crisis viene de aquí, y de ella se derivan la crisis económica y las enormes desigualdades que afectan a todo el planeta, llegando en algunos lugares a límites insoportables.

Se habla de las grandes multinacionales que explotan los recursos y utilizan una mano de obra casi esclava, en condiciones infrahumanas. Se denuncia el robo de los bancos, que expolian a los ciudadanos. Pero, ¿quién lo consiente? Los políticos, que con su complicidad contribuyen a ahondar la brecha entre ricos y pobres. E, indirectamente, los ciudadanos que los estamos votando.

Aún peores son los grandes negocios de la muerte, que se lucran vendiendo armas y personas, fomentando la prostitución, el aborto, la trata de mujeres y niños, el tráfico de drogas. Todo esto lo sabemos, y aún y así seguimos consintiendo que los políticos no se pongan manos a la obra y no legislen con rotundidad en aquello que afecta a la dignidad de la persona. Somos incapaces de convertir nuestro voto en un voto ético, eficaz y productivo.

Podemos hacer algo

La solución a la pobreza pasa por un modelo social nuevo y por revitalizar los valores éticos de nuestros gobernantes. Se sigue derrochando sin criterio alguno y se recorta, en cambio, en educación, en sanidad, en solidaridad. Ese nuevo modelo social, necesario, sitúa a la persona en el centro de toda actuación política: la persona y su dignidad, su libertad, sus derechos y su desarrollo. Cuando el poder, el tener y la corrupción están en el centro de toda actuación política, inevitablemente la sociedad va hacia el abismo.

Nuestro voto reflexivo puede llegar a frenar esta máquina destructora que amenaza el desarrollo y la plenitud de la persona. Ojala todos tomemos conciencia de que el mundo está en nuestras manos ―en las de todos― y que nuestro compromiso para mejorarlo es un deber que hemos de asumir el conjunto de la sociedad. Solo de esta manera, no sin sacrificios, podremos construir un nuevo orden económico, que pasará por desterrar el poder y convertirlo en una estructura de servicio para el bien de las personas.

La solidaridad es una respuesta a la crisis económica y política que atravesamos. Pero a los ciudadanos nos falta una toma de conciencia más decidida: si queremos, podemos cambiar la situación. La suma de muchos votos, la acción de muchos ciudadanos unidos, puede realmente obligar a reaccionar a los gobiernos.

La globalización de la solidaridad ha de ser el nuevo paradigma de los políticos, las instituciones y las empresas, así como de las organizaciones ciudadanas, las familias y las personas. Solo así estaremos dando respuesta a la crisis actual.

domingo, mayo 15, 2011

¡Urgente!, un nuevo paradigma político

Tras leer varios editoriales de tendencias y posturas ideológicas diversas, tras escuchar a mucha gente de mi alrededor y algunos debates sobre economía y gestión política, compruebo que la inquietud y el pesimismo cunden en las diferentes capas de la sociedad, que vive sumergida en un abatimiento existencial profundo. Esto me lleva inevitablemente a cuestionarme sobre la auténtica salida de la crisis económica, más allá de las medidas concretas que se tomen. Todo esfuerzo para evitar gastos innecesarios será poco, aunque una de las claves para entender la crisis y sus posibles consecuencias pasa por una reflexión ética y filosófica de nuestra política.

Una nueva visión de la política

No sólo se necesita un nuevo orden económico, sino una nueva visión de la política, basada en una exigencia ética y personal de todos aquellos que ejercen un servicio a los ciudadanos. Sin un nuevo paradigma político no saldremos de la crisis, porque aunque sí que es verdad que la crisis global puede afectar a nuestra economía nacional y local, hay factores de adentro que agravan mucho esta situación en el contexto de una comunidad más reducida. La solución pasa por una gestión eficaz de las diferentes áreas del gobierno, depurando intenciones ocultas de ambición y poder, y eliminando gastos superfluos y derroches. Los políticos quizás no son culpables de la crisis, pero sí son responsables a la hora de afrontarla con eficacia. La obsesión enfermiza de mantenerse a toda costa en el poder, utilizando los recursos y el dinero público, resulta costosísima al ciudadano. Amiguismos, clientelismos, ambición desenfrenada y avidez por el dinero corrompen a la clase política. Los sobresueldos que nuestros gobernantes se asignan sin escrúpulo alguno le cuestan a la ciudadanía cantidades astronómicas y escandalosas que podrían servir para paliar los efectos de la crisis o reactivar la economía.

No saldremos de este bache si nuestro pensamiento no está basado en una concepción antropológica que tenga su centro en el profundo respeto a la dignidad del ser humano, dentro de una fraternidad existencial colectiva, y cuidando especialmente a los más frágiles. Una apuesta por una política y una economía humanizadoras puede ayudar a solucionar la crisis. Si nuestro voto no es un voto moral, fruto de una profunda reflexión, estaremos contribuyendo a que la crisis se alargue y continúe.

Los ciudadanos somos agentes de cambio

Es necesario un análisis a fondo sobre nuestra sociedad actual. Los ciudadanos somos agentes necesarios para crear un nuevo paradigma político. Somos actores, activos, en la creación de la sociedad del futuro. No podemos permitirnos que los políticos manipulen nuestras vidas y nos expolien a base de impuestos para engrosar sus bolsillos y mantenerse en el poder. Tampoco podemos consentir que el lenguaje falaz de las diferentes tendencias políticas utilice palabras talismán como progreso, bienestar social, libertad…, conceptos que suenan bien, pero que forman parte de una estrategia para jugar con los sentimientos y anestesiar a la sociedad.

La ciudadanía se ha de convertir en pedagogo de los futuros políticos. Si no asumimos este compromiso, nos encontraremos con una clase política absolutamente corrupta, capaz de degenerar la sociedad. O creamos una nueva cultura política o vamos hacia el abismo y el caos.

Por tanto, hemos de ser conscientes de que, en cada voto, nos estamos jugando el futuro de los próximos años y las nuevas generaciones. Tomemos conciencia realista del presente: podemos evitar un naufragio del mañana.

La persona por encima de las ideas

Los políticos, que llenan su discurso hablando de las personas, han de situar en el centro de su actividad el bien real de la gente. Deben darse cuenta de que la persona, con su dignidad, su libertad y su deseo de crecer socialmente, está por encima de cualquier ideología o sistema filosófico. De lo contrario, se perderán en el laberinto de su ambición y utilizarán a las personas para sus fines, alejándose de la realidad y de las aspiraciones y necesidades de la gente. La vocación política ha de ser entendida como un servicio. Si en ella no hay amor, generosidad y desprendimiento, no será eficaz desde el punto de vista humano.

Ojalá todos aquellos que tenemos una visión cristiana de la vida, que consideramos a la persona sagrada, y que hacemos una opción por los más necesitados, podamos aportar estos valores a un nuevo orden social, económico y político basado en la figura apasionante de Jesús de Nazaret, el hombre que renunció al poder y dio su vida por los demás. Sólo de esta manera evitaremos la demagogia que ha impregnado la vida política y podremos recuperar la dignísima labor, casi sacerdotal, de todos aquellos que se dedican a la actividad política como entrega generosa y sacrificada a favor de los ciudadanos.

domingo, diciembre 10, 2006

Los jóvenes y el futuro de la democracia

Uno de los fenómenos sociales que está preocupando más en los últimos años es todo el conjunto de problemas que se dan entre la juventud. Los jóvenes siempre han sido un colectivo tachado de rebelde y conflictivo, no ahora, sino desde los albores de la historia. Un adolescente es una persona en fase de crecimiento y de maduración de su personalidad, y por este motivo su rebeldía y los ajustes, a menudo dramáticos, que deben producirse durante esa etapa de su vida no deben sorprendernos ni alarmarnos. Pero realidades como la violencia, la escalada geométrica de los trastornos psicológicos, la desestructuración familiar, el fracaso escolar y las adicciones a edades cada vez más tempranas requieren de una profunda reflexión que lleve a tomar medidas desde todas las instancias sociales.

He aquí algunas ideas y propuestas que podrían contribuir a mejorar estas situaciones

Educar afectivamente

Desde hace unas décadas se viene insistiendo en la importancia de la llamada educación emocional o de los sentimientos. Los agentes educativos de los jóvenes -comenzando por los padres, e incluyendo a los maestros y profesores- tienen un papel fundamental en la educación afectiva y sexual de los niños y adolescentes. Esta no puede darse sin un diálogo interpersonal, respetuoso y atento. Sobre estas premisas: diálogo y educación de los sentimientos y las relaciones, puede establecerse una armonía intergeneracional y favorecerse un crecimiento más sano y equilibrado de los jóvenes. No olvidemos que, previa a la escuela, esta educación se da fundamentalmente en la familia.

Explorar el potencial de cada cual

Otros dos aspectos muy interesantes a desarrollar en los niños son su potencial lúdico, a través del deporte y los juegos, así como sus capacidades artísticas, ya sea para la pintura, la música, la expresión corporal... Finalmente, una educación apoyada en una buena práctica, y en contacto con la realidad, permitirá que el niño se adentre en las ciencias y pueda comprender y formular, desde las experiencias concretas, un pensamiento abstracto.

La educación, como ya señalaron destacados pedagogos, debe fundamentarse en la realidad y en la experiencia. Esto puede desvelar en los niños el gusto por el estudio y por determinadas materias, y les puede permitir descubrir, con los años, su vocación y sus preferencias.

Educar en valores

La educación debe complementarse fomentando el sentido de la solidaridad y el amor. De este modo, el niño aprenderá a superar poco a poco sus tendencias individualistas y egocéntricas y estará preparado, en su día, para formar parte de una sociedad democrática y sentirse persona incluida y activa dentro de su comunidad, responsable ante sus conciudadanos.

La preservación de los estados democráticos requerirá una honda insistencia en la educación de los más jóvenes, para que éstos aprendan aquellos valores que han hecho posible consolidarlos y no sólo esto, sino que puedan, en su día, renovar la democracia e impedir que muera, anquilosada y enrarecida. Hoy día vemos cómo la desconfianza creciente de los ciudadanos hacia los políticos, la inseguridad, la corrupción y el desencanto amenazan con convertir las democracias en disfraces de una sutil dictadura de mayorías muy relativas, que sólo representan a una fracción muy concreta de la población. La falta de educación de las generaciones de futuros adultos puede agravar esta situación.

La historia, sin resentimientos

Una buena educación en valores y la comprensión justa e imparcial de la historia puede contribuir a fortalecer la democracia. En estos días, en que se habla tanto de la memoria histórica, conviene recordar que gracias a todo cuanto ha sucedido en el pasado, los presentes existimos y estamos aquí. Si la historia hubiera sido diferente, posiblemente la mayoría de cuantos vivimos ahora no existiríamos. Habrían nacido otros seres humanos sobre la tierra, pero nunca hubiéramos sido nosotros. En la enseñanza de la historia conviene no culpabilizar a los presentes de los errores del pasado, ni tampoco asumir culpas que no cometimos. No podemos recriminarnos nada de cuanto hicieron nuestros antecesores. Enseñar la historia sin resentimientos es clave para formar generaciones auténticamente democráticas y creativas. Liberados de culpa, podemos mirar hacia adelante y construir un presente y un futuro sobre una base de reconciliación. La historia debe alentarnos a no repetir los errores del pasado y, en cambio, animarnos a construir, humildemente, un mundo más aceptable que respete a todos los individuos y a todos los grupos sociales, con sus diversas formas de pensar, vivir y expresarse.