sábado, mayo 01, 2021

Silencian la verdad y viralizan la mentira


Los medios han perdido el rumbo

La verdad es un valor sagrado que recogen la filosofía y la teología, el derecho y la ética. La verdad hoy es un concepto muy manipulado, especialmente en el periodismo y en los medios de comunicación, cuando los editoriales de la prensa están totalmente ideologizados.

Si en política podemos afirmar que el nivel de corrupción de los partidos y de los gobernantes es muy alto, cuando los medios se convierten en correa de transmisión de ideas al servicio de la casta política, también podemos decir que el periodismo ha caído en una honda crisis. Además de ser obedientes y esclavos del discurso y la narrativa hegemónica, se están saltando algo nuclear de la esencia del periodismo: la defensa de la verdad.

Los medios se están convirtiendo en instrumento al servicio de los partidos. Les interesa sobrevivir ante la competencia y la variada oferta, y harán lo que sea para asegurar su economía. La ética y la verdad se han alejado de los medios de comunicación. Vendidos al mejor postor, son mercenarios de los ideólogos. Todo vale, poco les importa la verdad. Se deben a sus amos. Si han de matar la dignidad y la identidad de una persona, lo harán sin miramientos. El periodismo está en crisis porque se ha prostituido. Le interesa crear noticias, incluso ficticias, manipulando los hechos y desinformando. A veces se limitan a decir medias verdades, otras veces mienten deliberadamente y crean montajes periodísticos que les aseguren su cuota de seguidores y alimenten la voracidad de los colectivos que disfrutan removiendo el estercolero social. No calibran el daño que pueden causar. Estamos asistiendo a la muerte del periodismo, tanto de prensa como de radio y televisión. Todo está permeado por las consignas dadas por los altos poderes, eso sí, disfrazado de buenismo.

Falta ética en el periodismo

Si en medicina se hace el juramento hipocrático, también en periodismo debería guardarse algún juramento sobre el ejercicio sagrado de comunicar la verdad. Un código deontológico que establezca una línea roja para no caer en la instrumentalización de tan digno oficio: ser transmisores de la verdad, de los hechos ocurridos, desde la imparcialidad. Así como un médico no puede ejercer la medicina si no se adhiere a los principios de su profesión, que implican el cuidado absoluto y el respeto a su paciente, lo mismo con el periodista: se debería pedir una total adhesión y amor a la verdad.

Se constata que hay un periodismo de la mentira, porque ya poco importa la verdad. La realidad se tergiversa en función de unos intereses. Constato una tendencia muy peligrosa en los medios: se están convirtiendo en jueces de la sociedad, señalando y sentenciando a quienes no comulgan con su ideología, etiquetándolos y condenándolos a la muerte civil. Hay noticias que se utilizan como armas arrojadizas, auténticos misiles cargados de mentiras para destruir a quien piensa diferente. Se debería establecer un marco ético y profesional donde no se permita convertir la profesión en un periodismo de trincheras, en un bandolerismo mediático.

El brillo de la verdad

La verdad molesta demasiado. Su brillo es claro y contundente, pero se silencia porque se tiene miedo cuando da en la diana. Molesta tanta luz. La verdad es realista, no se basa en lo ficticio o en lo inventado. Es transparente, clara como agua cristalina. La verdad tiene que ver con la belleza, con la bondad, con lo real. Huye de la mentira, no pueden convivir juntas. Por eso intentan silenciarla, acallándola, frenándola o escondiéndola.

La verdad no interesa porque libera y es profundamente inquietante, porque derrumba los castillos que levantan los arquitectos de la mentira.

Los señores de la mentira tienen un ejército bien pagado para que esta corra a la velocidad de la luz, permee la sociedad y la gente crea en ella. Los amos de la mentira no duermen, poseen tecnologías muy potentes a su servicio y dominan los grandes medios de comunicación para cubrir todo el planeta. Quieren hacer millones de discípulos del engaño. Pero la mentira es como un fuego devorador del alma, que no calienta y que acaba calcinándolo todo. Quien cree en ella terminará viendo su existencia arrasada, convertida en un muñeco sin vida, a merced de aquellos que le están teledirigiendo. El «Gran Hermano» existe, y tiene armas de ingeniería social y todo un lenguaje muy bien elaborado desde la neurología y la psicología. Desde los medios tecnológicos pueden modelar a la persona hasta convertirla en una marioneta manejada por hilos invisibles.

No contribuyamos más a esparcir la mentira. Nos roba la dignidad. El fuego de la mentira se apaga con el oxígeno de la verdad. Aunque no lo parezca, es más fuerte que un ejército de pirómanos mediáticos. Se trata de luchar por la verdad, para que nos lleve a la libertad. Es lo único que puede derribar los muros de la mentira. 

¿No creéis que deberíamos hacer lo contrario del título de este escrito? Viralizar la verdad, rechazar la mentira. 

domingo, abril 18, 2021

El virus de las ideologías


En este contexto de pandemia, no se deja de hablar de un virus, el Sars-Cov-2. Este patógeno ha suscitado mucha preocupación y sobre él se han publicado numerosos estudios e investigaciones. Los medios de comunicación no dejan de comentar su letalidad, despertando una profunda inquietud en la población.

En esta reflexión quiero describir y alertar sobre otro virus de carácter más intelectual, pero no menos real, que afecta a la salud de la sociedad. Inoculado desde las instancias políticas, está polarizando a la ciudadanía y fracturando la convivencia. Me refiero al virus de las ideologías. La primera víctima de este virus es la persona, su identidad y su libertad.

Se puede considerar ideología aquella estructura de pensamiento que sostiene una determinada visión del mundo y, considerándose la más correcta o la única verdadera, quiere imponerse a las demás por la fuerza, buscando adeptos que se sumen a ella, sin tener en cuenta consideraciones morales y éticas.

Cuando las ideas están por encima

Desde un punto de vista filosófico, toda ideología tiende a dar más valor a las ideas y a las estructuras que a la persona como tal. La individualidad se relativiza y el grupo o colectivo está por encima de la persona. La ideología va directamente a atacar la esencia del individuo si piensa diferente y no acata la narrativa del grupo. Quedará al margen, y su derecho a la libertad de opinión y expresión será pisoteado. Este derecho fundamental, defendido por nuestra constitución, se ve amenazado cuando una ideología quiere imponerse a otras sin respetar la peculiar forma de sentir y pensar de cada cual.

En las arenas políticas se da una lucha sin cuartel por la hegemonía, usando una dialéctica agresiva de un partido contra otro. Como vemos, la actividad parlamentaria de nuestros políticos está marcada por la violencia verbal y, a menudo, por la defensa de un pensamiento único. Hay quienes hablan de terrorismo ideológico. Los parlamentos se están utilizando como campo de batalla donde se promociona esta forma de violencia política.

El circo político

Todos los partidos, especialmente el que gobierna, que tiene la posibilidad de usar todos los medios: económicos, legales y propagandísticos, se valen de un lenguaje populista, para inocular a la gente su modo de concebir la vida y la sociedad. Los discursos falaces y teñidos de ideología buscan la manera de mantener a un grupo en el poder. Un gobierno fuertemente ideologizado puede llevar al país a la división y, a largo plazo, a la desintegración social. Si este gobierno ejerce un poder autoritario, hará lo que sea para hacer encajar la realidad en sus esquemas, sin referencia moral alguna, y proyectar su cosmovisión a través de políticas transversales que abarquen todos los ámbitos de la vida: educación, cultura, economía, territorialidad. El uso del lenguaje es un arma decisiva para imponer ideas, modificándolo e incluso forzando su estructura gramatical y filológica. Todo ello con el fin de llevar a cabo una auténtica ingeniería social y cambiar la mentalidad de los ciudadanos, sometiéndolos a la nueva religión del estado. Los que detentan el poder quieren fieles vasallos, sometidos y cumplidores de sus mandamientos.

Está en la naturaleza de las ideologías seducir, primero, con un lenguaje buenista y apelando a los sentimientos humanos más básicos. En segundo lugar, cada ideología apela a su superioridad moral frente a las otras, a las que tacha de erróneas, malvadas o falsas. Está por encima de cualquier otro postulado que pueda cuestionar su discurso. Poco a poco, a medida que la nueva «religión» gana terreno, irá introduciéndose en las conciencias para ir permeándolo todo: familia, lengua, relaciones, cultura, hasta modelar a una buena parte de la sociedad.

Un derecho fundamental

Lo cierto es que cualquier ideología, venga de donde venga, ataca lo nuclear de la persona: su libertad y su derecho a pensar, expresarse y vivir según sus valores. Cuando esto ocurre, la instancia política está pasando por encima de los derechos naturales, civiles y personales. Ninguna ideología debería coartar el legítimo derecho a pensar y hacer como cada cual quiere, dentro de unos límites éticos para no pisar los derechos de los demás. Todo lo que no respete la dignidad y el don sagrado de la libertad es un atentado a la persona.

Como bien sabemos, en el mundo ha habido y hay regímenes totalitarios que, en aras a sus ideas, someten a una nación entera. Esto es terrorismo de estado. Es el último paso en la carrera de las ideologías, y a donde pueden desembocar todas si no respetan ciertos límites.

El ciudadano, primero

Alerta con las ideologías del color que sean. Los gobiernos están al servicio de la ciudadanía, y no al revés. El estado es para el ciudadano, y no el ciudadano para el estado. La fuerte carga ideológica hace que muchas veces los gobiernos se alejen de la realidad, cayendo en una tiranía que no busca el bien común, sino el suyo propio, y perpetuarse en el poder. Son muchos los que conciben la política como una carrera hacia el sillón, y harán todo lo posible para mantenerse en él, luchando sin piedad con todo tipo de herramientas, desde la propaganda hasta la intriga para quitar de en medio a quien les molesta y arrebatarles el puesto. Los adversarios se conciben como acérrimos enemigos en la conquista del poder. Las ideologías son el veneno inoculado como arma.

La sede de la soberanía del pueblo se convierte en escenario de estos enfrentamientos. Lo peor es que lo utilizan pensando, quizás, que nos están representando. En realidad, están utilizando nuestros votos para conseguir sus objetivos. Cada miércoles los ciudadanos españoles vemos cómo un teatro de mal gusto pone en escena a sus actores. Qué lejos están de ese servicio que prometen, cuando juran sus actas de diputados. Es una falsedad palmaria; en el momento en que ocupan su cargo, están iniciando su divorcio con la sociedad.

domingo, enero 17, 2021

¿Un futuro incierto?


Tras muchas conversaciones con personas conocidas, he podido palpar en sus ojos un miedo latente, contenido, a punto de estallar. Pues la situación de la pandemia se recrudece, las expectativas auguran una etapa larga de sufrimiento y un panorama complejo que va a poner en jaque mate la propia estructura social de nuestro país.

Con una economía debilitada, un paro atroz que va en aumento y unas medidas sanitarias frente al Covid-19 que no son eficaces, y unas relaciones sociales convertidas en relaciones virtuales, todo esto va debilitando la naturaleza psicológica de la persona, y la esperanza queda engullida ante un horizonte oscuro.

Son muchos los que cuestionan la disyuntiva entre salud y economía, desde médicos, sociólogos, empresario y otros pensadores. Plantear esta disyuntiva es imposible, porque no se puede separar esta doble realidad; la una no debería prevalecer sobre la otra. Muchos se preguntan si los gobernantes fundamentan sus decisiones en criterios científicos o políticos. La sociedad está cada vez más dividida, y la figura de los políticos cada vez más cuestionada, pues a menudo carecen de una conducta ética y son muchos los que piensan que se están aprovechando de la pandemia para sacar réditos partidistas. Lo cierto es que hay un desconcierto ante la gestión de la pandemia. La verdad es que esto me preocupa porque genera confusión a muchas personas.

Entre los medios de comunicación empiezan a surgir voces que cuestionan el discurso oficial y, sobre todo en las redes sociales, se da una batalla campal entre los crédulos y los conspiranoicos. Lo cierto es que, más allá de las posturas enfrentadas, desde un punto de vista científico, el Covid-19 sigue generando muchas dudas ante miles de preguntas que surgen sin encontrar respuesta convincente, por la falta de un debate serio sobre el tema.

Los medios de comunicación y los políticos van por un lado; los médicos están muy divididos y los virólogos, epidemiólogos e inmunólogos plantean serias dudas, no porque cuestionen la existencia del Sars-Cov-2, sino porque les inquieta la escasez de estudios científicos concluyentes y les preocupa que las decisiones adoptadas no sólo sean éticamente correctas, sino que estén fundamentadas en criterios realmente científicos.

Lo que es evidente es que, si por salvar la salud, muere la economía, la falta de esta acabará matando la salud. Es necesario un profundo discernimiento que vaya más allá del discurso repetitivo sobre el Covid-19 y, sobre todo, un análisis desde la serenidad. Nuestros gobernantes, quizás en algún momento por falta de lucidez, pueden errar. A veces hay que poner distancia ante los medios y las noticias, ser críticos y cuestionar ciertas medidas que imponen los gobiernos, y esto no es necesariamente “negar el bicho”. Tenemos derecho a opinar de manera respetuosa y a cuestionar ciertas decisiones. Si lo hacemos con otros temas y aspectos de la vida política que no nos gustan, ¿por qué en este tema nadie puede opinar diferente? Algunas personas me dicen que siempre hemos sido muy críticos con nuestros políticos, sobre todo ante los casos de corrupción y sus conductas poco éticas. Sin embargo, ahora, ante esta crisis, les estamos brindando una confianza ciega, que raya el sometimiento y el servilismo. ¿Por qué esta obediencia inusual a nuestra casta política? Porque esta vez han utilizado un arma poderosísima con el total apoyo de los medios de comunicación subvencionados: el miedo.

El miedo ante un virus desconocido y contagioso, el pánico colectivo, el temor a morir, ha sido el gran recurso sicológico que han empleado las autoridades de todo el mundo para someter, voluntariamente, a una gran parte de la población. A base de mensajes bien estudiados, eslóganes y consignas, pretenden quitarnos la capacidad de razonar, dudar o criticar. Con las medidas policiales y de control, están logrando sembrar la desconfianza y convertir a unos ciudadanos en vigilantes de otros. Con el aislamiento y la digitalización, se evitan los encuentros sociales, se enfrían las relaciones familiares y se apagan las iniciativas de grupo. No hay individuo más frágil que el que está solo y aislado. Y mientras la gente sufre, espera y obedece, hay quienes no están sufriendo los efectos de la pandemia, sino recogiendo enormes beneficios. La economía y la crisis sanitaria, para algunas grandes empresas y corporaciones, han ido de la mano. La pandemia, para otros, ha sido una gran excusa para afianzarse en el poder y recortar, cada vez más, las libertades de la gente.

Esperemos, sí, que esto termine. No sólo la crisis sanitaria, sino la crisis de miedo, de incertidumbre, de soledad y de aturdimiento colectivo que estamos viviendo. Y que la justicia, y la verdad, salgan finalmente a la luz. Porque la salud de todos también depende de esto.

domingo, noviembre 15, 2020

La mentira disfrazada

Los conceptos de verdad y mentira pertenecen a un discurso de valores éticos. Pero hoy, esta loable misión de la comunicación se está convirtiendo en información totalmente sesgada por la línea editorial del periódico o televisión. El periodismo de hoy ha llegado a su nivel más bajo en cuanto a la objetividad de los hechos. Es como si ya no importara la realidad, sólo la opinión subjetiva. Carente del menor grado de profesionalidad, llega a veces a negar la realidad, creando otra virtual en función de su ideología.

La degradación del periodismo

Estamos asistiendo a una decadencia de los medios de comunicación como transmisores de la verdad. Ya no importa la tendencia; todos se han vendido al poder. Se dice que los medios son el cuarto poder; pues bien, este ha sido usurpado por el poder político y económico en forma de subvenciones. Los medios han renunciado a su código deontológico y a la defensa de la verdad. Ya no sólo omiten la veracidad de los hechos, sino que, además, los manipulan para sacar rédito social. El periodismo riguroso y profesional se ha vendido por dinero, dejando de ser un contrapoder político. De las manipulaciones se ha pasado a las noticias falsas o sesgadas. Convertidos en mercenarios, muchos periodistas están matando la esencia de su profesión, que debe girar en torno al eje de la verdad.

Hoy, las grandes luchas no sólo se dan en la arena política, sino en el circo mediático. Sin piedad, saltando por encima de la verdad, se trata de destruir al adversario, atacándole incluso en cuestiones personales. El que piensa diferente es un enemigo a destruir. La élite mediática, prensa, radio o televisión, acaba siendo una herramienta del poder, a cambio de prebendas, prestigio y dinero. Si la calidad democrática se degrada en el ámbito político, también se está deteriorando en el mediático y en el judicial. Nos encontramos ante un grave problema, porque se ha renunciado a la verdad, motor y fundamento de la profesión periodística.

La renuncia a la verdad

Y cuando se renuncia a este valor, el periodismo se convierte en propaganda, una catarata de basura que ensucia y permea la opinión pública. La renuncia a la verdad implica manipulación, falsedad, desvirtuación de valores y guerra ideológica, en un intento por debilitar moralmente a la persona, impidiéndole analizar y razonar e inactivando su capacidad de crítica para poner en tela de juicio esos instintos escondidos que se derivan del poder.

Unos medios de comunicación independientes son la garantía de unos derechos inalienables de la persona; de aquí la importancia de que el ciudadano tampoco renuncie a su libre opinión y no se lo “trague todo”.

La adultez de la persona se culmina cuando no renuncia al uso legítimo de su libertad. Algunos medios emplean recursos muy sutiles para inocular mentiras con apariencia de verdad. Un lenguaje muy bien vertebrado y convincente, con tono seudo-ético, para que sea más fácil tragar la pastilla de la mentira. Utilizan palabras bellas, dichas en tono afable, pero tras ese envoltorio se oculta el veneno de la mentira endulzada.

Estamos ante una de las manipulaciones más atroces: utilizar técnicas de comunicación que producen una adhesión automática al contenido del mensaje. Los medios son expertos en manipulación del lenguaje. Si no se está atento y no se agudiza la capacidad receptora, fácilmente se cae. Esta técnica tiene tanto éxito que ha logrado que muchas personas, desprotegidas y con cierta dosis de ingenuidad y buenismo, crean su relato. Los creadores de fake news, enajenan a los receptores de la información. Sólo la capacidad de contrastar, pensar y ser crítico nos ayudará a descubrir el engaño que está anestesiando a tanta gente. Aprendamos a tener criterio propio, sin dejarnos influenciar por nada ni por nadie. La sociedad civil es responsable de cambiar la estructura política, mediática y social. Cuando la libertad, la unidad y la justicia se ven amenazadas, estamos poniendo en riesgo nuestros derechos fundamentales. Hoy, más que nunca, es necesario ser fieles a ese anhelo tan fundamental e inscrito en nuestro ADN: la búsqueda incesante de la verdad.

miércoles, abril 08, 2020

Los pobres también tienen rostro


Las secuelas económicas y sociales de la crisis sanitaria serán gigantescas. Miles de personas se encontrarán ante un futuro muy incierto. La gestión del gobierno sigue mostrando torpeza, y se vale de los medios de comunicación para tapar la magnitud de la crisis, manipulando las cifras y faltando a la transparencia. Pero por las redes sociales corren otras noticias. El goteo de empresas que están cerrando su actividad productiva es incesante, así como la petición de ERTEs, y el paro está subiendo exponencialmente, dejando en la cuneta a un ejército de trabajadores envueltos en la angustia ante lo que se avecina. Ciertas medidas que el gobierno está adoptando no hacen más que acrecentar las dudas, pero se prevé una caída gravísima en la economía del país. Todo es abrumador y estremecedor. La recuperación y la vuelta a la vida normal será lenta y llevará tiempo, porque todavía no se están tomando las decisiones más acertadas para resolver la crisis.

Pero, más allá de esta reflexión, me preocupa mucho que las autoridades se están olvidando del grupo más frágil de la sociedad: los pobres. Muchas organizaciones siguen en las trincheras apoyando a este colectivo: el pobre también tiene nombre y apellido. Tiene necesidades, tiene o ha tenido familia, quizás hijos y esposo o esposa. Y, por causas complejas, se ve abocado a vivir en muy malas condiciones, o en la calle. Se habla de los contagiados y de estadísticas sin rostro. Pero hay una gruesa bolsa de personas que viven en la más absoluta marginación, solas y sin recursos, sin afecto. Son invisibles, política y socialmente, y además de su drama personal muchas de ellas están enfermas y no son productivas.

Una sociedad que descarte al vulnerable también es una sociedad enferma. Es admirable la lucha de muchos sanitarios para salvar vidas: su gesta es impresionante, así como es de admirar el conjunto de la sociedad, que no para de demostrar su generosidad. Pero existe otra pandemia, tan grave como los virus: en medio de esta crisis no olvidemos a las víctimas que sufren el virus de la marginación, de la ignorancia, de la ausencia de nombre. Este virus también causa estragos en muchas familias y personas. La desidia es contaminación letal para los sin techo, que en un momento de crisis como el que estamos viviendo son los más olvidados.

El gobierno ha previsto un gran rescate para las empresas, especialmente las grandes, que son las primeras que han recibido la aprobación de sus ERTE. ¿Ha previsto un rescate para las organizaciones no gubernamentales que están haciendo frente al drama de la pobreza? ¿Ha previsto un rescate para los que no pueden aportar nada al estado, porque no lo tienen o porque viven una terrible carencia?

Un gobierno que no mira al indigente está practicando una forma de eugenesia social. Los pobres sobran, como los ancianos y los enfermos. Quizás sirvan para llenar los discursos de palabras bienintencionadas, pero no hay medidas previstas para ellos. Un gobierno que no haga todo lo posible, no sólo por salvar vidas, sino por defender y apoyar a los más frágiles, ha perdido sus valores. El respeto a la vida y a su dignidad, esté en la situación que esté la persona, es lo que ha de marcar la actividad política, sus líneas éticas y sus decisiones. Estamos siendo muy creativos y pacientes para frenar la crisis sanitaria, pero no dejemos de hacer lo mismo con el que sufre la crisis de la soledad, el abandono, la injusticia.

Ojalá también explote la solidaridad hacia estos colectivos vulnerables, que necesitan calor, acogida y apoyo. Los voluntarios de Cáritas y otras entidades están mostrando auténtica generosidad hacia los que están muertos socialmente. Con pocos recursos, hacen lo posible y lo imposible, incluso arriesgando su salud, para que los pobres no pierdan su dignidad en ese abismo social, para que no se olviden de que son personas, y su vida, aunque frágil y quebrada, sigue teniendo valor. La existencia tiene valor por sí misma y nada ni nadie, ni circunstancia alguna, puede depreciarla. La vida está más allá de las ideologías. Yo os pido desde este humilde blog que entre todos hagamos un poco más de esfuerzo. No sólo pensando y rezando por aquellos que se han ido, sin por aquellos que desde hace mucho tiempo están en el límite entre la vida y la muerte; aquellos que para vivir con una mínima calidad dependen de que alguien les dé comida y los mire con ternura. Porque no sólo tienen hambre de pan, sino de afecto. Y ahora, más que nunca, necesitan nuestra ayuda.

Hoy admiro la generosidad de un grupo de voluntarios de mi parroquia, repartiendo alimentos a las personas con necesidad que han venido. Es apremiante que ahora, más que nunca, reciban atención junto con esos lotes necesarios para su subsistencia. La organización y la dignidad con que están haciendo este servicio es un ejemplo de tantos otros que se suman a la hermosa iniciativa de estar cerca de los que nos necesitan en estos momentos cruciales.

Desde aquí, quiero dar las gracias a ellos y a otros que, en medio de esta crisis, asumen con responsabilidad los riesgos, aunque tomando todas las medidas de precaución posibles. Lo hacen por aquellos que no sólo mendigan el pan, sino una sonrisa, aunque sea a través de una mascarilla, a dos metros de distancia.

miércoles, septiembre 11, 2019

¿Esclavos del estado?


Suele decirse que «Hacienda somos todos», y que con el pago de nuestros impuestos se cubren los servicios públicos que el estado nos concede a todos. Es una manera de expresar la solidaridad de los contribuyentes para que el estado del bienestar funcione y proteja a los más desfavorecidos. En teoría es así, o debería.

Veamos algunas cifras. Si calculamos todo lo que el ciudadano medio paga en concepto de seguridad social, a lo largo de su vida, veremos que nuestras pensiones y nuestro médico no son un regalo del estado: tu jubilación te la pagas tú, igual que los servicios sanitarios. A veces, estos salen tan caros o más que una mutua privada, con colas y listas de espera incluidas.

Por otra parte, el estado necesita recaudar para asegurar el pago de las pensiones y los servicios sanitarios para todos, tanto si son contribuyentes como si no. Las cuentas salen si la gente, cuando se jubila, vive pocos años más y hay una renovación del mercado laboral con gente joven que cotice. Pero si la gente vive muchos años, si la población anciana aumenta como lo está haciendo, si hay mucho paro y menos contribuyentes, y además se gasta mucho más en médicos, que también ocurre, las cuentas no salen. La seguridad social entra en estado de quiebra y tendrá que buscar fondos de donde sea. ¿Cómo lo hará? ¿Reduciendo las pensiones? ¿Subiendo los impuestos? ¿Recortando los servicios sanitarios?

Una solapada esclavitud


Volvamos a calcular. En España, aproximadamente la mitad de nuestro trabajo va a parar a las arcas del estado. Es decir, de los doce meses, nos pasamos seis trabajando para el estado. Una presión fiscal del 50 % es elevada, y aún hay quienes dicen que debería subir. ¿Somos solidarios a la fuerza, o estamos pagando gastos excesivos?

Hay un punto en que la presión fiscal puede ser tanta que ahogue a los ciudadanos y les impida crecer. Es entonces cuando podemos hablar de una solapada esclavitud.

Hacienda es muy eficaz recaudando, pero nuestros gobernantes gestionan mal. Gastan en sobresueldos: las pensiones pueden congelarse, pero sus pagas aumentan desproporcionadamente. Gastan en cargos de confianza innecesarios. Gastan en colocar a sus «clientes» o asociados para obtener más votos. Gastan en marketing y auto-publicidad, para no hablar de gastos suntuarios y lujos que escandalizan a los ciudadanos. Están abusando de nuestro dinero.

El estado debe eliminar partidas de gastos superfluos y gastar más en las necesarias: educación y sanidad, sobre todo. El estado ya obtiene mucho dinero, y el discurso oficial es que la subida de impuestos es para darnos buenos servicios y protección a todos.

La clase media es la víctima de la mala gestión del estado. Los más ricos hacen inversiones y pueden evitar el pago de ciertos impuestos o pagar menos. Su fortuna les permite pagar y seguir prosperando. Los pobres no pagan. Los ciudadanos medios, que se esfuerzan por tirar adelante su familia y su negocio ―los autónomos―, son los que están aguantando el país con su trabajo y sacrificios. El estado democrático se sostiene en la clase media.

Moderno feudalismo


Un gobierno que ahoga a la clase media con una fiscalidad excesiva está favoreciendo a las élites privilegiadas ―en especial, a la clase política, que se enriquece sin ser productiva, a diferencia de los empresarios―. Está fomentando una especie de feudalismo moderno ―la partitocracia― y generando una masa de pobres que dependen del estado. Será una sociedad empobrecida, dependiente de los subsidios, no creativa, no emprendedora, no libre, no feliz.  

La masa pobre y sometida, dependiente del estado, se convierte en una sociedad atomizada y controlada. Es el germen de los gobiernos autoritarios. Vamos hacia la dictadura «sobre» el proletariado. Estos gobernantes necesitan mucha gente pobre que les vote para mantenerlos en el poder. «Vótame y yo te mantendré», esa es la promesa. Así es como los gobiernos populistas se nutren del clientelismo de los desposeídos.

El estado no debe ser un papá permisivo, pero sí debería ser como un buen padre: ha de facilitar que el ciudadano vuele y sea libre. Debe dar educación, recursos y libertad para que sea emprendedor y creativo, y aporte su talento para mejorar la sociedad. El estado no debe meterse en la vida privada del ciudadano: no debe dictarle qué hacer, qué pensar, qué decir y cómo comportarse en su intimidad. Un buen gobierno alienta el espíritu crítico y despierto, la pluralidad de pensamiento y la tolerancia hacia la diferencia. Un buen gobierno asume que los ciudadanos puedan, un día, no votar a esos mismos políticos que fomentaron su libertad. Esto es democracia. Necesitamos más democracia y menos «partitocracia».

domingo, septiembre 08, 2019

El poder disfrazado de servicio


Ya es sabido de los múltiples abusos de poder dentro de la Iglesia. Esta vez no me voy a referir a los abusos sexuales o a los excesos de la autoridad eclesial. Tampoco a los que se dan en el mundo civil, por parte de quienes ostentan un cargo importante, desde un representante de un país hasta un ministro. Me refiero a otros abusos que se dan en ámbitos más pequeños y cercanos. Nadie está exento del riesgo de resbalar por ese gelatinoso tobogán, seducido por el sabor adictivo del poder. Así lo hemos visto en la historia.

La adicción del poder


Pero hay otros poderes más sutiles que estos, tan evidentes y llamativos. No por darse en campos más reducidos son menores en intensidad: la ambición es la misma. En los ámbitos pastorales, en las asociaciones laicas e incluso en las ONG no son extrañas las peleas intestinas. Las pugnas de poder se pueden dar entre miembros de un mismo grupo que llevan años contribuyendo a la pastoral parroquial, a la buena marcha de una asociación, de un partido, o de una entidad cultural. Se pueden dar también en las familias y entre amigos. Desde la atalaya de nuestro orgullo, solemos criticar sin piedad los casos de corrupción entre los grandes, pero el veneno de la ambición puede inocularse también entre nosotros, produciendo el mismo efecto letal. La química del poder va deteriorando las vías olfativas del alma y nos convierte en adictos, ávidos por una dosis mayor. En la estructura mental, el poder tiene el mismo efecto que la cocaína. Cada vez ansiamos más y necesitamos rodearnos de vasallos que se dobleguen ante nosotros. Una vez se ha bebido esta droga, nadie se libra de la adicción.

Manipulación y rechazo


Las personas adictas al poder utilizan ciertas tácticas para conseguir sus fines. De entrada, su discurso parece amable y cordial. Su apariencia es servicial, incluso seductora, especialmente con aquellos que les caen bien, ya sea porque conectan en lo ideológico o religioso, o porque pueden obtener algún favor de ellos.

Pero en seguida se hace evidente que se escuchan mucho a sí mismas y poco a los demás. Suelen tener un discurso reiterativo. Cuando alguien les contradice, suben el tono de voz para imponerse. No toleran la disidencia o que alguien piense diferente. La discrepancia de opiniones las pone muy nerviosas e intentan manipular a los otros para que piensen del mismo modo. Si alguien no las sigue, emprenden una guerra psicológica para criticar al disidente, hablando mal de él cuando no está presente, ensuciando su dignidad y manchando su persona. Cuando está delante, a veces no controlan su aversión y el bloqueo es tan fuerte que hasta se percibe físicamente: sus rostros enrojecen, sus músculos se contraen, las venas del cuello se tensan y la mirada rezuma cólera; su postura no puede ocultar la violencia contenida. Es entonces cuando ese afán de poder, vestido de servicio, explota en su máxima expresión.

Ya sea un padre de familia, un líder religioso, un sacerdote, un presidente de una entidad o un político, este tipo de persona genera un cáncer que invade la estructura, grupo o familia. La metástasis se extiende, anestesiando la vida, y a veces es tan fuerte y cala tan adentro en el grupo, que desarma a los demás. Nadie se atreve a opinar diferente, el tirano los ha incapacitado para disentir y el grupo entra en una fase de muerte lenta e inexorable. A gran escala, es lo que sucede con los regímenes totalitarios. A pequeña escala, se da cuando surge una persona ávida de poder que no encuentra oposición de nadie y poco a poco va devorando la vitalidad del grupo.

Un antídoto, la libertad


El ejercicio de la libertad lleva a unas relaciones de amistad sincera. Donde hay libertad, la amistad con el diferente es posible.

Cuando uno deja de sentirse libre y de oponerse a lo que considera incorrecto, es cuando el poder se va extendiendo. Sólo personas libres y sin miedo pueden acorralar al poder y disolverlo. Cuando la obediencia puede más que la libertad es fácil someterse y aceptar los mismos pensamientos y opiniones. La norma es el cumplimiento y todos se encuentran con una exigencia dura que, sí o sí, tienen que acatar. La libertad abre la mente para que ese poder disfrazado con tono buenista deje de esclavizar el alma. Nunca hemos de dejar que nadie pise nuestra libertad, ni siquiera en aras a un supuesto bien.

No todo vale, ni se puede oprimir a nadie ni obligarlo, incluso a hacer algo bueno. Hay un bien superior, lo «más bueno que lo bueno», y esto tiene que ver siempre con el respeto a la dignidad del otro, aunque piense distinto. Todo lo que no se da en este marco de libertad es opresión, ideología, sumisión, reducción del otro. Las garras aparecen cuando alguien se encumbra a sí mismo. Del buenismo inicial pasa a la destrucción permanente del contrario. La libertad del otro le da pánico.

Ojalá, desde la sencillez y la humildad, sepamos ver al otro como alguien de quien tenemos que aprender, aunque sus ideas estén en las antípodas de las nuestras. Sólo así los encuentros serán un espacio de cielo y desterraremos las luchas de poder.