domingo, abril 18, 2021

El virus de las ideologías


En este contexto de pandemia, no se deja de hablar de un virus, el Sars-Cov-2. Este patógeno ha suscitado mucha preocupación y sobre él se han publicado numerosos estudios e investigaciones. Los medios de comunicación no dejan de comentar su letalidad, despertando una profunda inquietud en la población.

En esta reflexión quiero describir y alertar sobre otro virus de carácter más intelectual, pero no menos real, que afecta a la salud de la sociedad. Inoculado desde las instancias políticas, está polarizando a la ciudadanía y fracturando la convivencia. Me refiero al virus de las ideologías. La primera víctima de este virus es la persona, su identidad y su libertad.

Se puede considerar ideología aquella estructura de pensamiento que sostiene una determinada visión del mundo y, considerándose la más correcta o la única verdadera, quiere imponerse a las demás por la fuerza, buscando adeptos que se sumen a ella, sin tener en cuenta consideraciones morales y éticas.

Cuando las ideas están por encima

Desde un punto de vista filosófico, toda ideología tiende a dar más valor a las ideas y a las estructuras que a la persona como tal. La individualidad se relativiza y el grupo o colectivo está por encima de la persona. La ideología va directamente a atacar la esencia del individuo si piensa diferente y no acata la narrativa del grupo. Quedará al margen, y su derecho a la libertad de opinión y expresión será pisoteado. Este derecho fundamental, defendido por nuestra constitución, se ve amenazado cuando una ideología quiere imponerse a otras sin respetar la peculiar forma de sentir y pensar de cada cual.

En las arenas políticas se da una lucha sin cuartel por la hegemonía, usando una dialéctica agresiva de un partido contra otro. Como vemos, la actividad parlamentaria de nuestros políticos está marcada por la violencia verbal y, a menudo, por la defensa de un pensamiento único. Hay quienes hablan de terrorismo ideológico. Los parlamentos se están utilizando como campo de batalla donde se promociona esta forma de violencia política.

El circo político

Todos los partidos, especialmente el que gobierna, que tiene la posibilidad de usar todos los medios: económicos, legales y propagandísticos, se valen de un lenguaje populista, para inocular a la gente su modo de concebir la vida y la sociedad. Los discursos falaces y teñidos de ideología buscan la manera de mantener a un grupo en el poder. Un gobierno fuertemente ideologizado puede llevar al país a la división y, a largo plazo, a la desintegración social. Si este gobierno ejerce un poder autoritario, hará lo que sea para hacer encajar la realidad en sus esquemas, sin referencia moral alguna, y proyectar su cosmovisión a través de políticas transversales que abarquen todos los ámbitos de la vida: educación, cultura, economía, territorialidad. El uso del lenguaje es un arma decisiva para imponer ideas, modificándolo e incluso forzando su estructura gramatical y filológica. Todo ello con el fin de llevar a cabo una auténtica ingeniería social y cambiar la mentalidad de los ciudadanos, sometiéndolos a la nueva religión del estado. Los que detentan el poder quieren fieles vasallos, sometidos y cumplidores de sus mandamientos.

Está en la naturaleza de las ideologías seducir, primero, con un lenguaje buenista y apelando a los sentimientos humanos más básicos. En segundo lugar, cada ideología apela a su superioridad moral frente a las otras, a las que tacha de erróneas, malvadas o falsas. Está por encima de cualquier otro postulado que pueda cuestionar su discurso. Poco a poco, a medida que la nueva «religión» gana terreno, irá introduciéndose en las conciencias para ir permeándolo todo: familia, lengua, relaciones, cultura, hasta modelar a una buena parte de la sociedad.

Un derecho fundamental

Lo cierto es que cualquier ideología, venga de donde venga, ataca lo nuclear de la persona: su libertad y su derecho a pensar, expresarse y vivir según sus valores. Cuando esto ocurre, la instancia política está pasando por encima de los derechos naturales, civiles y personales. Ninguna ideología debería coartar el legítimo derecho a pensar y hacer como cada cual quiere, dentro de unos límites éticos para no pisar los derechos de los demás. Todo lo que no respete la dignidad y el don sagrado de la libertad es un atentado a la persona.

Como bien sabemos, en el mundo ha habido y hay regímenes totalitarios que, en aras a sus ideas, someten a una nación entera. Esto es terrorismo de estado. Es el último paso en la carrera de las ideologías, y a donde pueden desembocar todas si no respetan ciertos límites.

El ciudadano, primero

Alerta con las ideologías del color que sean. Los gobiernos están al servicio de la ciudadanía, y no al revés. El estado es para el ciudadano, y no el ciudadano para el estado. La fuerte carga ideológica hace que muchas veces los gobiernos se alejen de la realidad, cayendo en una tiranía que no busca el bien común, sino el suyo propio, y perpetuarse en el poder. Son muchos los que conciben la política como una carrera hacia el sillón, y harán todo lo posible para mantenerse en él, luchando sin piedad con todo tipo de herramientas, desde la propaganda hasta la intriga para quitar de en medio a quien les molesta y arrebatarles el puesto. Los adversarios se conciben como acérrimos enemigos en la conquista del poder. Las ideologías son el veneno inoculado como arma.

La sede de la soberanía del pueblo se convierte en escenario de estos enfrentamientos. Lo peor es que lo utilizan pensando, quizás, que nos están representando. En realidad, están utilizando nuestros votos para conseguir sus objetivos. Cada miércoles los ciudadanos españoles vemos cómo un teatro de mal gusto pone en escena a sus actores. Qué lejos están de ese servicio que prometen, cuando juran sus actas de diputados. Es una falsedad palmaria; en el momento en que ocupan su cargo, están iniciando su divorcio con la sociedad.

domingo, enero 17, 2021

¿Un futuro incierto?


Tras muchas conversaciones con personas conocidas, he podido palpar en sus ojos un miedo latente, contenido, a punto de estallar. Pues la situación de la pandemia se recrudece, las expectativas auguran una etapa larga de sufrimiento y un panorama complejo que va a poner en jaque mate la propia estructura social de nuestro país.

Con una economía debilitada, un paro atroz que va en aumento y unas medidas sanitarias frente al Covid-19 que no son eficaces, y unas relaciones sociales convertidas en relaciones virtuales, todo esto va debilitando la naturaleza psicológica de la persona, y la esperanza queda engullida ante un horizonte oscuro.

Son muchos los que cuestionan la disyuntiva entre salud y economía, desde médicos, sociólogos, empresario y otros pensadores. Plantear esta disyuntiva es imposible, porque no se puede separar esta doble realidad; la una no debería prevalecer sobre la otra. Muchos se preguntan si los gobernantes fundamentan sus decisiones en criterios científicos o políticos. La sociedad está cada vez más dividida, y la figura de los políticos cada vez más cuestionada, pues a menudo carecen de una conducta ética y son muchos los que piensan que se están aprovechando de la pandemia para sacar réditos partidistas. Lo cierto es que hay un desconcierto ante la gestión de la pandemia. La verdad es que esto me preocupa porque genera confusión a muchas personas.

Entre los medios de comunicación empiezan a surgir voces que cuestionan el discurso oficial y, sobre todo en las redes sociales, se da una batalla campal entre los crédulos y los conspiranoicos. Lo cierto es que, más allá de las posturas enfrentadas, desde un punto de vista científico, el Covid-19 sigue generando muchas dudas ante miles de preguntas que surgen sin encontrar respuesta convincente, por la falta de un debate serio sobre el tema.

Los medios de comunicación y los políticos van por un lado; los médicos están muy divididos y los virólogos, epidemiólogos e inmunólogos plantean serias dudas, no porque cuestionen la existencia del Sars-Cov-2, sino porque les inquieta la escasez de estudios científicos concluyentes y les preocupa que las decisiones adoptadas no sólo sean éticamente correctas, sino que estén fundamentadas en criterios realmente científicos.

Lo que es evidente es que, si por salvar la salud, muere la economía, la falta de esta acabará matando la salud. Es necesario un profundo discernimiento que vaya más allá del discurso repetitivo sobre el Covid-19 y, sobre todo, un análisis desde la serenidad. Nuestros gobernantes, quizás en algún momento por falta de lucidez, pueden errar. A veces hay que poner distancia ante los medios y las noticias, ser críticos y cuestionar ciertas medidas que imponen los gobiernos, y esto no es necesariamente “negar el bicho”. Tenemos derecho a opinar de manera respetuosa y a cuestionar ciertas decisiones. Si lo hacemos con otros temas y aspectos de la vida política que no nos gustan, ¿por qué en este tema nadie puede opinar diferente? Algunas personas me dicen que siempre hemos sido muy críticos con nuestros políticos, sobre todo ante los casos de corrupción y sus conductas poco éticas. Sin embargo, ahora, ante esta crisis, les estamos brindando una confianza ciega, que raya el sometimiento y el servilismo. ¿Por qué esta obediencia inusual a nuestra casta política? Porque esta vez han utilizado un arma poderosísima con el total apoyo de los medios de comunicación subvencionados: el miedo.

El miedo ante un virus desconocido y contagioso, el pánico colectivo, el temor a morir, ha sido el gran recurso sicológico que han empleado las autoridades de todo el mundo para someter, voluntariamente, a una gran parte de la población. A base de mensajes bien estudiados, eslóganes y consignas, pretenden quitarnos la capacidad de razonar, dudar o criticar. Con las medidas policiales y de control, están logrando sembrar la desconfianza y convertir a unos ciudadanos en vigilantes de otros. Con el aislamiento y la digitalización, se evitan los encuentros sociales, se enfrían las relaciones familiares y se apagan las iniciativas de grupo. No hay individuo más frágil que el que está solo y aislado. Y mientras la gente sufre, espera y obedece, hay quienes no están sufriendo los efectos de la pandemia, sino recogiendo enormes beneficios. La economía y la crisis sanitaria, para algunas grandes empresas y corporaciones, han ido de la mano. La pandemia, para otros, ha sido una gran excusa para afianzarse en el poder y recortar, cada vez más, las libertades de la gente.

Esperemos, sí, que esto termine. No sólo la crisis sanitaria, sino la crisis de miedo, de incertidumbre, de soledad y de aturdimiento colectivo que estamos viviendo. Y que la justicia, y la verdad, salgan finalmente a la luz. Porque la salud de todos también depende de esto.

domingo, noviembre 15, 2020

La mentira disfrazada

Los conceptos de verdad y mentira pertenecen a un discurso de valores éticos. Pero hoy, esta loable misión de la comunicación se está convirtiendo en información totalmente sesgada por la línea editorial del periódico o televisión. El periodismo de hoy ha llegado a su nivel más bajo en cuanto a la objetividad de los hechos. Es como si ya no importara la realidad, sólo la opinión subjetiva. Carente del menor grado de profesionalidad, llega a veces a negar la realidad, creando otra virtual en función de su ideología.

La degradación del periodismo

Estamos asistiendo a una decadencia de los medios de comunicación como transmisores de la verdad. Ya no importa la tendencia; todos se han vendido al poder. Se dice que los medios son el cuarto poder; pues bien, este ha sido usurpado por el poder político y económico en forma de subvenciones. Los medios han renunciado a su código deontológico y a la defensa de la verdad. Ya no sólo omiten la veracidad de los hechos, sino que, además, los manipulan para sacar rédito social. El periodismo riguroso y profesional se ha vendido por dinero, dejando de ser un contrapoder político. De las manipulaciones se ha pasado a las noticias falsas o sesgadas. Convertidos en mercenarios, muchos periodistas están matando la esencia de su profesión, que debe girar en torno al eje de la verdad.

Hoy, las grandes luchas no sólo se dan en la arena política, sino en el circo mediático. Sin piedad, saltando por encima de la verdad, se trata de destruir al adversario, atacándole incluso en cuestiones personales. El que piensa diferente es un enemigo a destruir. La élite mediática, prensa, radio o televisión, acaba siendo una herramienta del poder, a cambio de prebendas, prestigio y dinero. Si la calidad democrática se degrada en el ámbito político, también se está deteriorando en el mediático y en el judicial. Nos encontramos ante un grave problema, porque se ha renunciado a la verdad, motor y fundamento de la profesión periodística.

La renuncia a la verdad

Y cuando se renuncia a este valor, el periodismo se convierte en propaganda, una catarata de basura que ensucia y permea la opinión pública. La renuncia a la verdad implica manipulación, falsedad, desvirtuación de valores y guerra ideológica, en un intento por debilitar moralmente a la persona, impidiéndole analizar y razonar e inactivando su capacidad de crítica para poner en tela de juicio esos instintos escondidos que se derivan del poder.

Unos medios de comunicación independientes son la garantía de unos derechos inalienables de la persona; de aquí la importancia de que el ciudadano tampoco renuncie a su libre opinión y no se lo “trague todo”.

La adultez de la persona se culmina cuando no renuncia al uso legítimo de su libertad. Algunos medios emplean recursos muy sutiles para inocular mentiras con apariencia de verdad. Un lenguaje muy bien vertebrado y convincente, con tono seudo-ético, para que sea más fácil tragar la pastilla de la mentira. Utilizan palabras bellas, dichas en tono afable, pero tras ese envoltorio se oculta el veneno de la mentira endulzada.

Estamos ante una de las manipulaciones más atroces: utilizar técnicas de comunicación que producen una adhesión automática al contenido del mensaje. Los medios son expertos en manipulación del lenguaje. Si no se está atento y no se agudiza la capacidad receptora, fácilmente se cae. Esta técnica tiene tanto éxito que ha logrado que muchas personas, desprotegidas y con cierta dosis de ingenuidad y buenismo, crean su relato. Los creadores de fake news, enajenan a los receptores de la información. Sólo la capacidad de contrastar, pensar y ser crítico nos ayudará a descubrir el engaño que está anestesiando a tanta gente. Aprendamos a tener criterio propio, sin dejarnos influenciar por nada ni por nadie. La sociedad civil es responsable de cambiar la estructura política, mediática y social. Cuando la libertad, la unidad y la justicia se ven amenazadas, estamos poniendo en riesgo nuestros derechos fundamentales. Hoy, más que nunca, es necesario ser fieles a ese anhelo tan fundamental e inscrito en nuestro ADN: la búsqueda incesante de la verdad.

miércoles, abril 08, 2020

Los pobres también tienen rostro


Las secuelas económicas y sociales de la crisis sanitaria serán gigantescas. Miles de personas se encontrarán ante un futuro muy incierto. La gestión del gobierno sigue mostrando torpeza, y se vale de los medios de comunicación para tapar la magnitud de la crisis, manipulando las cifras y faltando a la transparencia. Pero por las redes sociales corren otras noticias. El goteo de empresas que están cerrando su actividad productiva es incesante, así como la petición de ERTEs, y el paro está subiendo exponencialmente, dejando en la cuneta a un ejército de trabajadores envueltos en la angustia ante lo que se avecina. Ciertas medidas que el gobierno está adoptando no hacen más que acrecentar las dudas, pero se prevé una caída gravísima en la economía del país. Todo es abrumador y estremecedor. La recuperación y la vuelta a la vida normal será lenta y llevará tiempo, porque todavía no se están tomando las decisiones más acertadas para resolver la crisis.

Pero, más allá de esta reflexión, me preocupa mucho que las autoridades se están olvidando del grupo más frágil de la sociedad: los pobres. Muchas organizaciones siguen en las trincheras apoyando a este colectivo: el pobre también tiene nombre y apellido. Tiene necesidades, tiene o ha tenido familia, quizás hijos y esposo o esposa. Y, por causas complejas, se ve abocado a vivir en muy malas condiciones, o en la calle. Se habla de los contagiados y de estadísticas sin rostro. Pero hay una gruesa bolsa de personas que viven en la más absoluta marginación, solas y sin recursos, sin afecto. Son invisibles, política y socialmente, y además de su drama personal muchas de ellas están enfermas y no son productivas.

Una sociedad que descarte al vulnerable también es una sociedad enferma. Es admirable la lucha de muchos sanitarios para salvar vidas: su gesta es impresionante, así como es de admirar el conjunto de la sociedad, que no para de demostrar su generosidad. Pero existe otra pandemia, tan grave como los virus: en medio de esta crisis no olvidemos a las víctimas que sufren el virus de la marginación, de la ignorancia, de la ausencia de nombre. Este virus también causa estragos en muchas familias y personas. La desidia es contaminación letal para los sin techo, que en un momento de crisis como el que estamos viviendo son los más olvidados.

El gobierno ha previsto un gran rescate para las empresas, especialmente las grandes, que son las primeras que han recibido la aprobación de sus ERTE. ¿Ha previsto un rescate para las organizaciones no gubernamentales que están haciendo frente al drama de la pobreza? ¿Ha previsto un rescate para los que no pueden aportar nada al estado, porque no lo tienen o porque viven una terrible carencia?

Un gobierno que no mira al indigente está practicando una forma de eugenesia social. Los pobres sobran, como los ancianos y los enfermos. Quizás sirvan para llenar los discursos de palabras bienintencionadas, pero no hay medidas previstas para ellos. Un gobierno que no haga todo lo posible, no sólo por salvar vidas, sino por defender y apoyar a los más frágiles, ha perdido sus valores. El respeto a la vida y a su dignidad, esté en la situación que esté la persona, es lo que ha de marcar la actividad política, sus líneas éticas y sus decisiones. Estamos siendo muy creativos y pacientes para frenar la crisis sanitaria, pero no dejemos de hacer lo mismo con el que sufre la crisis de la soledad, el abandono, la injusticia.

Ojalá también explote la solidaridad hacia estos colectivos vulnerables, que necesitan calor, acogida y apoyo. Los voluntarios de Cáritas y otras entidades están mostrando auténtica generosidad hacia los que están muertos socialmente. Con pocos recursos, hacen lo posible y lo imposible, incluso arriesgando su salud, para que los pobres no pierdan su dignidad en ese abismo social, para que no se olviden de que son personas, y su vida, aunque frágil y quebrada, sigue teniendo valor. La existencia tiene valor por sí misma y nada ni nadie, ni circunstancia alguna, puede depreciarla. La vida está más allá de las ideologías. Yo os pido desde este humilde blog que entre todos hagamos un poco más de esfuerzo. No sólo pensando y rezando por aquellos que se han ido, sin por aquellos que desde hace mucho tiempo están en el límite entre la vida y la muerte; aquellos que para vivir con una mínima calidad dependen de que alguien les dé comida y los mire con ternura. Porque no sólo tienen hambre de pan, sino de afecto. Y ahora, más que nunca, necesitan nuestra ayuda.

Hoy admiro la generosidad de un grupo de voluntarios de mi parroquia, repartiendo alimentos a las personas con necesidad que han venido. Es apremiante que ahora, más que nunca, reciban atención junto con esos lotes necesarios para su subsistencia. La organización y la dignidad con que están haciendo este servicio es un ejemplo de tantos otros que se suman a la hermosa iniciativa de estar cerca de los que nos necesitan en estos momentos cruciales.

Desde aquí, quiero dar las gracias a ellos y a otros que, en medio de esta crisis, asumen con responsabilidad los riesgos, aunque tomando todas las medidas de precaución posibles. Lo hacen por aquellos que no sólo mendigan el pan, sino una sonrisa, aunque sea a través de una mascarilla, a dos metros de distancia.

miércoles, septiembre 11, 2019

¿Esclavos del estado?


Suele decirse que «Hacienda somos todos», y que con el pago de nuestros impuestos se cubren los servicios públicos que el estado nos concede a todos. Es una manera de expresar la solidaridad de los contribuyentes para que el estado del bienestar funcione y proteja a los más desfavorecidos. En teoría es así, o debería.

Veamos algunas cifras. Si calculamos todo lo que el ciudadano medio paga en concepto de seguridad social, a lo largo de su vida, veremos que nuestras pensiones y nuestro médico no son un regalo del estado: tu jubilación te la pagas tú, igual que los servicios sanitarios. A veces, estos salen tan caros o más que una mutua privada, con colas y listas de espera incluidas.

Por otra parte, el estado necesita recaudar para asegurar el pago de las pensiones y los servicios sanitarios para todos, tanto si son contribuyentes como si no. Las cuentas salen si la gente, cuando se jubila, vive pocos años más y hay una renovación del mercado laboral con gente joven que cotice. Pero si la gente vive muchos años, si la población anciana aumenta como lo está haciendo, si hay mucho paro y menos contribuyentes, y además se gasta mucho más en médicos, que también ocurre, las cuentas no salen. La seguridad social entra en estado de quiebra y tendrá que buscar fondos de donde sea. ¿Cómo lo hará? ¿Reduciendo las pensiones? ¿Subiendo los impuestos? ¿Recortando los servicios sanitarios?

Una solapada esclavitud


Volvamos a calcular. En España, aproximadamente la mitad de nuestro trabajo va a parar a las arcas del estado. Es decir, de los doce meses, nos pasamos seis trabajando para el estado. Una presión fiscal del 50 % es elevada, y aún hay quienes dicen que debería subir. ¿Somos solidarios a la fuerza, o estamos pagando gastos excesivos?

Hay un punto en que la presión fiscal puede ser tanta que ahogue a los ciudadanos y les impida crecer. Es entonces cuando podemos hablar de una solapada esclavitud.

Hacienda es muy eficaz recaudando, pero nuestros gobernantes gestionan mal. Gastan en sobresueldos: las pensiones pueden congelarse, pero sus pagas aumentan desproporcionadamente. Gastan en cargos de confianza innecesarios. Gastan en colocar a sus «clientes» o asociados para obtener más votos. Gastan en marketing y auto-publicidad, para no hablar de gastos suntuarios y lujos que escandalizan a los ciudadanos. Están abusando de nuestro dinero.

El estado debe eliminar partidas de gastos superfluos y gastar más en las necesarias: educación y sanidad, sobre todo. El estado ya obtiene mucho dinero, y el discurso oficial es que la subida de impuestos es para darnos buenos servicios y protección a todos.

La clase media es la víctima de la mala gestión del estado. Los más ricos hacen inversiones y pueden evitar el pago de ciertos impuestos o pagar menos. Su fortuna les permite pagar y seguir prosperando. Los pobres no pagan. Los ciudadanos medios, que se esfuerzan por tirar adelante su familia y su negocio ―los autónomos―, son los que están aguantando el país con su trabajo y sacrificios. El estado democrático se sostiene en la clase media.

Moderno feudalismo


Un gobierno que ahoga a la clase media con una fiscalidad excesiva está favoreciendo a las élites privilegiadas ―en especial, a la clase política, que se enriquece sin ser productiva, a diferencia de los empresarios―. Está fomentando una especie de feudalismo moderno ―la partitocracia― y generando una masa de pobres que dependen del estado. Será una sociedad empobrecida, dependiente de los subsidios, no creativa, no emprendedora, no libre, no feliz.  

La masa pobre y sometida, dependiente del estado, se convierte en una sociedad atomizada y controlada. Es el germen de los gobiernos autoritarios. Vamos hacia la dictadura «sobre» el proletariado. Estos gobernantes necesitan mucha gente pobre que les vote para mantenerlos en el poder. «Vótame y yo te mantendré», esa es la promesa. Así es como los gobiernos populistas se nutren del clientelismo de los desposeídos.

El estado no debe ser un papá permisivo, pero sí debería ser como un buen padre: ha de facilitar que el ciudadano vuele y sea libre. Debe dar educación, recursos y libertad para que sea emprendedor y creativo, y aporte su talento para mejorar la sociedad. El estado no debe meterse en la vida privada del ciudadano: no debe dictarle qué hacer, qué pensar, qué decir y cómo comportarse en su intimidad. Un buen gobierno alienta el espíritu crítico y despierto, la pluralidad de pensamiento y la tolerancia hacia la diferencia. Un buen gobierno asume que los ciudadanos puedan, un día, no votar a esos mismos políticos que fomentaron su libertad. Esto es democracia. Necesitamos más democracia y menos «partitocracia».

domingo, septiembre 08, 2019

El poder disfrazado de servicio


Ya es sabido de los múltiples abusos de poder dentro de la Iglesia. Esta vez no me voy a referir a los abusos sexuales o a los excesos de la autoridad eclesial. Tampoco a los que se dan en el mundo civil, por parte de quienes ostentan un cargo importante, desde un representante de un país hasta un ministro. Me refiero a otros abusos que se dan en ámbitos más pequeños y cercanos. Nadie está exento del riesgo de resbalar por ese gelatinoso tobogán, seducido por el sabor adictivo del poder. Así lo hemos visto en la historia.

La adicción del poder


Pero hay otros poderes más sutiles que estos, tan evidentes y llamativos. No por darse en campos más reducidos son menores en intensidad: la ambición es la misma. En los ámbitos pastorales, en las asociaciones laicas e incluso en las ONG no son extrañas las peleas intestinas. Las pugnas de poder se pueden dar entre miembros de un mismo grupo que llevan años contribuyendo a la pastoral parroquial, a la buena marcha de una asociación, de un partido, o de una entidad cultural. Se pueden dar también en las familias y entre amigos. Desde la atalaya de nuestro orgullo, solemos criticar sin piedad los casos de corrupción entre los grandes, pero el veneno de la ambición puede inocularse también entre nosotros, produciendo el mismo efecto letal. La química del poder va deteriorando las vías olfativas del alma y nos convierte en adictos, ávidos por una dosis mayor. En la estructura mental, el poder tiene el mismo efecto que la cocaína. Cada vez ansiamos más y necesitamos rodearnos de vasallos que se dobleguen ante nosotros. Una vez se ha bebido esta droga, nadie se libra de la adicción.

Manipulación y rechazo


Las personas adictas al poder utilizan ciertas tácticas para conseguir sus fines. De entrada, su discurso parece amable y cordial. Su apariencia es servicial, incluso seductora, especialmente con aquellos que les caen bien, ya sea porque conectan en lo ideológico o religioso, o porque pueden obtener algún favor de ellos.

Pero en seguida se hace evidente que se escuchan mucho a sí mismas y poco a los demás. Suelen tener un discurso reiterativo. Cuando alguien les contradice, suben el tono de voz para imponerse. No toleran la disidencia o que alguien piense diferente. La discrepancia de opiniones las pone muy nerviosas e intentan manipular a los otros para que piensen del mismo modo. Si alguien no las sigue, emprenden una guerra psicológica para criticar al disidente, hablando mal de él cuando no está presente, ensuciando su dignidad y manchando su persona. Cuando está delante, a veces no controlan su aversión y el bloqueo es tan fuerte que hasta se percibe físicamente: sus rostros enrojecen, sus músculos se contraen, las venas del cuello se tensan y la mirada rezuma cólera; su postura no puede ocultar la violencia contenida. Es entonces cuando ese afán de poder, vestido de servicio, explota en su máxima expresión.

Ya sea un padre de familia, un líder religioso, un sacerdote, un presidente de una entidad o un político, este tipo de persona genera un cáncer que invade la estructura, grupo o familia. La metástasis se extiende, anestesiando la vida, y a veces es tan fuerte y cala tan adentro en el grupo, que desarma a los demás. Nadie se atreve a opinar diferente, el tirano los ha incapacitado para disentir y el grupo entra en una fase de muerte lenta e inexorable. A gran escala, es lo que sucede con los regímenes totalitarios. A pequeña escala, se da cuando surge una persona ávida de poder que no encuentra oposición de nadie y poco a poco va devorando la vitalidad del grupo.

Un antídoto, la libertad


El ejercicio de la libertad lleva a unas relaciones de amistad sincera. Donde hay libertad, la amistad con el diferente es posible.

Cuando uno deja de sentirse libre y de oponerse a lo que considera incorrecto, es cuando el poder se va extendiendo. Sólo personas libres y sin miedo pueden acorralar al poder y disolverlo. Cuando la obediencia puede más que la libertad es fácil someterse y aceptar los mismos pensamientos y opiniones. La norma es el cumplimiento y todos se encuentran con una exigencia dura que, sí o sí, tienen que acatar. La libertad abre la mente para que ese poder disfrazado con tono buenista deje de esclavizar el alma. Nunca hemos de dejar que nadie pise nuestra libertad, ni siquiera en aras a un supuesto bien.

No todo vale, ni se puede oprimir a nadie ni obligarlo, incluso a hacer algo bueno. Hay un bien superior, lo «más bueno que lo bueno», y esto tiene que ver siempre con el respeto a la dignidad del otro, aunque piense distinto. Todo lo que no se da en este marco de libertad es opresión, ideología, sumisión, reducción del otro. Las garras aparecen cuando alguien se encumbra a sí mismo. Del buenismo inicial pasa a la destrucción permanente del contrario. La libertad del otro le da pánico.

Ojalá, desde la sencillez y la humildad, sepamos ver al otro como alguien de quien tenemos que aprender, aunque sus ideas estén en las antípodas de las nuestras. Sólo así los encuentros serán un espacio de cielo y desterraremos las luchas de poder.

domingo, marzo 17, 2019

Voto en blanco


El otro día, hablando con una persona amiga sobre política, sociedad y otros temas, me reveló que siempre vota en blanco, y me explicó sus razones. Me parecieron muy serias y coherentes, tanto que las comparto con vosotros. Podemos no estar de acuerdo en todo, pero son puntos interesantes.

Voto porque creo en la democracia y quiero ejercer mi derecho. Voto porque creo en la responsabilidad de los ciudadanos. Voto porque quiero creer en la política como servicio. Voto porque me siento responsable ante mis convecinos y la sociedad en la que vivo.

Pero voto en blanco.

Voto en blanco porque ningún partido que conozco responde a mis valores, intereses y expectativas.

Voto en blanco porque los partidos han convertido el servicio al país en servicio a sus propios intereses y bolsillos.

Voto en blanco porque la política partidista está partiendo la sociedad, generando odio y división, mientras que los ciudadanos todavía queremos creer en la diversidad y en la tolerancia.

Voto en blanco porque aún no he oído a ningún candidato que se limite a defender su programa, en vez de atacar a su adversario y convertir este ataque en parte de su campaña.

Voto en blanco porque los partidos se han convertido en un sistema feudal que, lejos de servir a la ciudadanía, se está enriqueciendo con el esfuerzo y el dinero que aportamos todos.

Voto en blanco porque aún no sé de ningún partido que priorice a la persona por encima del interés del grupo —su grupo— y su permanencia en el poder.

Voto en blanco porque los partidos son dogmáticos con sus ideas y dan la espalda a la realidad.

Voto en blanco porque los partidos defienden ideologías teóricas y sesgadas, pero no atienden a los problemas reales de los ciudadanos.

Voto en blanco porque quiero votar, ¡creo en la democracia!, pero no veo a ningún partido con la nobleza suficiente, la transparencia y la falta de corrupción necesarias para poder gobernar un país o una ciudad.

Votaré a un partido cuando…

Sus candidatos defiendan sus programas y no utilicen el ataque del adversario como bandera de su campaña.

Sus candidatos demuestren experiencia trabajando, gestionando empresas, ocupando cargos de responsabilidad o viviendo de su propio trabajo, y no de la política.

Sus candidatos piensen en el bien de toda la sociedad, y no sólo de sus partidarios, “clientes” o afiliados.

Sus candidatos no confundan la lealtad al estado con la adhesión a su partido.

Su programa defienda a la persona por delante de las ideas.

Su programa priorice a las personas más vulnerables: niños, ancianos, enfermos, mujeres solas, personas con discapacidad, personas maltratadas, pobres, inmigrantes, sin techo y sin papeles, y también los no nacidos; y lo haga no con demagogia, sino con medidas eficientes.

Proponga y aplique medidas que fomenten la libertad y el emprendimiento: un partido que esté con los autónomos, de verdad y no sólo de palabra, y con los artistas, inventores y creativos.

Haga una propuesta de fiscalidad justa y no asfixiante con la ciudadanía.

No utilice las leyes para imponer su cosmovisión e ideología —pensamiento único—.
Respete profundamente todas las opciones filosóficas, religiosas, educativas y morales, sin excepción y sin censurar a los que no piensan como ellos.

Respete la libertad de conciencia y la privacidad de toda persona.

domingo, marzo 03, 2019

El voluntariado, una opción enriquecedora



Dedicado al equipo de voluntarios de Cáritas y del comedor social de la parroquia de San Félix.

Abrir nuestras metas personales


Vivimos en una sociedad que prioriza la autorrealización, el materialismo y la rentabilidad; una sociedad que pone en el centro de la vida la productividad, el mercantilismo y el tener, la ambición por acumular dinero, prestigio, títulos, reconocimiento… Según esta concepción del ser humano, si no tienes algo no eres nadie. Si no haces algo importante o notorio, no existes. Lo esencial, que es el ser, empieza a enfermar cuando todo gira en torno al yo mismo. El vacío de valor está delatando una ruptura interna del ser humano y un profundo desequilibrio social. Cuando dejamos a un lado los valores esenciales, como el respeto a la dignidad humana, la generosidad, la solidaridad, el compromiso hacia los más débiles, la gratitud, la amistad… estamos rompiendo algo fundamental para el crecimiento de la persona.

No estamos en este mundo sólo para plantearnos nuestro bienestar personal y material, es decir, el tener y el trabajar. Rendimos un excesivo culto a los bienes materiales y todos los objetivos que nos proponemos, finalmente, se encaminan a tener más, en detrimento del ser.

Y así se dan enormes desequilibrios sociales, culturales, emocionales y psicológicos. Cuando los retos se limitan a la mejora de uno mismo, nos empequeñecemos como personas. Pero cuando en nuestras metas están los demás, su bien, construir lazos; es decir, cuando sociabilizamos nuestras metas para aportar algo nuevo a la sociedad, es cuando verdaderamente crecemos, humana y espiritualmente.

El yo se despliega más allá de sí mismo y descubre nuevos horizontes que le ensancharán el corazón y aumentarán sus capacidades frente a las crisis y la confusión ideológica y moral que le rodea.

El voluntariado, respuesta eficaz


Los políticos cobran, y es la ciudadanía quien les paga. Y, sin embargo, no sólo no reducen los problemas, sino que a veces los aumentan. La ambigüedad de los partidos y sus discusiones interminables se suman a los discursos demagógicos y falsos. Supuestamente, ellos se ocupan de atender los problemas de los ciudadanos y creen que promulgando nuevas leyes, que teóricamente favorecen a las personas vulnerables, ya están dando una respuesta eficaz. Muchas veces están maquillando el problema para parecer que hacen algo.

Es necesario que surjan grupos intermedios que se sitúen entre la familia y las instituciones para responder a los grandes desafíos de la sociedad. El voluntariado es una respuesta a los problemas más acuciantes que nos afectan. Los gobiernos y administraciones tendrían que ayudar a canalizar y potenciar las iniciativas de los diversos grupos que dedican su tiempo, recursos y experiencia a favor de los demás.

El valor, la fuerza, la creatividad y el compromiso de miles de personas no se pueden ignorar. Los gobiernos tendrían que apoyarse en ellas para que, juntos, estado y ciudadanía, podamos trabajar en la búsqueda de soluciones eficaces y realistas. No se puede despreciar el enorme contingente del voluntariado, que sin pedir nada a cambio, decide sacar tiempo y recursos para paliar los sufrimientos de todas aquellas personas que sufren pobreza, marginación y soledad.

Yo os invito, desde mi blog, a todos aquellos que me seguís y a vuestros amigos, que devolváis a la sociedad una parte de aquello que habéis recibido, en forma de tiempo, y os unáis a este gran ejército de gente buena que ha decidido dar algo a cambio de nada. Especialmente a los jubilados y a los estudiantes. Descubriréis que en la vida no todo es rendimiento monetario, ni prestigio.

Lo que descubres en el voluntariado


Hacer algo desde el anonimato, en favor de alguien que socialmente no tiene nombre, alguien invisible, tiene un valor impresionante. A una edad madura hemos de aprender a saltar del tener al dar; del conseguir al ser. Cuando uno lo hace, empieza a descubrir la grandeza escondida que hay en su interior.

Aprendamos a descubrir que hay algo más que mi trabajo, mi grupo, mi familia, mis preocupaciones… Que hay colectivos desdibujados que necesitan presencia, calidez y apoyo para recuperar su identidad. Sólo cuando seamos capaces de hacer esto sentiremos que algo estamos haciendo bien.

Hay que enseñar al mundo que cada ser humano tiene un enorme potencial inscrito en su ADN, y que este puede convertirse en un torrente de solidaridad que cambie el mundo. Los otros, especialmente las personas desfavorecidas, están pidiendo a gritos nuestra ayuda.

Este tipo de experiencia es extraordinaria e insustituible. He vivido situaciones y he visto testimonios que han añadido un plus a mi vida. Con el voluntariado aprendes a afinar tus apreciaciones sobre la realidad. Y, sobre todo, aprendes a ser más persona y a descubrir el misterio que hay en el corazón del hombre.

Aprende a dar sin recibir nada a cambio. Es verdad que ellos no pueden devolverte nada, porque no lo tienen. Pero te están dando la oportunidad de crecer ante el dolor. Te están ofreciendo un corazón roto que se deposita en tus manos. Te están enseñando la fragilidad del ser humano y el valor de la generosidad. El otro te da la oportunidad de descubrirte a ti mismo, pero también de ensanchar más tu vida, de enriquecer tu interior. 

Vale la pena dedicar un tiempo de tu vida a los demás, dando lo mejor de lo que eres y tienes. Este es el gran reto de los voluntarios.

domingo, noviembre 04, 2018

Dar algo más que pan


Son admirables las múltiples iniciativas que surgen de la sociedad civil para paliar el sufrimiento humano. Cada vez es mayor la respuesta ante las necesidades de colectivos que sufren aislamiento, marginación y soledad, especialmente los que tienen falta de lo esencial para vivir: la esperanza.

Todos estamos llamados a vivir una vida plena con aquello con lo que nos identificamos: sueños, trabajo, familia, vocación… Todos anhelamos sentirnos felices. Pero ¿qué ocurre? Cuando un giro de timón en el barco de la vida provoca un naufragio, las olas de una sociedad alejada e insensible nos engullen. El paro, la ruptura de una relación o un accidente imprevisto pueden sumirnos en un profundo desasosiego que agrieta el alma de la persona. Especialmente cuando no se cuenta con lo básico para vivir con dignidad.

Sé de personas que se encuentran en el límite, y viven un gran dolor e impotencia. Supuestamente, las administraciones tienen recursos para poder paliar tantas necesidades. Siendo así, sigue habiendo una multitud de personas en la calle, sin techo o en lugares que podemos llamar infraviviendas. Ni siquiera pueden hacer sus necesidades fisiológicas en un lugar discreto con la suficiente higiene y privacidad. Y lo peor es que, en su corazón, sienten una terrible soledad.

¿Son ellos los que están mal? ¿O es la sociedad la que está enferma, carente del valor moral de atender al necesitado? A veces la propia familia se incomoda al ver ante de sí una situación que le viene demasiado grande.

¿Qué hace el gobierno?


Los gobernantes son los primeros que deberían empezar, con decisiones políticas y legislativas para afrontar este fenómeno como una realidad grave que está debilitando la cohesión social. Pero el resto de ciudadanos tampoco podemos mirar hacia otro lado mientras no caigamos en estas situaciones límites. No podemos vivir al margen del sufrimiento en nuestro entorno más inmediato.

Hay que encontrar soluciones y buscar recursos. En la esfera política se dan muchos debates sobre la pobreza, pero no se llega a una respuesta que suponga una solución real. Es más, a veces se utiliza la pobreza para politizarla y sacar partido de ella, maquillando la situación con gestos que sólo se quedan en la pura fachada.

Yo me pregunto: ¿qué pasa con la administración? ¿Acaso no hay suficientes recursos para hacer frente a la necesidad de estas personas? Cuando ves lo que gastan los gobiernos en mantener el “aparato” administrativo, los gastos protocolarios, la excesiva publicidad de “autobombo”, por no hablar de la inversión en obras cuya utilidad no es clara; que se hacen y deshacen. ¿Realmente no hay recursos? ¿O es que se están malgastando en otras partidas, orientadas a mantenerse en el poder, a influir en la información y a comprar votos amigos?

La persona, especialmente la vulnerable, debería estar en el centro de toda política, más allá de su ideología. Mientras el poder y el mantenimiento del estatus estén por encima de la persona, siempre habrá problemas de todo tipo, porque no se busca servir a los ciudadanos, sino servirse de ellos para alcanzar sus enfermizas ambiciones.

Soy consciente de la complejidad de esta cuestión, porque me la encuentro cada día y sé que no es sencillo buscar soluciones. Pero también creo que el político debe depurar intenciones y comprender que cuando llega a un cargo público, desde el punto de vista moral se le va a requerir una honestidad a prueba de bomba. Hay profundas grietas en la sociedad porque en los gobiernos también hay grietas, que pueden provocar auténticas catástrofes sociales.

Conviene, pues, que los gobernantes hagan suyo el dolor de toda persona que vive en el arcén. Cuando no se establecen políticas que dignifiquen a la persona y se trafica con votos para lograr el poder se está hundiendo más a quienes tienen menos recursos. Con la abusiva fiscalidad que sufrimos habría suficiente para ayudar a estos colectivos.

¿Qué hace la sociedad?


Ante la incapacidad de la administración para resolver estas situaciones alarmantes, surgen grupos humanos, entidades solidarias, que se abren camino para poder responder a la demanda de los pobres. Es gracias a estas iniciativas del tejido social que se puede suavizar mucho dolor. Los voluntarios de las entidades hacen lo que pueden, a menudo sin ayuda de las administraciones que, con tanta legislación y normas, a veces hasta ahogan sus iniciativas.

Aunque su labor es muy valiosa, ellos saben que no están arreglando el problema. Saben que dar sólo pan no es suficiente para la dignidad de una persona. Es necesario algo más. El solo pan puede calmar el hambre un día, y otro, ¡que ya es mucho! Cuando no se tiene lo más básico, para quien lo recibe no sólo calma su necesidad, sino su corazón roto.

Estas iniciativas, desde el punto de vista moral y social tienen un valor inmenso. Pero creo que hay que ir un poco más allá, sobre todo para no quedarse en la mera asistencia, porque podrían cronificar la situación, especialmente en los jóvenes, mermando su autoestima y dificultando su capacidad para proyectarse y crecer, asumiendo y retando su propio destino. Mientras se les esté ayudando con alimento, es necesario que alguien les abra otros cauces de apoyo para que vuelvan a reinsertarse. De no ser así, nos estaremos quedando en el mero aspecto material.

Dialogar con el pobre


Hay otras dimensiones del ser humano a las que podemos ayudar para canalizar toda su potencia. Es muy importante interactuar con aquellos que estén abiertos. Hay que crear un ambiente que favorezca el diálogo, detectando sus otras necesidades para derivarlos a diferentes instancias donde puedan encontrar soluciones complementarias. Estar con ellos es tan importante como darles la comida, pues posibilita un marco de relación humana donde se les pueden abrir nuevos horizontes.

Pero esto requiere una profunda reflexión. Los voluntarios deben preguntarse por las motivaciones últimas que les llevan a realizar este tipo de actividad solidaria. Es verdad que uno se siente bien ayudando, pero más allá de este bienestar emocional, tenemos que preguntarnos: ¿Esto es un comedor o es un “comedero”? Cuando uno se sienta a comer con otros esto implica una relación inmediata, porque el otro no me es ajeno, aunque yo no esté en la misma situación que él. Pero si me siento a su lado y lo miro como a una persona lo estoy dignificando. No es un objeto. Es alguien digno de afecto y apoyo.

Entiendo que hay personas a quienes les cueste mucho abrirse y necesitarán un tiempo para que se produzca una pequeña chispa, pero hay que ser perseverantes, y más cuando se lleva tiempo prestando este servicio. La continuidad es una hermosa oportunidad para ir más allá de ofrecer una bolsa de comida y dejar que la persona desaparezca en medio de la noche, en el anonimato más completo.

Cuando se da de comer y se cruzan las miradas, cuando hay unas palabras, un pequeño intercambio, de inmediato surge un mayor compromiso e implicación. El otro no es sólo una panza que llenar, sino una persona que tiene alma y tiene nombre. Sobre sus hombros carga un peso quizás mucho mayor que el hambre de comida: hambre de compañía, de amabilidad, de una mirada cálida y compasiva, quizás de diálogo, de escucha. Aunque necesite tiempo para salir de su mutismo e incomunicación, en este momento crucial de la donación de comida se da una ocasión única para devolver el sentido a su vida. Si le damos un trozo de pan, ya no es anónimo, ya no es alguien alejado, alguien indiferente. Adquirimos una responsabilidad ante él. Es alguien que viene a ti porque no tiene donde comer, pero ¿te atreverás a darle algo más? Un poco de tu tiempo. Tu escucha. Tu atención.

Quizás un día esta persona saldrá de la pobreza y también se sumará, como voluntario, a este ejército de gente buena que, aunque sea un pequeño parche para tantas heridas, no por ello es menos eficaz. Los gobernantes atienden las grandes cuestiones políticas y quizás nunca encuentran soluciones, o hablan de medidas que nunca acaban de llegar. Pero atender a la pobreza no tiene color político, no se trata de posiciones ideológicas de un lado u otro. Se trata de ser contundente ante el lacerante dolor de muchos que están en el margen de la vida y, mientras tanto, agradecerán el rocío primaveral de esta ayuda que suavice la aridez de su soledad. Aunque sea poco, alivia mucho.

domingo, julio 22, 2018

La pobreza tiene nombre


Cada vez más, en el llamado primer mundo, la pobreza va surcando en profundidad nuestra sociedad, generando un enorme sufrimiento a quienes la padecen. Pero ¿cuáles son las causas de este mal endémico que rompe el corazón de tanta gente abocada a vivir en la indigencia? ¿Hay soluciones para resolver la pobreza? ¿Cuáles serían las herramientas más eficaces para combatirla? El tema es complejo y desafiante. Entre varios factores, señalaré los que considero más importantes, así como posibles soluciones.

Causas de la pobreza


Una de las causas de la pobreza es una determinada forma de concebir la economía y una mala gestión de los recursos públicos, así como criterios ideológicos que determinan cómo se reparten estos recursos. Una fiscalidad injusta y una falta de regularización del mercado puede favorecer a los más pudientes y cargar con mayores impuestos a los que menos tienen, fomentando la desigualdad y la pobreza al asfixiar a las clases medias. En este caso, el estado es un causante directo de pobreza.

Otra causa puede ser una concepción filosófica y religiosa del ser humano, así como una visión de la política. Si concebimos al individuo como un ser biológico movido exclusivamente por sus instintos e intereses, en continua lucha con los demás, llegamos a una absoluta falta de solidaridad que fractura la sociedad, y a la necesidad de un gobierno autoritario que frene los abusos. Esto sería la consecuencia de una visión freudiana y darwinista del ser humano.

El individualismo y la búsqueda del bienestar personal por encima del comunitario promueve la indiferencia, que nos hace mirar a otro lado ante la pobreza del vecino. Hay una política y una economía basadas en la «ley del deseo» que son fomentadas por los medios de comunicación, la publicidad y el ocio televisivo. Los gobiernos y el mundo empresarial están alimentando esta actitud, porque no les interesa favorecer a la familia ni a los grupos intermedios, que es donde se aprende la solidaridad y el valor del compartir. En cambio, el individualismo fomenta el consumismo y el lucro. Quien se queda al margen porque no tiene medios económicos, cae en la pobreza.

Una falta de enfoque pedagógico, que no promueva los talentos y las capacidades al servicio de los demás también alentará la mediocridad y la falta de esfuerzo, necesario para que la persona supere sus dificultades y no caiga en la pobreza.

Por otra parte, existen causas psicológicas de la pobreza: muchas personas caen en la exclusión a causa de rupturas emocionales, problemas laborales, conflictos familiares que no se han resuelto o una falta de identidad, que lleva a la desintegración del yo.

También están las causas morales. La avaricia mueve a muchas empresas, que ponen el lucro por encima de todo, y a cualquier precio. Hay un deseo enfermizo de aumentar los beneficios a toda costa, generando un crecimiento que a veces es insostenible y causando graves daños a grupos humanos, comunidades enteras y al medio ambiente.

En el ámbito social, quizás falten plataformas sólidas que hagan de contrapunto de los poderes económicos. Ya existen iniciativas interesantes, como las que promueven la economía del bien común y diversas formas de cooperativas e intercambio de bienes. Pero deben consolidarse mucho más y no deberían toparse con trabas administrativas.

¿Soluciones? Hay que ir a fondo


Las causas de la pobreza, como vemos, son muchas. Si describirlas ya es complejo, la solución supone un reto mayor que implica a toda la sociedad, empezando por las familias y terminando por las instituciones políticas y financieras. Cada uno de nosotros, como persona, también tiene su parte de responsabilidad.

Pero intuyo que la búsqueda de soluciones pasa por una profunda reflexión sobre la realidad y sobre la naturaleza humana. Hay que ahondar en aquellos aspectos que empujan a una persona a la pobreza, y entre ellos no se puede ignorar la soledad y la indiferencia.

No habrá soluciones realistas a la pobreza si no dejamos de mirarla como un mero fenómeno sociológico y no somos capaces de ver al pobre, no como uno más de esta marea que avanza irremediablemente hacia el abismo, sino como una persona con un rostro, con un nombre, con un entorno, un pasado y una familia. Si no somos capaces de hacer nuestro el dolor de una sola persona, desde las instancias políticas y administrativas no se podrá arreglar el problema.

La pobreza no es una entelequia: hemos de mirar a los ojos de aquel que la sufre. Si no, caeremos en tecnicismos que pueden llegar a regular el fenómeno, pero no a resolverlo. La pobreza no tiene color, ni se arregla desde los despachos, sino abordando la cuestión desde otra mirada.

Desde la cultura del descarte, como señala el papa Francisco, la pobreza adquiere una dimensión pandémica: millones de personas sin futuro, sin vida, sin esperanza. Un pobre es una persona dignísima de todo respeto y merecedora de apoyo y solidaridad. Hacer el esfuerzo de ponerse en lugar el otro, meterse en su piel, sintonizar con su dolor y comprender su desespero puede ayudarnos a ser creativos a la hora de ayudar.

El papel del gobierno en la pobreza


Pero no sólo se tiene que abordar la pobreza desde un aspecto meramente humanitario, compasivo y solidario, sino desde una perspectiva de justicia social, como exigencia ética. No basta la buena voluntad de los ciudadanos, la sociedad ha de exigir a los que gobiernan que hagan un correcto uso de los fondos públicos y una adecuada política fiscal. En cuanto a los impuestos que se imputan a los contribuyentes, hay que replantear la fuerte presión que se ejerce sobre la ciudadanía. El rigor con que se controla a los ciudadanos no es paralelo al control de gastos innecesarios de los gobernantes. Se tendrían que revisar muchas partidas, sobre todo para priorizar el bien real de las personas y en especial de las que viven en situación de vulnerabilidad: niños, ancianos, enfermos, inmigrantes, exiliados… Mientras los gobiernos no tengan como prioridad la protección de estos grupos, la barca de la nación hará aguas, porque el naufragio de los que quedan al margen desequilibra a todo el conjunto social.

Es verdad que para contemplar estas partidas que cohesionen el estado del bienestar se necesitan recursos, que la economía ha de crecer y activarse. Pero no basta eso. La economía puede crecer y pueden beneficiarse sólo unos pocos, con lo cual está aumentando la desigualdad. Por otra parte, el mal uso que se hace de los recursos, los gastos en estructuras que genera el mismo estado, el sostenimiento de actividades innecesarias, la ejecución de obras que se hacen, se deshacen y se rehacen, el nepotismo y el tráfico de influencias, las gestiones oscuras y la corrupción están sangrando al estado. Hacienda exige hasta el último céntimo al que tiene poco y, en cambio, permite que se evapore mucho dinero de sus arcas. Hoy, por desgracia, ser político está ligado al poder, al tener y a la manipulación de divisas. La mala gestión de un gobierno aumenta la brecha entre ricos y pobres. Y los que están enriqueciéndose no se llegan a imaginar el dolor que produce vivir en la indigencia.

Hacienda y la administración del estado deberían trascender los colores políticos y ser llevadas por especialistas que no estén altamente ideologizados. El bien común no tiene color político ni es exclusiva de ningún partido. Para gestionar correctamente los recursos no es necesario ser de una ideología, sino tener capacidad de gestión y unos principios éticos básicos para controlar la tentación de sentirse inmune y manejar con ligereza tanto dinero.

Además de Hacienda, hay otras carteras, como sanidad y educación, que no deberían llevar los políticos, sino personas con gran capacidad profesional y formación ética, filosófica y humana. Así se podría trabajar con mayor eficacia para atender a las necesidades de la gente y de la nación.

domingo, julio 15, 2018

Fiscalidad o expolio - II


Criterios para recaudar e invertir


¿Por qué la clase política es incapaz de gestionar correctamente los bienes públicos? ¿Por qué es tan carente de ética y principios?

A mi ver, hay un posicionamiento poco claro ante el dinero y los recursos. Todos sabemos que el estado necesita fondos para hacer frente a sus necesidades, como cualquier empresa o familia. Hasta aquí, correcto. Necesita unos ingresos, pero también debe controlar sus gastos. El gobierno ha de recordar que el dinero recaudado no es suyo, sino de los ciudadanos. No puede hacer lo que quiera con ese dinero que es de todos. Por eso es tan importante aplicar criterios realistas para asegurar que la caja común se llene, tanto como decidir las partidas y las cantidades del gasto público.

¿Qué criterios se están siguiendo a la hora de recaudar? ¿Por qué principios se rige nuestra fiscalidad? Lo que no puede ser es que en España la fiscalidad sea de un 65 % y que nuestro país tenga una deuda pública de más de dos billones de euros.

¿Qué ocurre? ¿Cómo se están gestionando nuestros recursos? ¿Se está gastando más de lo que entra? ¿En qué? Nos pasamos más de medio año trabajando para el estado… y la deuda es enorme. En los últimos trimestres, alcanza casi la totalidad del PIB. Ya no sólo estamos pagando los gastos públicos ―sanidad, educación, y tantos otros― sino los intereses de esta deuda. ¿A quién se lo pagamos? ¿De qué manera?

Un déficit tan enorme es la excusa perfecta para que el gobierno “ahorre” en gastos sociales. Y así es como falta dinero para ayudar a los indigentes y a las familias en el umbral de la pobreza, cuando unas simples y sensatas medidas de ahorro podrían generar suficiente dinero para cubrir muchas de estas necesidades. Según un estudio reciente, una mejor gestión de los gastos ordinarios de la Generalitat de Catalunya generaría, en pocos meses, la cantidad suficiente como para dar vivienda y albergue a todos los sin-techo de Barcelona.

¿No creen los políticos que esto es importante? ¿En qué se está gastando el dinero público? Es cierto que hay partidas innegociables, como sanidad y educación. Pero los ciudadanos también somos conscientes de que se da un gran despilfarro, a veces evidente, en otras partidas, desde obras públicas mal planteadas o innecesarias, hasta eventos propagandísticos o gastos de imagen. El caso puede ser aún más grave. ¿Y si la fuga está en el uso arbitrario del dinero público y en la compra de influencias? En este caso, se está produciendo un robo a los ciudadanos, muchos de los cuales se esfuerzan por pagar sus impuestos.

Expolio fiscal


Volvamos a la recaudación. Los pequeños empresarios, los autónomos y las familias de clase media sufren una terrible presión fiscal. La agencia tributaria carga sin piedad contra los que no pueden pagar puntualmente sus impuestos. En algunos casos, la presión llega hasta el 80 %. Familias con sueldos bajos y con hijos que mantener apenas pueden llegar a final de mes. El mismo sistema está aplastando a las clases medias y echando fuera de sus límites a muchas personas y familias. Cuando contraen deudas con Hacienda, los recargos pueden aumentar hasta un 20 %. Muchos se desesperan porque, además de la carencia económica, añaden a sus preocupaciones la presión fiscal. Son los trabajadores empobrecidos, que en los últimos años han duplicado su número. En cambio, la ley permite que grandes empresas puedan estar exentas o pagar porcentajes más bajos de impuestos, bajo el pretexto de que generan empleo e invierten en proyectos que benefician a todos.

¿Y los políticos que roban? Ya no sólo no devuelven a los ciudadanos lo robado, sino que se van “de rositas”. Pasan un corto tiempo en la cárcel, salen con cualquier excusa legal y ya está.

El titular de Hacienda debería escuchar a los técnicos que trabajan sin intereses partidistas para aplicar unas reformas y medidas que sean justas, tanto para el estado como para el ciudadano. Se debe recaudar lo necesario, sin aplastar la economía de los hogares, y más aún de los que apenas llegan a final de mes. Existen estudios y recomendaciones independientes que muestran que la fiscalidad se podría aplicar con mayor equidad y sentido ético, aumentando la recaudación y reduciendo la presión sobre los grupos más pobres.

Algunas propuestas


¿Cuál sería mi criterio? A la hora de aplicar la fiscalidad, tener en cuenta estos factores:
-     El trabajo que realiza cada persona.
-     Su sueldo.
-     Sus hijos y familiares al cargo.
-     Gastos mensuales ordinarios.
-     Otras necesidades: ahorro para emergencias, viajes, formación, salud, imprevistos graves.

Por ejemplo, actualmente el límite para hacer la declaración de la renta es de unos 22 000 euros al año. Con esta cantidad, una familia de uno o dos hijos apenas tiene para sus gastos ordinarios. Si la renta per cápita anual en España es de 25 000 euros, todos aquellos que no lleguen a esta suma y que tengan familia a su cargo no deberían declarar rentas. Esto sería lo justo y lo ecuánime. En cambio, las personas cuyos ingresos sean superiores y, por sus gastos y necesidades, tengan beneficios mucho mayores, estas sí deberían pagar, siempre y sin excepción, en proporción a sus ganancias.

Además, sería importante contar con un fondo de emergencia y ayuda a quienes están en riesgo de pobreza. No sólo se trata de frenar la exclusión, sino de favorecer una calidad de vida digna para todos. A los que tienen poco o casi nada no se les puede apretar, necesitan ayuda. Si esto no se arregla, la sociedad se verá cada vez más debilitada, será menos productiva, menos creativa y también menos participativa. Será una sociedad enferma e impotente, donde aniden otros problemas mayores y más preocupantes que el paro y la pobreza. Cuando la sociedad pierde la esperanza, se convierte en un campo abonado para la violencia y toda clase de tiranías.

sábado, febrero 10, 2018

Fiscalidad o expolio - I

Del servicio público a una lucha de intereses


La solidez de un gobierno se mide, entre otras cosas, por su capacidad de gestionar los recursos y su justa distribución. Pero la realidad, tal como la perciben los ciudadanos, es que la política está letalmente herida. Son innumerables los casos de corrupción en diferentes partidos. Los nuevos grupos, que todavía tienen poca experiencia en el gobierno, tampoco están exentos de riesgo. El problema de fondo es la incapacidad de gestionar el poder. Desde siempre la lucha por el poder ha enfrentado a diferentes facciones. En estas luchas todo vale, incluso disfrazando de democracia la feroz competencia por conseguir el sillón. Es una batalla sin cuartel que va debilitando al país y desmoralizando a la ciudadanía. La política ya no se concibe como servicio, sino como un estatus que otorga poder, imagen, notoriedad y, sobre todo, riqueza económica.

No puede ser que los políticos, una vez hayan configurado su gobierno, a veces mediante coaliciones forzadas, olviden sus promesas y su compromiso con los ciudadanos y se lancen a defender su puesto, aun a costa de sus principios. El partidismo anula la vocación de servicio a la ciudadanía de a pie. El voto pierde valor cuando el ciudadano se da cuenta de que aquellos que han asumido el poder, que el pueblo les ha dado, lo utilizan para llenar sus bolsillos y perseguir sus intereses. La mayoría de un congreso, un parlamento o un consistorio, ha dejado de representar a la mayoría social. De aquí el cansancio y la grave abstención de tantas personas que ya no votan porque consideran que su voto no marcará diferencia alguna.

Siempre que hay elecciones los políticos nos quieren ver. Y la ciudadanía es consciente y está hastiada. Cada vez más gente de negocios, empresarios, intelectuales, artistas, no se siente representada por la clase política. Esta es una gran debilidad de la democracia. Muchos ya ni siquiera van a votar en blanco, porque no creen en el sistema electoral.

El poder que ignora la realidad


Podríamos hablar de una patología del poder: un monstruo que se alimenta de falsas esperanzas y utiliza un lenguaje ambiguo, haciendo creer una cosa cuando es otra. El poder se disfraza de sueños para anestesiar a la gente con grandes promesas. Primero, se provoca un sentimiento de culpa a los que no votan, diciendo que no son buenos ciudadanos. Luego, se va inoculando el veneno de la desidia y el fatalismo para que nadie sea capaz de cuestionar la tragedia lacerante que azota muchas vidas. Lo cierto es que las estadísticas y los estudios sociológicos hablan por sí mismos. Hay un paro que hace sangrar a la sociedad. Muchos trabajos son precarios, y no sólo hablamos de temporalidad y bajos salarios, sino de explotación. Hay trabajadores esclavizados, contratados por poco dinero para rendir muchas horas a un ritmo inhumano. Se someten porque no tienen otra opción y necesitan un salario, se agarran “a un clavo ardiente” antes de caer en el paro, donde muchos otros se desesperan tras largos años sin encontrar empleo.

Las gestiones burocráticas se alargan, se multiplica el número de familias que sobreviven como pueden con cuatrocientos euros y sufriendo para que no les embarguen, ya no sólo lo poco que tienen, sino la vivienda. Las personas que están solas en la calle, expuestas al frío, a la inseguridad y a la violencia, son cada vez más. Muchos han caído en depresiones; el paro lleva a la enfermedad, a rupturas matrimoniales, a la bebida y al suicidio.

Me pregunto: ¿no tienen entrañas los políticos ante todo lo que está sucediendo? ¿Cuáles son sus valores? Las ciencias sociales, políticas y económicas sólo facultan para ejercer la gestión pública, pero más allá de la pura administración, ¿cuál es el concepto de persona que hay detrás de los partidos? ¿Qué visión de la realidad tienen? ¿Cuáles son sus creencias? Porque todo esto marcará una ética y una forma de proceder. ¿Cómo se educa hoy un político? Las ideologías son pensamiento abstracto que a menudo alejan de la realidad. La política está enfermizamente ideologizada, aislada del mundo real, y de aquí la incapacidad de los gobernantes para conectar con la calle y atender al sufrimiento de las personas. Hoy, el ejercicio de la política se ha reducido a un espectáculo de luchas por el dinero y el poder. Se manejan ideas bonitas como armas arrojadizas, se juega con los sentimientos de los ciudadanos para arrastrar a la opinión pública pero no hay verdadero servicio, no hay honestidad, ética ni equidad. 

domingo, febrero 05, 2017

Atrapados en el poder

El poder es un tema que siempre ha fascinado. ¿Por qué? Porque es la fuente de nuestras capacidades y potencial creativo, y es clave en nuestra relación con el mundo y con los demás.

Hay un poder positivo, creador. Es el poder de Dios, que engendra y da vida. Es el poder que surge del amor. Los seres humanos, a imagen de Dios, tenemos un poder similar que podemos ejercer con voluntad. Es una fuerza enorme que debe canalizarse y orientarse hacia el bien. De no ser así, puede ser destructor y letal. El poder utilizado para dominar y poseer a los demás es una constante en la historia de la humanidad. Filósofos, literatos, psicólogos y teólogos han explorado su naturaleza ampliamente. El poder se da en el ámbito tanto público como privado. Pero en el público es donde tiene enormes repercusiones a escala mundial.

La lógica enfermiza del poder


El poder no busca el servicio, ni siquiera la justicia, ni el derecho, sino perpetuarse a toda costa, aunque para ello necesite destruir, anular o matar. Quien prueba el poder resbala lentamente hacia el abismo, hasta la fragmentación total de su persona. Viviendo una mentira disfrazada de verdad, el mesianismo político utiliza un discurso de aparente bondad, con argumentos lógicos y bien fundamentados intelectualmente. Pero tras el discurso social se esconde una ambición que manipula el lenguaje y se vale de la ideología para absolutizar el poder en su expresión más patológica. El último objetivo del poder es la idolatría de sí mismo.
El afán de poder es una patología que lleva a quien lo ejerce a una dualidad psicológica temible. Se le escapa la realidad objetiva y se instala en la subjetividad: su concepto de la persona, su libertad y su dignidad quedan teñidos por la ideología que defiende su posición. Por eso los políticos siempre están hablando de macroeconomía, de sociología y de estadísticas, maquillando su imagen y proponiendo planteos generalizados, no concretos, ni personales. A la ideología no le interesa la libertad, el respeto o la dignidad de personas reales y concretas. Por eso siempre acaba hablando de abstracciones. La ideología acaba matando, no solo física, sino socialmente.
La lógica del poder crea adicción: es una droga que enferma la psique y el corazón del poderoso, haciéndolo bulímico. Como un dragón, devora y cada vez quiere más y más, hasta que llega a autodestruirse. El límite del poder es él mismo.
Pero el poder engendra más poder. La ideología, como abstracción de la realidad, sigue en el ADN infectado, como un virus latente que se activa en aquellos que persiguen la fama y el reconocimiento. Su voracidad va creciendo y se valen de las estructuras que el mismo sistema político ha construido para convertirse en líderes de masas donde se resguardan bajo un disfraz seudo-democrático para tapar su pulsión de dominio y manipulación. La verdad les molesta, porque es lo único que las ideologías no pueden matar.

¿Qué es la verdad?


La verdad va más allá de un concepto filosófico; es un concepto moral y teológico. También va más allá de la psicología: cuando se dice que «cada cual tiene su verdad», ¿estamos hablando de la verdad o de opiniones y creencias subjetivas? Nadie puede matar la verdad, aunque quiera, porque no es una idea, ni un sistema sino una certeza que trasciende al mismo ser humano. La verdad es como el aire: no lo puedes cortar ni eliminar, aunque mates a la persona. En el horizonte de la verdad no está el poder, sino el bien, la libertad, la belleza y el amor; esos valores que subyacen en el anhelo más hondo de toda persona. Concibiendo la política como un servicio real, basado en el valor de la verdad, todo esfuerzo irá enfocado a apoyar a los más débiles de la sociedad, porque el primer objetivo será luchar por la dignidad de cada persona, en especial la de aquellas que la han perdido: hombres y mujeres sin techo, indigentes, enfermos, ancianos, niños maltratados, jóvenes sin rumbo…
Los políticos tienen este imperativo categórico y moral, que es inherente a su responsabilidad: no dejar nunca a nadie en el arcén y adoptar las medidas económicas y financieras para asumir el coste de esta labor. Nadie debe quedar fuera, ni de la sociedad, ni del trabajo ni de un hogar. La sociedad civil ha de ser abanderada de una nueva política, ha de ser capaz de hacerse oír por el sistema e interpelar al gobierno: es un deber ciudadano. Por su parte, los gobernantes nunca deberían olvidar la responsabilidad que conlleva su cargo. Solo así se recuperará el sentido de la política, entendida como servicio a la ciudad y dedicada al bien real de las personas —todas las personas—, especialmente las más vulnerables.