domingo, noviembre 04, 2018

Dar algo más que pan


Son admirables las múltiples iniciativas que surgen de la sociedad civil para paliar el sufrimiento humano. Cada vez es mayor la respuesta ante las necesidades de colectivos que sufren aislamiento, marginación y soledad, especialmente los que tienen falta de lo esencial para vivir: la esperanza.

Todos estamos llamados a vivir una vida plena con aquello con lo que nos identificamos: sueños, trabajo, familia, vocación… Todos anhelamos sentirnos felices. Pero ¿qué ocurre? Cuando un giro de timón en el barco de la vida provoca un naufragio, las olas de una sociedad alejada e insensible nos engullen. El paro, la ruptura de una relación o un accidente imprevisto pueden sumirnos en un profundo desasosiego que agrieta el alma de la persona. Especialmente cuando no se cuenta con lo básico para vivir con dignidad.

Sé de personas que se encuentran en el límite, y viven un gran dolor e impotencia. Supuestamente, las administraciones tienen recursos para poder paliar tantas necesidades. Siendo así, sigue habiendo una multitud de personas en la calle, sin techo o en lugares que podemos llamar infraviviendas. Ni siquiera pueden hacer sus necesidades fisiológicas en un lugar discreto con la suficiente higiene y privacidad. Y lo peor es que, en su corazón, sienten una terrible soledad.

¿Son ellos los que están mal? ¿O es la sociedad la que está enferma, carente del valor moral de atender al necesitado? A veces la propia familia se incomoda al ver ante de sí una situación que le viene demasiado grande.

¿Qué hace el gobierno?


Los gobernantes son los primeros que deberían empezar, con decisiones políticas y legislativas para afrontar este fenómeno como una realidad grave que está debilitando la cohesión social. Pero el resto de ciudadanos tampoco podemos mirar hacia otro lado mientras no caigamos en estas situaciones límites. No podemos vivir al margen del sufrimiento en nuestro entorno más inmediato.

Hay que encontrar soluciones y buscar recursos. En la esfera política se dan muchos debates sobre la pobreza, pero no se llega a una respuesta que suponga una solución real. Es más, a veces se utiliza la pobreza para politizarla y sacar partido de ella, maquillando la situación con gestos que sólo se quedan en la pura fachada.

Yo me pregunto: ¿qué pasa con la administración? ¿Acaso no hay suficientes recursos para hacer frente a la necesidad de estas personas? Cuando ves lo que gastan los gobiernos en mantener el “aparato” administrativo, los gastos protocolarios, la excesiva publicidad de “autobombo”, por no hablar de la inversión en obras cuya utilidad no es clara; que se hacen y deshacen. ¿Realmente no hay recursos? ¿O es que se están malgastando en otras partidas, orientadas a mantenerse en el poder, a influir en la información y a comprar votos amigos?

La persona, especialmente la vulnerable, debería estar en el centro de toda política, más allá de su ideología. Mientras el poder y el mantenimiento del estatus estén por encima de la persona, siempre habrá problemas de todo tipo, porque no se busca servir a los ciudadanos, sino servirse de ellos para alcanzar sus enfermizas ambiciones.

Soy consciente de la complejidad de esta cuestión, porque me la encuentro cada día y sé que no es sencillo buscar soluciones. Pero también creo que el político debe depurar intenciones y comprender que cuando llega a un cargo público, desde el punto de vista moral se le va a requerir una honestidad a prueba de bomba. Hay profundas grietas en la sociedad porque en los gobiernos también hay grietas, que pueden provocar auténticas catástrofes sociales.

Conviene, pues, que los gobernantes hagan suyo el dolor de toda persona que vive en el arcén. Cuando no se establecen políticas que dignifiquen a la persona y se trafica con votos para lograr el poder se está hundiendo más a quienes tienen menos recursos. Con la abusiva fiscalidad que sufrimos habría suficiente para ayudar a estos colectivos.

¿Qué hace la sociedad?


Ante la incapacidad de la administración para resolver estas situaciones alarmantes, surgen grupos humanos, entidades solidarias, que se abren camino para poder responder a la demanda de los pobres. Es gracias a estas iniciativas del tejido social que se puede suavizar mucho dolor. Los voluntarios de las entidades hacen lo que pueden, a menudo sin ayuda de las administraciones que, con tanta legislación y normas, a veces hasta ahogan sus iniciativas.

Aunque su labor es muy valiosa, ellos saben que no están arreglando el problema. Saben que dar sólo pan no es suficiente para la dignidad de una persona. Es necesario algo más. El solo pan puede calmar el hambre un día, y otro, ¡que ya es mucho! Cuando no se tiene lo más básico, para quien lo recibe no sólo calma su necesidad, sino su corazón roto.

Estas iniciativas, desde el punto de vista moral y social tienen un valor inmenso. Pero creo que hay que ir un poco más allá, sobre todo para no quedarse en la mera asistencia, porque podrían cronificar la situación, especialmente en los jóvenes, mermando su autoestima y dificultando su capacidad para proyectarse y crecer, asumiendo y retando su propio destino. Mientras se les esté ayudando con alimento, es necesario que alguien les abra otros cauces de apoyo para que vuelvan a reinsertarse. De no ser así, nos estaremos quedando en el mero aspecto material.

Dialogar con el pobre


Hay otras dimensiones del ser humano a las que podemos ayudar para canalizar toda su potencia. Es muy importante interactuar con aquellos que estén abiertos. Hay que crear un ambiente que favorezca el diálogo, detectando sus otras necesidades para derivarlos a diferentes instancias donde puedan encontrar soluciones complementarias. Estar con ellos es tan importante como darles la comida, pues posibilita un marco de relación humana donde se les pueden abrir nuevos horizontes.

Pero esto requiere una profunda reflexión. Los voluntarios deben preguntarse por las motivaciones últimas que les llevan a realizar este tipo de actividad solidaria. Es verdad que uno se siente bien ayudando, pero más allá de este bienestar emocional, tenemos que preguntarnos: ¿Esto es un comedor o es un “comedero”? Cuando uno se sienta a comer con otros esto implica una relación inmediata, porque el otro no me es ajeno, aunque yo no esté en la misma situación que él. Pero si me siento a su lado y lo miro como a una persona lo estoy dignificando. No es un objeto. Es alguien digno de afecto y apoyo.

Entiendo que hay personas a quienes les cueste mucho abrirse y necesitarán un tiempo para que se produzca una pequeña chispa, pero hay que ser perseverantes, y más cuando se lleva tiempo prestando este servicio. La continuidad es una hermosa oportunidad para ir más allá de ofrecer una bolsa de comida y dejar que la persona desaparezca en medio de la noche, en el anonimato más completo.

Cuando se da de comer y se cruzan las miradas, cuando hay unas palabras, un pequeño intercambio, de inmediato surge un mayor compromiso e implicación. El otro no es sólo una panza que llenar, sino una persona que tiene alma y tiene nombre. Sobre sus hombros carga un peso quizás mucho mayor que el hambre de comida: hambre de compañía, de amabilidad, de una mirada cálida y compasiva, quizás de diálogo, de escucha. Aunque necesite tiempo para salir de su mutismo e incomunicación, en este momento crucial de la donación de comida se da una ocasión única para devolver el sentido a su vida. Si le damos un trozo de pan, ya no es anónimo, ya no es alguien alejado, alguien indiferente. Adquirimos una responsabilidad ante él. Es alguien que viene a ti porque no tiene donde comer, pero ¿te atreverás a darle algo más? Un poco de tu tiempo. Tu escucha. Tu atención.

Quizás un día esta persona saldrá de la pobreza y también se sumará, como voluntario, a este ejército de gente buena que, aunque sea un pequeño parche para tantas heridas, no por ello es menos eficaz. Los gobernantes atienden las grandes cuestiones políticas y quizás nunca encuentran soluciones, o hablan de medidas que nunca acaban de llegar. Pero atender a la pobreza no tiene color político, no se trata de posiciones ideológicas de un lado u otro. Se trata de ser contundente ante el lacerante dolor de muchos que están en el margen de la vida y, mientras tanto, agradecerán el rocío primaveral de esta ayuda que suavice la aridez de su soledad. Aunque sea poco, alivia mucho.

domingo, julio 22, 2018

La pobreza tiene nombre


Cada vez más, en el llamado primer mundo, la pobreza va surcando en profundidad nuestra sociedad, generando un enorme sufrimiento a quienes la padecen. Pero ¿cuáles son las causas de este mal endémico que rompe el corazón de tanta gente abocada a vivir en la indigencia? ¿Hay soluciones para resolver la pobreza? ¿Cuáles serían las herramientas más eficaces para combatirla? El tema es complejo y desafiante. Entre varios factores, señalaré los que considero más importantes, así como posibles soluciones.

Causas de la pobreza


Una de las causas de la pobreza es una determinada forma de concebir la economía y una mala gestión de los recursos públicos, así como criterios ideológicos que determinan cómo se reparten estos recursos. Una fiscalidad injusta y una falta de regularización del mercado puede favorecer a los más pudientes y cargar con mayores impuestos a los que menos tienen, fomentando la desigualdad y la pobreza al asfixiar a las clases medias. En este caso, el estado es un causante directo de pobreza.

Otra causa puede ser una concepción filosófica y religiosa del ser humano, así como una visión de la política. Si concebimos al individuo como un ser biológico movido exclusivamente por sus instintos e intereses, en continua lucha con los demás, llegamos a una absoluta falta de solidaridad que fractura la sociedad, y a la necesidad de un gobierno autoritario que frene los abusos. Esto sería la consecuencia de una visión freudiana y darwinista del ser humano.

El individualismo y la búsqueda del bienestar personal por encima del comunitario promueve la indiferencia, que nos hace mirar a otro lado ante la pobreza del vecino. Hay una política y una economía basadas en la «ley del deseo» que son fomentadas por los medios de comunicación, la publicidad y el ocio televisivo. Los gobiernos y el mundo empresarial están alimentando esta actitud, porque no les interesa favorecer a la familia ni a los grupos intermedios, que es donde se aprende la solidaridad y el valor del compartir. En cambio, el individualismo fomenta el consumismo y el lucro. Quien se queda al margen porque no tiene medios económicos, cae en la pobreza.

Una falta de enfoque pedagógico, que no promueva los talentos y las capacidades al servicio de los demás también alentará la mediocridad y la falta de esfuerzo, necesario para que la persona supere sus dificultades y no caiga en la pobreza.

Por otra parte, existen causas psicológicas de la pobreza: muchas personas caen en la exclusión a causa de rupturas emocionales, problemas laborales, conflictos familiares que no se han resuelto o una falta de identidad, que lleva a la desintegración del yo.

También están las causas morales. La avaricia mueve a muchas empresas, que ponen el lucro por encima de todo, y a cualquier precio. Hay un deseo enfermizo de aumentar los beneficios a toda costa, generando un crecimiento que a veces es insostenible y causando graves daños a grupos humanos, comunidades enteras y al medio ambiente.

En el ámbito social, quizás falten plataformas sólidas que hagan de contrapunto de los poderes económicos. Ya existen iniciativas interesantes, como las que promueven la economía del bien común y diversas formas de cooperativas e intercambio de bienes. Pero deben consolidarse mucho más y no deberían toparse con trabas administrativas.

¿Soluciones? Hay que ir a fondo


Las causas de la pobreza, como vemos, son muchas. Si describirlas ya es complejo, la solución supone un reto mayor que implica a toda la sociedad, empezando por las familias y terminando por las instituciones políticas y financieras. Cada uno de nosotros, como persona, también tiene su parte de responsabilidad.

Pero intuyo que la búsqueda de soluciones pasa por una profunda reflexión sobre la realidad y sobre la naturaleza humana. Hay que ahondar en aquellos aspectos que empujan a una persona a la pobreza, y entre ellos no se puede ignorar la soledad y la indiferencia.

No habrá soluciones realistas a la pobreza si no dejamos de mirarla como un mero fenómeno sociológico y no somos capaces de ver al pobre, no como uno más de esta marea que avanza irremediablemente hacia el abismo, sino como una persona con un rostro, con un nombre, con un entorno, un pasado y una familia. Si no somos capaces de hacer nuestro el dolor de una sola persona, desde las instancias políticas y administrativas no se podrá arreglar el problema.

La pobreza no es una entelequia: hemos de mirar a los ojos de aquel que la sufre. Si no, caeremos en tecnicismos que pueden llegar a regular el fenómeno, pero no a resolverlo. La pobreza no tiene color, ni se arregla desde los despachos, sino abordando la cuestión desde otra mirada.

Desde la cultura del descarte, como señala el papa Francisco, la pobreza adquiere una dimensión pandémica: millones de personas sin futuro, sin vida, sin esperanza. Un pobre es una persona dignísima de todo respeto y merecedora de apoyo y solidaridad. Hacer el esfuerzo de ponerse en lugar el otro, meterse en su piel, sintonizar con su dolor y comprender su desespero puede ayudarnos a ser creativos a la hora de ayudar.

El papel del gobierno en la pobreza


Pero no sólo se tiene que abordar la pobreza desde un aspecto meramente humanitario, compasivo y solidario, sino desde una perspectiva de justicia social, como exigencia ética. No basta la buena voluntad de los ciudadanos, la sociedad ha de exigir a los que gobiernan que hagan un correcto uso de los fondos públicos y una adecuada política fiscal. En cuanto a los impuestos que se imputan a los contribuyentes, hay que replantear la fuerte presión que se ejerce sobre la ciudadanía. El rigor con que se controla a los ciudadanos no es paralelo al control de gastos innecesarios de los gobernantes. Se tendrían que revisar muchas partidas, sobre todo para priorizar el bien real de las personas y en especial de las que viven en situación de vulnerabilidad: niños, ancianos, enfermos, inmigrantes, exiliados… Mientras los gobiernos no tengan como prioridad la protección de estos grupos, la barca de la nación hará aguas, porque el naufragio de los que quedan al margen desequilibra a todo el conjunto social.

Es verdad que para contemplar estas partidas que cohesionen el estado del bienestar se necesitan recursos, que la economía ha de crecer y activarse. Pero no basta eso. La economía puede crecer y pueden beneficiarse sólo unos pocos, con lo cual está aumentando la desigualdad. Por otra parte, el mal uso que se hace de los recursos, los gastos en estructuras que genera el mismo estado, el sostenimiento de actividades innecesarias, la ejecución de obras que se hacen, se deshacen y se rehacen, el nepotismo y el tráfico de influencias, las gestiones oscuras y la corrupción están sangrando al estado. Hacienda exige hasta el último céntimo al que tiene poco y, en cambio, permite que se evapore mucho dinero de sus arcas. Hoy, por desgracia, ser político está ligado al poder, al tener y a la manipulación de divisas. La mala gestión de un gobierno aumenta la brecha entre ricos y pobres. Y los que están enriqueciéndose no se llegan a imaginar el dolor que produce vivir en la indigencia.

Hacienda y la administración del estado deberían trascender los colores políticos y ser llevadas por especialistas que no estén altamente ideologizados. El bien común no tiene color político ni es exclusiva de ningún partido. Para gestionar correctamente los recursos no es necesario ser de una ideología, sino tener capacidad de gestión y unos principios éticos básicos para controlar la tentación de sentirse inmune y manejar con ligereza tanto dinero.

Además de Hacienda, hay otras carteras, como sanidad y educación, que no deberían llevar los políticos, sino personas con gran capacidad profesional y formación ética, filosófica y humana. Así se podría trabajar con mayor eficacia para atender a las necesidades de la gente y de la nación.

domingo, julio 15, 2018

Fiscalidad o expolio - II


Criterios para recaudar e invertir


¿Por qué la clase política es incapaz de gestionar correctamente los bienes públicos? ¿Por qué es tan carente de ética y principios?

A mi ver, hay un posicionamiento poco claro ante el dinero y los recursos. Todos sabemos que el estado necesita fondos para hacer frente a sus necesidades, como cualquier empresa o familia. Hasta aquí, correcto. Necesita unos ingresos, pero también debe controlar sus gastos. El gobierno ha de recordar que el dinero recaudado no es suyo, sino de los ciudadanos. No puede hacer lo que quiera con ese dinero que es de todos. Por eso es tan importante aplicar criterios realistas para asegurar que la caja común se llene, tanto como decidir las partidas y las cantidades del gasto público.

¿Qué criterios se están siguiendo a la hora de recaudar? ¿Por qué principios se rige nuestra fiscalidad? Lo que no puede ser es que en España la fiscalidad sea de un 65 % y que nuestro país tenga una deuda pública de más de dos billones de euros.

¿Qué ocurre? ¿Cómo se están gestionando nuestros recursos? ¿Se está gastando más de lo que entra? ¿En qué? Nos pasamos más de medio año trabajando para el estado… y la deuda es enorme. En los últimos trimestres, alcanza casi la totalidad del PIB. Ya no sólo estamos pagando los gastos públicos ―sanidad, educación, y tantos otros― sino los intereses de esta deuda. ¿A quién se lo pagamos? ¿De qué manera?

Un déficit tan enorme es la excusa perfecta para que el gobierno “ahorre” en gastos sociales. Y así es como falta dinero para ayudar a los indigentes y a las familias en el umbral de la pobreza, cuando unas simples y sensatas medidas de ahorro podrían generar suficiente dinero para cubrir muchas de estas necesidades. Según un estudio reciente, una mejor gestión de los gastos ordinarios de la Generalitat de Catalunya generaría, en pocos meses, la cantidad suficiente como para dar vivienda y albergue a todos los sin-techo de Barcelona.

¿No creen los políticos que esto es importante? ¿En qué se está gastando el dinero público? Es cierto que hay partidas innegociables, como sanidad y educación. Pero los ciudadanos también somos conscientes de que se da un gran despilfarro, a veces evidente, en otras partidas, desde obras públicas mal planteadas o innecesarias, hasta eventos propagandísticos o gastos de imagen. El caso puede ser aún más grave. ¿Y si la fuga está en el uso arbitrario del dinero público y en la compra de influencias? En este caso, se está produciendo un robo a los ciudadanos, muchos de los cuales se esfuerzan por pagar sus impuestos.

Expolio fiscal


Volvamos a la recaudación. Los pequeños empresarios, los autónomos y las familias de clase media sufren una terrible presión fiscal. La agencia tributaria carga sin piedad contra los que no pueden pagar puntualmente sus impuestos. En algunos casos, la presión llega hasta el 80 %. Familias con sueldos bajos y con hijos que mantener apenas pueden llegar a final de mes. El mismo sistema está aplastando a las clases medias y echando fuera de sus límites a muchas personas y familias. Cuando contraen deudas con Hacienda, los recargos pueden aumentar hasta un 20 %. Muchos se desesperan porque, además de la carencia económica, añaden a sus preocupaciones la presión fiscal. Son los trabajadores empobrecidos, que en los últimos años han duplicado su número. En cambio, la ley permite que grandes empresas puedan estar exentas o pagar porcentajes más bajos de impuestos, bajo el pretexto de que generan empleo e invierten en proyectos que benefician a todos.

¿Y los políticos que roban? Ya no sólo no devuelven a los ciudadanos lo robado, sino que se van “de rositas”. Pasan un corto tiempo en la cárcel, salen con cualquier excusa legal y ya está.

El titular de Hacienda debería escuchar a los técnicos que trabajan sin intereses partidistas para aplicar unas reformas y medidas que sean justas, tanto para el estado como para el ciudadano. Se debe recaudar lo necesario, sin aplastar la economía de los hogares, y más aún de los que apenas llegan a final de mes. Existen estudios y recomendaciones independientes que muestran que la fiscalidad se podría aplicar con mayor equidad y sentido ético, aumentando la recaudación y reduciendo la presión sobre los grupos más pobres.

Algunas propuestas


¿Cuál sería mi criterio? A la hora de aplicar la fiscalidad, tener en cuenta estos factores:
-     El trabajo que realiza cada persona.
-     Su sueldo.
-     Sus hijos y familiares al cargo.
-     Gastos mensuales ordinarios.
-     Otras necesidades: ahorro para emergencias, viajes, formación, salud, imprevistos graves.

Por ejemplo, actualmente el límite para hacer la declaración de la renta es de unos 22 000 euros al año. Con esta cantidad, una familia de uno o dos hijos apenas tiene para sus gastos ordinarios. Si la renta per cápita anual en España es de 25 000 euros, todos aquellos que no lleguen a esta suma y que tengan familia a su cargo no deberían declarar rentas. Esto sería lo justo y lo ecuánime. En cambio, las personas cuyos ingresos sean superiores y, por sus gastos y necesidades, tengan beneficios mucho mayores, estas sí deberían pagar, siempre y sin excepción, en proporción a sus ganancias.

Además, sería importante contar con un fondo de emergencia y ayuda a quienes están en riesgo de pobreza. No sólo se trata de frenar la exclusión, sino de favorecer una calidad de vida digna para todos. A los que tienen poco o casi nada no se les puede apretar, necesitan ayuda. Si esto no se arregla, la sociedad se verá cada vez más debilitada, será menos productiva, menos creativa y también menos participativa. Será una sociedad enferma e impotente, donde aniden otros problemas mayores y más preocupantes que el paro y la pobreza. Cuando la sociedad pierde la esperanza, se convierte en un campo abonado para la violencia y toda clase de tiranías.

sábado, febrero 10, 2018

Fiscalidad o expolio - I

Del servicio público a una lucha de intereses


La solidez de un gobierno se mide, entre otras cosas, por su capacidad de gestionar los recursos y su justa distribución. Pero la realidad, tal como la perciben los ciudadanos, es que la política está letalmente herida. Son innumerables los casos de corrupción en diferentes partidos. Los nuevos grupos, que todavía tienen poca experiencia en el gobierno, tampoco están exentos de riesgo. El problema de fondo es la incapacidad de gestionar el poder. Desde siempre la lucha por el poder ha enfrentado a diferentes facciones. En estas luchas todo vale, incluso disfrazando de democracia la feroz competencia por conseguir el sillón. Es una batalla sin cuartel que va debilitando al país y desmoralizando a la ciudadanía. La política ya no se concibe como servicio, sino como un estatus que otorga poder, imagen, notoriedad y, sobre todo, riqueza económica.

No puede ser que los políticos, una vez hayan configurado su gobierno, a veces mediante coaliciones forzadas, olviden sus promesas y su compromiso con los ciudadanos y se lancen a defender su puesto, aun a costa de sus principios. El partidismo anula la vocación de servicio a la ciudadanía de a pie. El voto pierde valor cuando el ciudadano se da cuenta de que aquellos que han asumido el poder, que el pueblo les ha dado, lo utilizan para llenar sus bolsillos y perseguir sus intereses. La mayoría de un congreso, un parlamento o un consistorio, ha dejado de representar a la mayoría social. De aquí el cansancio y la grave abstención de tantas personas que ya no votan porque consideran que su voto no marcará diferencia alguna.

Siempre que hay elecciones los políticos nos quieren ver. Y la ciudadanía es consciente y está hastiada. Cada vez más gente de negocios, empresarios, intelectuales, artistas, no se siente representada por la clase política. Esta es una gran debilidad de la democracia. Muchos ya ni siquiera van a votar en blanco, porque no creen en el sistema electoral.

El poder que ignora la realidad


Podríamos hablar de una patología del poder: un monstruo que se alimenta de falsas esperanzas y utiliza un lenguaje ambiguo, haciendo creer una cosa cuando es otra. El poder se disfraza de sueños para anestesiar a la gente con grandes promesas. Primero, se provoca un sentimiento de culpa a los que no votan, diciendo que no son buenos ciudadanos. Luego, se va inoculando el veneno de la desidia y el fatalismo para que nadie sea capaz de cuestionar la tragedia lacerante que azota muchas vidas. Lo cierto es que las estadísticas y los estudios sociológicos hablan por sí mismos. Hay un paro que hace sangrar a la sociedad. Muchos trabajos son precarios, y no sólo hablamos de temporalidad y bajos salarios, sino de explotación. Hay trabajadores esclavizados, contratados por poco dinero para rendir muchas horas a un ritmo inhumano. Se someten porque no tienen otra opción y necesitan un salario, se agarran “a un clavo ardiente” antes de caer en el paro, donde muchos otros se desesperan tras largos años sin encontrar empleo.

Las gestiones burocráticas se alargan, se multiplica el número de familias que sobreviven como pueden con cuatrocientos euros y sufriendo para que no les embarguen, ya no sólo lo poco que tienen, sino la vivienda. Las personas que están solas en la calle, expuestas al frío, a la inseguridad y a la violencia, son cada vez más. Muchos han caído en depresiones; el paro lleva a la enfermedad, a rupturas matrimoniales, a la bebida y al suicidio.

Me pregunto: ¿no tienen entrañas los políticos ante todo lo que está sucediendo? ¿Cuáles son sus valores? Las ciencias sociales, políticas y económicas sólo facultan para ejercer la gestión pública, pero más allá de la pura administración, ¿cuál es el concepto de persona que hay detrás de los partidos? ¿Qué visión de la realidad tienen? ¿Cuáles son sus creencias? Porque todo esto marcará una ética y una forma de proceder. ¿Cómo se educa hoy un político? Las ideologías son pensamiento abstracto que a menudo alejan de la realidad. La política está enfermizamente ideologizada, aislada del mundo real, y de aquí la incapacidad de los gobernantes para conectar con la calle y atender al sufrimiento de las personas. Hoy, el ejercicio de la política se ha reducido a un espectáculo de luchas por el dinero y el poder. Se manejan ideas bonitas como armas arrojadizas, se juega con los sentimientos de los ciudadanos para arrastrar a la opinión pública pero no hay verdadero servicio, no hay honestidad, ética ni equidad. 

domingo, febrero 05, 2017

Atrapados en el poder

El poder es un tema que siempre ha fascinado. ¿Por qué? Porque es la fuente de nuestras capacidades y potencial creativo, y es clave en nuestra relación con el mundo y con los demás.

Hay un poder positivo, creador. Es el poder de Dios, que engendra y da vida. Es el poder que surge del amor. Los seres humanos, a imagen de Dios, tenemos un poder similar que podemos ejercer con voluntad. Es una fuerza enorme que debe canalizarse y orientarse hacia el bien. De no ser así, puede ser destructor y letal. El poder utilizado para dominar y poseer a los demás es una constante en la historia de la humanidad. Filósofos, literatos, psicólogos y teólogos han explorado su naturaleza ampliamente. El poder se da en el ámbito tanto público como privado. Pero en el público es donde tiene enormes repercusiones a escala mundial.

La lógica enfermiza del poder


El poder no busca el servicio, ni siquiera la justicia, ni el derecho, sino perpetuarse a toda costa, aunque para ello necesite destruir, anular o matar. Quien prueba el poder resbala lentamente hacia el abismo, hasta la fragmentación total de su persona. Viviendo una mentira disfrazada de verdad, el mesianismo político utiliza un discurso de aparente bondad, con argumentos lógicos y bien fundamentados intelectualmente. Pero tras el discurso social se esconde una ambición que manipula el lenguaje y se vale de la ideología para absolutizar el poder en su expresión más patológica. El último objetivo del poder es la idolatría de sí mismo.
El afán de poder es una patología que lleva a quien lo ejerce a una dualidad psicológica temible. Se le escapa la realidad objetiva y se instala en la subjetividad: su concepto de la persona, su libertad y su dignidad quedan teñidos por la ideología que defiende su posición. Por eso los políticos siempre están hablando de macroeconomía, de sociología y de estadísticas, maquillando su imagen y proponiendo planteos generalizados, no concretos, ni personales. A la ideología no le interesa la libertad, el respeto o la dignidad de personas reales y concretas. Por eso siempre acaba hablando de abstracciones. La ideología acaba matando, no solo física, sino socialmente.
La lógica del poder crea adicción: es una droga que enferma la psique y el corazón del poderoso, haciéndolo bulímico. Como un dragón, devora y cada vez quiere más y más, hasta que llega a autodestruirse. El límite del poder es él mismo.
Pero el poder engendra más poder. La ideología, como abstracción de la realidad, sigue en el ADN infectado, como un virus latente que se activa en aquellos que persiguen la fama y el reconocimiento. Su voracidad va creciendo y se valen de las estructuras que el mismo sistema político ha construido para convertirse en líderes de masas donde se resguardan bajo un disfraz seudo-democrático para tapar su pulsión de dominio y manipulación. La verdad les molesta, porque es lo único que las ideologías no pueden matar.

¿Qué es la verdad?


La verdad va más allá de un concepto filosófico; es un concepto moral y teológico. También va más allá de la psicología: cuando se dice que «cada cual tiene su verdad», ¿estamos hablando de la verdad o de opiniones y creencias subjetivas? Nadie puede matar la verdad, aunque quiera, porque no es una idea, ni un sistema sino una certeza que trasciende al mismo ser humano. La verdad es como el aire: no lo puedes cortar ni eliminar, aunque mates a la persona. En el horizonte de la verdad no está el poder, sino el bien, la libertad, la belleza y el amor; esos valores que subyacen en el anhelo más hondo de toda persona. Concibiendo la política como un servicio real, basado en el valor de la verdad, todo esfuerzo irá enfocado a apoyar a los más débiles de la sociedad, porque el primer objetivo será luchar por la dignidad de cada persona, en especial la de aquellas que la han perdido: hombres y mujeres sin techo, indigentes, enfermos, ancianos, niños maltratados, jóvenes sin rumbo…
Los políticos tienen este imperativo categórico y moral, que es inherente a su responsabilidad: no dejar nunca a nadie en el arcén y adoptar las medidas económicas y financieras para asumir el coste de esta labor. Nadie debe quedar fuera, ni de la sociedad, ni del trabajo ni de un hogar. La sociedad civil ha de ser abanderada de una nueva política, ha de ser capaz de hacerse oír por el sistema e interpelar al gobierno: es un deber ciudadano. Por su parte, los gobernantes nunca deberían olvidar la responsabilidad que conlleva su cargo. Solo así se recuperará el sentido de la política, entendida como servicio a la ciudad y dedicada al bien real de las personas —todas las personas—, especialmente las más vulnerables.

domingo, agosto 10, 2014

Corrupción versus solidaridad

Cansados del expolio

Los medios de comunicación arrojan noticias cada vez más alarmantes sobre la corrupción en España. Los nobles y supuestos ideales de las fuerzas políticas con el tiempo van degenerando. El poder está irremediablemente ligado a la corrupción. ¿Qué ha sido del vigor inicial cargado de promesas y con una clara visión ética de la política? ¿Qué pasa cuando los ideales ceden paso a las luchas intestinas por mantenerse en el cargo? Es preocupante. Los ciudadanos han llegado a percibir la cuestión política como un problema social muy grave, como lo puede ser la economía o el terrorismo. Se podría hablar de una situación ya no coyuntural, sino estructural. El poder oscuro, que Tolkien describe tan bien en su obra El señor de los anillos, pervierte y contagia a quien lo toca. El gobernante que por primera vez se sienta en un sillón, quizás cargado de buenas intenciones, poco a poco empieza a sentir el placer de sentirse poderoso. Algo en él se metamorfosea, cambia y sin que se dé cuenta llega a convertirse en una afición patológica; es su tesoro, al que se aferra porque, con él, se llega a sentir como un auténtico dios. Se ha vuelto un adicto.

El ciudadano se siente desarmado e impotente frente a las consecuencias de este poder enfermizo y terrible. Nuestros políticos hablan de servicio, de libertad, de otorgar el poder al pueblo. Palabras talismán que cada vez los ciudadanos creemos menos. Asustan, creando una inseguridad jurídica vestida de democracia. El niño, el adolescente, el estudiante, el empresario, los desempleados, los enfermos de larga duración, las familias sin recursos… Son millones los que sufren una indefensión cada vez mayor. Y, mientras la sociedad padece e intenta sobrevivir, los líderes políticos se aferran al sillón y a sus ideologías para encubrir la flagrante corrupción que practican. Cada nuevo escándalo no es más que la punta de un iceberg enorme, que se ramifica y alcanza a todos los partidos que están o han estado en el poder. Las elecciones no bastan para remediar esto ni representan la voz de todos los ciudadanos, pues la abstención cada vez es mayor y las alternativas son pocas. La justicia que destapa a los corruptos, finalmente, tampoco logra que se cumplan sentencias ni penas apropiadas. No parece sino que la casta política es invulnerable y está por encima del bien y del mal. Las leyes que ellos mismos han aprobado los blindan para manipular la justicia y seguir jugando impunemente con los recursos públicos que aportamos el resto de ciudadanos. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

La economía no crece por la recesión y por la excesiva complicación legislativa, que pone trabas a cualquier pequeño empresario o autónomo. La maquinaria legal bloquea el crecimiento económico de un país de gente creativa, cuya iniciativa se ve ahogada por los requerimientos legales y la enorme presión fiscal. Se expolia al ciudadano de a pie hasta la asfixia y, sin embargo, muchos imputados por corrupción salen indemnes. La hacienda pública, en su incapacidad para mantener el aparato político del gobierno, tira de las rentas más bajas para arañar lo que puede. Un mileurista puede ver su cuenta bancaria embargada por cien euros de deuda, y en cambio se dejan pasar millones de euros desviados por los políticos corruptos. Por otra parte, la ley permite que quienes tengan grandes fortunas puedan evadir los impuestos invirtiendo en bolsa. Entre el expolio de los políticos corruptos y la evasión de los más ricos, el estado tiene que exprimir a los ciudadanos de ingresos medios y bajos para poder sostener el carísimo coste de una estructura de gobierno elefantiásica. Se recorta el gasto en sanidad, educación y ayuda social a los más desfavorecidos, cuando cada vez hay más situaciones que claman al cielo. Las organizaciones humanitarias necesitan más apoyo que nunca y, cuando ven que las subvenciones se reducen o desaparecen, la respuesta siempre es la misma: no hay dinero.

¿No hay dinero? Mejor sería preguntar: ¿dónde está el dinero?

Una propuesta

Propongo lo siguiente. Obligar a los políticos, empresarios y banqueros corruptos a devolver todo lo robado, además de someterse a un juicio penal. Y que estas cantidades devueltas se dividan en cuatro partidas iguales para reforzar los pilares del bienestar: la primera que se destine a reforzar el fondo para las pensiones, la segunda para la sanidad pública, otra para mejorar la educación y la cuarta para aumentar el apoyo a la solidaridad, es decir, a favor de las ONG que se dedican a ayudar a los más desfavorecidos. De esta manera, el dinero robado al ciudadano volvería a revertir en la ciudadanía, especialmente los sectores más débiles y necesitados.

La corrupción es tan alta que se podrían resolver muchos problemas consolidando estas cuatro acciones. Qué mejor destino para un dinero sucio y prostituido que limpiar y paliar el dolor de tantas personas que se ven en la indigencia, física y moral, y que están desprotegidas ante un estado que ha olvidado al que tiene poco y al que no tiene nada y vive en la miseria. Si la finalidad de la política no es ocuparse de las personas, especialmente de las más vulnerables, estamos convirtiendo el servicio en poder. Y cuando esto sucede, le hemos quitado el alma a la política. Esta pierde su razón de ser, olvida toda ética y, como consecuencia, la corrupción, el abuso y la manipulación proliferan.

Los ciudadanos aún somos libres. Tenemos muchas formas y recursos para organizarnos y, de manera legal, hacer propuestas y aunar fuerzas para que nuestros representantes hagan justicia y sirvan, de verdad, a todo el pueblo. Basta que lo creamos. ¡Pongámonos manos a la obra! 

domingo, noviembre 04, 2012

Lanzados hacia el abismo


Una tragedia evitable

Todos hemos quedado sobrecogidos ante la noticia del fallecimiento de tres muchachas en una fiesta en Madrid ―Katia, Rocío y Cristina― y posteriormente de otra amiga del mismo grupo ―Belén―. Esta tragedia ocurrida la noche del 31 de octubre, la víspera de Todos los Santos, no ha dejado de ser motivo de discusión en tertulias radiofónicas y televisivas y ha hecho correr riadas de tinta, llenando los periódicos.

Ciertamente, es un triste acontecimiento que no ha dejado indiferente a nadie. Se están estudiando las causas que ocasionaron esta desventura y se está reclamando que se depuren las responsabilidades del accidente, legales e incluso políticas. Pero, más allá de estas cuestiones y de delimitar lo punible en este caso, tenemos que reflexionar en el núcleo del problema. Esta tragedia nos lleva a pensar en la estructura familiar que tenemos, en los modelos de adultos donde se miran los jóvenes, en la filosofía que concibe al ser humano como una pieza más de un engranaje consumista, en la concepción de la economía donde la ganancia es el valor absoluto, por encima del valor de la persona y el respeto a su dignidad.

Una huida hacia adelante

¿Qué modelo educativo tenemos? Antes, la familia era el principal ámbito educativo, seguida de la escuela y el entorno social. Los valores se transmitían de padres a hijos y eran asumidos en el día a día, pues no solo se inculcaban, sino que se vivían. Actualmente, la educación de los jóvenes parece basarse en argumentos desintegradores, que varían en función de la ideología del grupo político que ostenta el poder. ¿Cómo se concibe el aspecto lúdico? ¿Se busca el servicio y el bien de la persona? La falta de valores recios y sólidos que contribuyan a la humanización está llevando a los jóvenes hacia un vertiginoso abismo existencial, lanzándolos al vacío.

¿Son los jóvenes culpables de esta situación trágica que vivimos? ¿Dónde está el verdadero origen de estos sucesos lamentables? Podríamos decir que los jóvenes han perdido la referencia de unos valores éticos y religiosos que ayuden a vertebrar al individuo en su proyección social. Con la excusa fácil de no querer influenciarles, les estamos negando algo connatural: la apertura hacia la trascendencia, la espiritualidad, el silencio. Darles una educación religiosa no es coartar su libertad, sino abrirles un horizonte nuevo y amplísimo, que les llevará a interrogarse sobre el sentido de la existencia.

Es verdad que no podemos generalizar; hay jóvenes que se toman la vida muy en serio. Pero también hay una riada de gente joven que da la impresión de vagar, perdida, en un laberinto sin salida, falta de soporte, de referencia, de modelos coherentes.

¿Por qué esa necesidad de explotar la noche en un ambiente sórdido, entre música estridente, bebida, griterío, hasta llegar a poner en riesgo la propia vida? ¿Qué les pasa a nuestros jóvenes, que no saben valorar la palabra sensible de un amigo, un paseo plácido al atardecer, o simplemente escuchar una suave melodía musical que les abra el espíritu? ¿Qué les pasa, que temen el aburrimiento, la soledad, encontrarse con sí mismos? La responsabilidad les aterra y rechazan unas relaciones humanas que les exijan entrega y esfuerzo. Quizás por eso escapan de unos padres que no les entienden, de una sociedad ambigua e individualista, de unos políticos que les mienten, de una economía que los explota, de unos adultos que sobreviven en el tedio, de unas instituciones educativas que han convertido la educación en adoctrinamiento ideológico.

¿Qué necesidad tiene el joven de meterse en un tugurio, consumiendo alcohol y drogas sin control? Quizás necesita experimentar el vértigo, la huida de la realidad. Le da miedo encontrarse con el yo más profundo de su alma, porque no tiene soporte ni modelos para gestionar su propia identidad.

La raíz del problema

Un estudio realizado por el Teléfono de la Esperanza muestra que la primera causa de muerte entre los jóvenes es el suicidio. Las cifras sobrecogen. ¿Es posible que en la juventud, esta etapa en la que el corazón estalla por vivir, se pueda experimentar tal hastío que se desee la muerte? La muerte abrupta de un joven causa dolor y espanto, pero… ¿cuántos jóvenes se están suicidando lentamente, noche tras noche, fiesta tras fiesta?

Lo nuclear del problema está en el propio modelo de familia. Son muchos los padres que han hecho dejación de su tarea educativa ante la complejidad de acompañar y amar a un adolescente. No saben cómo ayudarle a construir su propia identidad, les pesa educar, no se sienten preparados para esta ingente misión y, muchos, se rinden.

Pero ni los políticos ni las instituciones educativas podrán jamás suplir esta responsabilidad de los padres. Entre otras cosas, porque ellos son los engendradores de sus hijos, no las instituciones. Y porque los hijos, antes que nada, lo primero que necesitan es sentir el amor y la aceptación de sus padres. Los hijos necesitan tiempo y muchos padres, por los motivos que sea, les niegan esa dedicación necesaria intentando sustituirla, inútilmente, por espacios recreativos, objetos de consumo o distracciones.  El niño aprende, desde muy pequeño, que tiene derecho a todo lo que desea, y que todo puede comprarse y venderse sin esfuerzo. ¿Cómo extrañarse, luego, de que los hijos sean incapaces de tomar las riendas de su vida y se lancen a una huida desbocada hacia la nada?

Si las familias del entorno, la sociedad y las instituciones han de ejercer una labor subsidiaria que ayude a los padres a tener las herramientas necesarias para educar a sus hijos, esta tarea debe emprenderse siempre desde el amor, la humildad y el diálogo. Solo así, desde la co-responsabilidad de los agentes educativos, sobre una pedagogía basada en la comprensión y el diálogo, con enormes dosis de paciencia, podremos ayudar a nuestros jóvenes a expresarse y a crecer. Sin olvidar que el mayor modelo y referencia para los hijos son sus propios padres y su coherencia vital. De esta manera, el abismo se convertirá en claridad y el vacío en apertura. Y ambos, padres e hijos, tendrán el valor de aprender a escucharse, a sí mismos y a los demás, sin miedo a la lucha y al sacrificio.

 Joaquín Iglesias
4 de noviembre 2012