domingo, agosto 10, 2014

Corrupción versus solidaridad

Cansados del expolio

Los medios de comunicación arrojan noticias cada vez más alarmantes sobre la corrupción en España. Los nobles y supuestos ideales de las fuerzas políticas con el tiempo van degenerando. El poder está irremediablemente ligado a la corrupción. ¿Qué ha sido del vigor inicial cargado de promesas y con una clara visión ética de la política? ¿Qué pasa cuando los ideales ceden paso a las luchas intestinas por mantenerse en el cargo? Es preocupante. Los ciudadanos han llegado a percibir la cuestión política como un problema social muy grave, como lo puede ser la economía o el terrorismo. Se podría hablar de una situación ya no coyuntural, sino estructural. El poder oscuro, que Tolkien describe tan bien en su obra El señor de los anillos, pervierte y contagia a quien lo toca. El gobernante que por primera vez se sienta en un sillón, quizás cargado de buenas intenciones, poco a poco empieza a sentir el placer de sentirse poderoso. Algo en él se metamorfosea, cambia y sin que se dé cuenta llega a convertirse en una afición patológica; es su tesoro, al que se aferra porque, con él, se llega a sentir como un auténtico dios. Se ha vuelto un adicto.

El ciudadano se siente desarmado e impotente frente a las consecuencias de este poder enfermizo y terrible. Nuestros políticos hablan de servicio, de libertad, de otorgar el poder al pueblo. Palabras talismán que cada vez los ciudadanos creemos menos. Asustan, creando una inseguridad jurídica vestida de democracia. El niño, el adolescente, el estudiante, el empresario, los desempleados, los enfermos de larga duración, las familias sin recursos… Son millones los que sufren una indefensión cada vez mayor. Y, mientras la sociedad padece e intenta sobrevivir, los líderes políticos se aferran al sillón y a sus ideologías para encubrir la flagrante corrupción que practican. Cada nuevo escándalo no es más que la punta de un iceberg enorme, que se ramifica y alcanza a todos los partidos que están o han estado en el poder. Las elecciones no bastan para remediar esto ni representan la voz de todos los ciudadanos, pues la abstención cada vez es mayor y las alternativas son pocas. La justicia que destapa a los corruptos, finalmente, tampoco logra que se cumplan sentencias ni penas apropiadas. No parece sino que la casta política es invulnerable y está por encima del bien y del mal. Las leyes que ellos mismos han aprobado los blindan para manipular la justicia y seguir jugando impunemente con los recursos públicos que aportamos el resto de ciudadanos. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

La economía no crece por la recesión y por la excesiva complicación legislativa, que pone trabas a cualquier pequeño empresario o autónomo. La maquinaria legal bloquea el crecimiento económico de un país de gente creativa, cuya iniciativa se ve ahogada por los requerimientos legales y la enorme presión fiscal. Se expolia al ciudadano de a pie hasta la asfixia y, sin embargo, muchos imputados por corrupción salen indemnes. La hacienda pública, en su incapacidad para mantener el aparato político del gobierno, tira de las rentas más bajas para arañar lo que puede. Un mileurista puede ver su cuenta bancaria embargada por cien euros de deuda, y en cambio se dejan pasar millones de euros desviados por los políticos corruptos. Por otra parte, la ley permite que quienes tengan grandes fortunas puedan evadir los impuestos invirtiendo en bolsa. Entre el expolio de los políticos corruptos y la evasión de los más ricos, el estado tiene que exprimir a los ciudadanos de ingresos medios y bajos para poder sostener el carísimo coste de una estructura de gobierno elefantiásica. Se recorta el gasto en sanidad, educación y ayuda social a los más desfavorecidos, cuando cada vez hay más situaciones que claman al cielo. Las organizaciones humanitarias necesitan más apoyo que nunca y, cuando ven que las subvenciones se reducen o desaparecen, la respuesta siempre es la misma: no hay dinero.

¿No hay dinero? Mejor sería preguntar: ¿dónde está el dinero?

Una propuesta

Propongo lo siguiente. Obligar a los políticos, empresarios y banqueros corruptos a devolver todo lo robado, además de someterse a un juicio penal. Y que estas cantidades devueltas se dividan en cuatro partidas iguales para reforzar los pilares del bienestar: la primera que se destine a reforzar el fondo para las pensiones, la segunda para la sanidad pública, otra para mejorar la educación y la cuarta para aumentar el apoyo a la solidaridad, es decir, a favor de las ONG que se dedican a ayudar a los más desfavorecidos. De esta manera, el dinero robado al ciudadano volvería a revertir en la ciudadanía, especialmente los sectores más débiles y necesitados.

La corrupción es tan alta que se podrían resolver muchos problemas consolidando estas cuatro acciones. Qué mejor destino para un dinero sucio y prostituido que limpiar y paliar el dolor de tantas personas que se ven en la indigencia, física y moral, y que están desprotegidas ante un estado que ha olvidado al que tiene poco y al que no tiene nada y vive en la miseria. Si la finalidad de la política no es ocuparse de las personas, especialmente de las más vulnerables, estamos convirtiendo el servicio en poder. Y cuando esto sucede, le hemos quitado el alma a la política. Esta pierde su razón de ser, olvida toda ética y, como consecuencia, la corrupción, el abuso y la manipulación proliferan.

Los ciudadanos aún somos libres. Tenemos muchas formas y recursos para organizarnos y, de manera legal, hacer propuestas y aunar fuerzas para que nuestros representantes hagan justicia y sirvan, de verdad, a todo el pueblo. Basta que lo creamos. ¡Pongámonos manos a la obra! 

domingo, noviembre 04, 2012

Lanzados hacia el abismo


Una tragedia evitable

Todos hemos quedado sobrecogidos ante la noticia del fallecimiento de tres muchachas en una fiesta en Madrid ―Katia, Rocío y Cristina― y posteriormente de otra amiga del mismo grupo ―Belén―. Esta tragedia ocurrida la noche del 31 de octubre, la víspera de Todos los Santos, no ha dejado de ser motivo de discusión en tertulias radiofónicas y televisivas y ha hecho correr riadas de tinta, llenando los periódicos.

Ciertamente, es un triste acontecimiento que no ha dejado indiferente a nadie. Se están estudiando las causas que ocasionaron esta desventura y se está reclamando que se depuren las responsabilidades del accidente, legales e incluso políticas. Pero, más allá de estas cuestiones y de delimitar lo punible en este caso, tenemos que reflexionar en el núcleo del problema. Esta tragedia nos lleva a pensar en la estructura familiar que tenemos, en los modelos de adultos donde se miran los jóvenes, en la filosofía que concibe al ser humano como una pieza más de un engranaje consumista, en la concepción de la economía donde la ganancia es el valor absoluto, por encima del valor de la persona y el respeto a su dignidad.

Una huida hacia adelante

¿Qué modelo educativo tenemos? Antes, la familia era el principal ámbito educativo, seguida de la escuela y el entorno social. Los valores se transmitían de padres a hijos y eran asumidos en el día a día, pues no solo se inculcaban, sino que se vivían. Actualmente, la educación de los jóvenes parece basarse en argumentos desintegradores, que varían en función de la ideología del grupo político que ostenta el poder. ¿Cómo se concibe el aspecto lúdico? ¿Se busca el servicio y el bien de la persona? La falta de valores recios y sólidos que contribuyan a la humanización está llevando a los jóvenes hacia un vertiginoso abismo existencial, lanzándolos al vacío.

¿Son los jóvenes culpables de esta situación trágica que vivimos? ¿Dónde está el verdadero origen de estos sucesos lamentables? Podríamos decir que los jóvenes han perdido la referencia de unos valores éticos y religiosos que ayuden a vertebrar al individuo en su proyección social. Con la excusa fácil de no querer influenciarles, les estamos negando algo connatural: la apertura hacia la trascendencia, la espiritualidad, el silencio. Darles una educación religiosa no es coartar su libertad, sino abrirles un horizonte nuevo y amplísimo, que les llevará a interrogarse sobre el sentido de la existencia.

Es verdad que no podemos generalizar; hay jóvenes que se toman la vida muy en serio. Pero también hay una riada de gente joven que da la impresión de vagar, perdida, en un laberinto sin salida, falta de soporte, de referencia, de modelos coherentes.

¿Por qué esa necesidad de explotar la noche en un ambiente sórdido, entre música estridente, bebida, griterío, hasta llegar a poner en riesgo la propia vida? ¿Qué les pasa a nuestros jóvenes, que no saben valorar la palabra sensible de un amigo, un paseo plácido al atardecer, o simplemente escuchar una suave melodía musical que les abra el espíritu? ¿Qué les pasa, que temen el aburrimiento, la soledad, encontrarse con sí mismos? La responsabilidad les aterra y rechazan unas relaciones humanas que les exijan entrega y esfuerzo. Quizás por eso escapan de unos padres que no les entienden, de una sociedad ambigua e individualista, de unos políticos que les mienten, de una economía que los explota, de unos adultos que sobreviven en el tedio, de unas instituciones educativas que han convertido la educación en adoctrinamiento ideológico.

¿Qué necesidad tiene el joven de meterse en un tugurio, consumiendo alcohol y drogas sin control? Quizás necesita experimentar el vértigo, la huida de la realidad. Le da miedo encontrarse con el yo más profundo de su alma, porque no tiene soporte ni modelos para gestionar su propia identidad.

La raíz del problema

Un estudio realizado por el Teléfono de la Esperanza muestra que la primera causa de muerte entre los jóvenes es el suicidio. Las cifras sobrecogen. ¿Es posible que en la juventud, esta etapa en la que el corazón estalla por vivir, se pueda experimentar tal hastío que se desee la muerte? La muerte abrupta de un joven causa dolor y espanto, pero… ¿cuántos jóvenes se están suicidando lentamente, noche tras noche, fiesta tras fiesta?

Lo nuclear del problema está en el propio modelo de familia. Son muchos los padres que han hecho dejación de su tarea educativa ante la complejidad de acompañar y amar a un adolescente. No saben cómo ayudarle a construir su propia identidad, les pesa educar, no se sienten preparados para esta ingente misión y, muchos, se rinden.

Pero ni los políticos ni las instituciones educativas podrán jamás suplir esta responsabilidad de los padres. Entre otras cosas, porque ellos son los engendradores de sus hijos, no las instituciones. Y porque los hijos, antes que nada, lo primero que necesitan es sentir el amor y la aceptación de sus padres. Los hijos necesitan tiempo y muchos padres, por los motivos que sea, les niegan esa dedicación necesaria intentando sustituirla, inútilmente, por espacios recreativos, objetos de consumo o distracciones.  El niño aprende, desde muy pequeño, que tiene derecho a todo lo que desea, y que todo puede comprarse y venderse sin esfuerzo. ¿Cómo extrañarse, luego, de que los hijos sean incapaces de tomar las riendas de su vida y se lancen a una huida desbocada hacia la nada?

Si las familias del entorno, la sociedad y las instituciones han de ejercer una labor subsidiaria que ayude a los padres a tener las herramientas necesarias para educar a sus hijos, esta tarea debe emprenderse siempre desde el amor, la humildad y el diálogo. Solo así, desde la co-responsabilidad de los agentes educativos, sobre una pedagogía basada en la comprensión y el diálogo, con enormes dosis de paciencia, podremos ayudar a nuestros jóvenes a expresarse y a crecer. Sin olvidar que el mayor modelo y referencia para los hijos son sus propios padres y su coherencia vital. De esta manera, el abismo se convertirá en claridad y el vacío en apertura. Y ambos, padres e hijos, tendrán el valor de aprender a escucharse, a sí mismos y a los demás, sin miedo a la lucha y al sacrificio.

 Joaquín Iglesias
4 de noviembre 2012

domingo, octubre 21, 2012

La respuesta de una sociedad adulta


Una realidad acuciante

Las cifras del paro cada vez son más altas: familias enteras pierden su empleo y muchas no pueden acceder a un subsidio. La falta de trabajo y de ingresos las lleva al límite: cada vez hay más gente que vive situaciones angustiosas. Tiradas en el arcén de la vida, sin esperanza ante un futuro incierto, hacen cola en los comedores sociales o en las parroquias, para buscar alimentos.

Ya no se trata de indigentes o sin hogar, sino de personas que han perdido un empleo estable y han pasado del paro a la pobreza, y de la pobreza a la miseria y a la angustia vital, a la pérdida de horizontes y de esperanzas. ¿Qué hacer para poder paliar el dolor de tantas y tantas personas? ¿Depende de nosotros? ¿Qué podemos hacer realmente? Quizás pensamos que lo que podamos hacer es insuficiente. ¿Vale la pena hacer algo si no vamos a arreglar el problema estructural que origina esta pobreza?

Es verdad que la solución depende de muchos factores que escapan a nuestro alcance. Hay que establecer unas políticas adecuadas que eviten el derroche de las instituciones,  pero también hay que ser conscientes de que no podemos vivir por encima de nuestras posibilidades. Quizás una parte de esta crisis ha sido causada por no tener claras las prioridades. La falta de previsión de las autoridades gubernamentales, pero también de las empresas y de las familias, la falta de criterios éticos en el reparto de la riqueza, la poca sensibilidad ante el dolor humano, todo esto ciertamente ha contribuido a la actual crisis económica.

Pero no nos quedemos en la epidermis del asunto. Más allá de unas estructuras económicas, la raíz del problema está en la ambición. Ya no hablamos de instituciones, sino de valores que configuran nuestra forma de entender la vida y la persona, su bien, su crecimiento, su libertad, sus derechos y oportunidades. ¿Qué visión tenemos de la realidad? ¿Cómo entendemos el mundo y la persona? La crisis nos pone ante una situación incómoda, pero en la forma de actuar estamos revelando nuestra propia identidad y cómo nos situamos ante el mundo.

Las consecuencias de nuestra pasividad

Podríamos decir que hemos hecho dejación de uno de nuestros primeros deberes como ciudadanos. Hemos consentido a los políticos que hicieran lo que quisieran. Con todo el aparato mediático al servicio del partido que detenta el poder, hemos permitido que penetraran en nuestra conciencia. Los impactos de los medios nos han modelado según una ideología, logrando subvertir nuestros valores. Los ciudadanos hemos renunciado a protagonizar la construcción de la sociedad que queremos. Si no empezamos a actuar con nuestro voto útil y realista, dejaremos que la situación se nos vaya de las manos y todos caeremos idiotizados por las ideas que se nos infiltran. Y lo pagaremos muy caro.

Son muchos los grupos e intelectuales que se cuestionan la gestión de nuestros gobernantes. ¿Cuál es el modelo social y político que queremos? La auténtica crisis viene de aquí, y de ella se derivan la crisis económica y las enormes desigualdades que afectan a todo el planeta, llegando en algunos lugares a límites insoportables.

Se habla de las grandes multinacionales que explotan los recursos y utilizan una mano de obra casi esclava, en condiciones infrahumanas. Se denuncia el robo de los bancos, que expolian a los ciudadanos. Pero, ¿quién lo consiente? Los políticos, que con su complicidad contribuyen a ahondar la brecha entre ricos y pobres. E, indirectamente, los ciudadanos que los estamos votando.

Aún peores son los grandes negocios de la muerte, que se lucran vendiendo armas y personas, fomentando la prostitución, el aborto, la trata de mujeres y niños, el tráfico de drogas. Todo esto lo sabemos, y aún y así seguimos consintiendo que los políticos no se pongan manos a la obra y no legislen con rotundidad en aquello que afecta a la dignidad de la persona. Somos incapaces de convertir nuestro voto en un voto ético, eficaz y productivo.

Podemos hacer algo

La solución a la pobreza pasa por un modelo social nuevo y por revitalizar los valores éticos de nuestros gobernantes. Se sigue derrochando sin criterio alguno y se recorta, en cambio, en educación, en sanidad, en solidaridad. Ese nuevo modelo social, necesario, sitúa a la persona en el centro de toda actuación política: la persona y su dignidad, su libertad, sus derechos y su desarrollo. Cuando el poder, el tener y la corrupción están en el centro de toda actuación política, inevitablemente la sociedad va hacia el abismo.

Nuestro voto reflexivo puede llegar a frenar esta máquina destructora que amenaza el desarrollo y la plenitud de la persona. Ojala todos tomemos conciencia de que el mundo está en nuestras manos ―en las de todos― y que nuestro compromiso para mejorarlo es un deber que hemos de asumir el conjunto de la sociedad. Solo de esta manera, no sin sacrificios, podremos construir un nuevo orden económico, que pasará por desterrar el poder y convertirlo en una estructura de servicio para el bien de las personas.

La solidaridad es una respuesta a la crisis económica y política que atravesamos. Pero a los ciudadanos nos falta una toma de conciencia más decidida: si queremos, podemos cambiar la situación. La suma de muchos votos, la acción de muchos ciudadanos unidos, puede realmente obligar a reaccionar a los gobiernos.

La globalización de la solidaridad ha de ser el nuevo paradigma de los políticos, las instituciones y las empresas, así como de las organizaciones ciudadanas, las familias y las personas. Solo así estaremos dando respuesta a la crisis actual.

domingo, mayo 15, 2011

¡Urgente!, un nuevo paradigma político

Tras leer varios editoriales de tendencias y posturas ideológicas diversas, tras escuchar a mucha gente de mi alrededor y algunos debates sobre economía y gestión política, compruebo que la inquietud y el pesimismo cunden en las diferentes capas de la sociedad, que vive sumergida en un abatimiento existencial profundo. Esto me lleva inevitablemente a cuestionarme sobre la auténtica salida de la crisis económica, más allá de las medidas concretas que se tomen. Todo esfuerzo para evitar gastos innecesarios será poco, aunque una de las claves para entender la crisis y sus posibles consecuencias pasa por una reflexión ética y filosófica de nuestra política.

Una nueva visión de la política

No sólo se necesita un nuevo orden económico, sino una nueva visión de la política, basada en una exigencia ética y personal de todos aquellos que ejercen un servicio a los ciudadanos. Sin un nuevo paradigma político no saldremos de la crisis, porque aunque sí que es verdad que la crisis global puede afectar a nuestra economía nacional y local, hay factores de adentro que agravan mucho esta situación en el contexto de una comunidad más reducida. La solución pasa por una gestión eficaz de las diferentes áreas del gobierno, depurando intenciones ocultas de ambición y poder, y eliminando gastos superfluos y derroches. Los políticos quizás no son culpables de la crisis, pero sí son responsables a la hora de afrontarla con eficacia. La obsesión enfermiza de mantenerse a toda costa en el poder, utilizando los recursos y el dinero público, resulta costosísima al ciudadano. Amiguismos, clientelismos, ambición desenfrenada y avidez por el dinero corrompen a la clase política. Los sobresueldos que nuestros gobernantes se asignan sin escrúpulo alguno le cuestan a la ciudadanía cantidades astronómicas y escandalosas que podrían servir para paliar los efectos de la crisis o reactivar la economía.

No saldremos de este bache si nuestro pensamiento no está basado en una concepción antropológica que tenga su centro en el profundo respeto a la dignidad del ser humano, dentro de una fraternidad existencial colectiva, y cuidando especialmente a los más frágiles. Una apuesta por una política y una economía humanizadoras puede ayudar a solucionar la crisis. Si nuestro voto no es un voto moral, fruto de una profunda reflexión, estaremos contribuyendo a que la crisis se alargue y continúe.

Los ciudadanos somos agentes de cambio

Es necesario un análisis a fondo sobre nuestra sociedad actual. Los ciudadanos somos agentes necesarios para crear un nuevo paradigma político. Somos actores, activos, en la creación de la sociedad del futuro. No podemos permitirnos que los políticos manipulen nuestras vidas y nos expolien a base de impuestos para engrosar sus bolsillos y mantenerse en el poder. Tampoco podemos consentir que el lenguaje falaz de las diferentes tendencias políticas utilice palabras talismán como progreso, bienestar social, libertad…, conceptos que suenan bien, pero que forman parte de una estrategia para jugar con los sentimientos y anestesiar a la sociedad.

La ciudadanía se ha de convertir en pedagogo de los futuros políticos. Si no asumimos este compromiso, nos encontraremos con una clase política absolutamente corrupta, capaz de degenerar la sociedad. O creamos una nueva cultura política o vamos hacia el abismo y el caos.

Por tanto, hemos de ser conscientes de que, en cada voto, nos estamos jugando el futuro de los próximos años y las nuevas generaciones. Tomemos conciencia realista del presente: podemos evitar un naufragio del mañana.

La persona por encima de las ideas

Los políticos, que llenan su discurso hablando de las personas, han de situar en el centro de su actividad el bien real de la gente. Deben darse cuenta de que la persona, con su dignidad, su libertad y su deseo de crecer socialmente, está por encima de cualquier ideología o sistema filosófico. De lo contrario, se perderán en el laberinto de su ambición y utilizarán a las personas para sus fines, alejándose de la realidad y de las aspiraciones y necesidades de la gente. La vocación política ha de ser entendida como un servicio. Si en ella no hay amor, generosidad y desprendimiento, no será eficaz desde el punto de vista humano.

Ojalá todos aquellos que tenemos una visión cristiana de la vida, que consideramos a la persona sagrada, y que hacemos una opción por los más necesitados, podamos aportar estos valores a un nuevo orden social, económico y político basado en la figura apasionante de Jesús de Nazaret, el hombre que renunció al poder y dio su vida por los demás. Sólo de esta manera evitaremos la demagogia que ha impregnado la vida política y podremos recuperar la dignísima labor, casi sacerdotal, de todos aquellos que se dedican a la actividad política como entrega generosa y sacrificada a favor de los ciudadanos.

domingo, diciembre 10, 2006

Los jóvenes y el futuro de la democracia

Uno de los fenómenos sociales que está preocupando más en los últimos años es todo el conjunto de problemas que se dan entre la juventud. Los jóvenes siempre han sido un colectivo tachado de rebelde y conflictivo, no ahora, sino desde los albores de la historia. Un adolescente es una persona en fase de crecimiento y de maduración de su personalidad, y por este motivo su rebeldía y los ajustes, a menudo dramáticos, que deben producirse durante esa etapa de su vida no deben sorprendernos ni alarmarnos. Pero realidades como la violencia, la escalada geométrica de los trastornos psicológicos, la desestructuración familiar, el fracaso escolar y las adicciones a edades cada vez más tempranas requieren de una profunda reflexión que lleve a tomar medidas desde todas las instancias sociales.

He aquí algunas ideas y propuestas que podrían contribuir a mejorar estas situaciones

Educar afectivamente

Desde hace unas décadas se viene insistiendo en la importancia de la llamada educación emocional o de los sentimientos. Los agentes educativos de los jóvenes -comenzando por los padres, e incluyendo a los maestros y profesores- tienen un papel fundamental en la educación afectiva y sexual de los niños y adolescentes. Esta no puede darse sin un diálogo interpersonal, respetuoso y atento. Sobre estas premisas: diálogo y educación de los sentimientos y las relaciones, puede establecerse una armonía intergeneracional y favorecerse un crecimiento más sano y equilibrado de los jóvenes. No olvidemos que, previa a la escuela, esta educación se da fundamentalmente en la familia.

Explorar el potencial de cada cual

Otros dos aspectos muy interesantes a desarrollar en los niños son su potencial lúdico, a través del deporte y los juegos, así como sus capacidades artísticas, ya sea para la pintura, la música, la expresión corporal... Finalmente, una educación apoyada en una buena práctica, y en contacto con la realidad, permitirá que el niño se adentre en las ciencias y pueda comprender y formular, desde las experiencias concretas, un pensamiento abstracto.

La educación, como ya señalaron destacados pedagogos, debe fundamentarse en la realidad y en la experiencia. Esto puede desvelar en los niños el gusto por el estudio y por determinadas materias, y les puede permitir descubrir, con los años, su vocación y sus preferencias.

Educar en valores

La educación debe complementarse fomentando el sentido de la solidaridad y el amor. De este modo, el niño aprenderá a superar poco a poco sus tendencias individualistas y egocéntricas y estará preparado, en su día, para formar parte de una sociedad democrática y sentirse persona incluida y activa dentro de su comunidad, responsable ante sus conciudadanos.

La preservación de los estados democráticos requerirá una honda insistencia en la educación de los más jóvenes, para que éstos aprendan aquellos valores que han hecho posible consolidarlos y no sólo esto, sino que puedan, en su día, renovar la democracia e impedir que muera, anquilosada y enrarecida. Hoy día vemos cómo la desconfianza creciente de los ciudadanos hacia los políticos, la inseguridad, la corrupción y el desencanto amenazan con convertir las democracias en disfraces de una sutil dictadura de mayorías muy relativas, que sólo representan a una fracción muy concreta de la población. La falta de educación de las generaciones de futuros adultos puede agravar esta situación.

La historia, sin resentimientos

Una buena educación en valores y la comprensión justa e imparcial de la historia puede contribuir a fortalecer la democracia. En estos días, en que se habla tanto de la memoria histórica, conviene recordar que gracias a todo cuanto ha sucedido en el pasado, los presentes existimos y estamos aquí. Si la historia hubiera sido diferente, posiblemente la mayoría de cuantos vivimos ahora no existiríamos. Habrían nacido otros seres humanos sobre la tierra, pero nunca hubiéramos sido nosotros. En la enseñanza de la historia conviene no culpabilizar a los presentes de los errores del pasado, ni tampoco asumir culpas que no cometimos. No podemos recriminarnos nada de cuanto hicieron nuestros antecesores. Enseñar la historia sin resentimientos es clave para formar generaciones auténticamente democráticas y creativas. Liberados de culpa, podemos mirar hacia adelante y construir un presente y un futuro sobre una base de reconciliación. La historia debe alentarnos a no repetir los errores del pasado y, en cambio, animarnos a construir, humildemente, un mundo más aceptable que respete a todos los individuos y a todos los grupos sociales, con sus diversas formas de pensar, vivir y expresarse.

domingo, octubre 01, 2006

La voz de los niños

Tras el boom demográfico de los años 70 y el protagonismo adquirido por la infancia en las décadas posteriores, hoy los niños vuelven a ser un tema recurrente en los medios de comunicación y en las arenas políticas, por motivos diferentes. Por un lado, a las ricas sociedades occidentales les preocupa la baja natalidad de su población nativa y los estados procuran, con diversas medidas, incentivar a las familias para que engendren más hijos, a fin de asegurar el relevo generacional y la sostenibilidad económica del conjunto social.

Por otro lado, tristemente son cada vez más las noticias que nos llegan de otras realidades: las de la infancia marginada y maltratada, sometida a toda clase de vejaciones y abusos, no sólo en los países pobres, donde los menores son esclavizados y explotados, sino en nuestros países del "primer mundo", donde la violencia se extiende cada vez más en los hogares y en el ámbito escolar.

Las instituciones internacionales y muchas ONG están trabajando en diversos países para erradicar el abuso y la explotación infantil, así como para paliar la pobreza, que afecta con especial dureza a las mujeres y a los niños.

La huella de la infancia en el adulto

Por otra parte, desde la psicología se está viendo que la vida y las actitudes de los adultos están marcados por las experiencias pasadas de su infancia. Muchas personas no han superado traumas infantiles: esto les produce inestabilidad emocional o las hace ser ingenuas, inmaduras o poco aptas para afrontar los conflictos y las realidades cotidianas. Para muchas de ellas es difícil "tocar de pies a tierra". Todas estas fijaciones hacen ver la importancia de una adecuada educación de los niños que los ayude a crecer armónicamente para que sepan madurar y, a la vez, cuando sean adultos, sepan desarrollar todo su potencial y conserven en su corazón todo cuanto de bueno tenían ya desde su infancia.

Es un deber social ayudar a los niños a crecer y a arraigarse en este mundo, cultivando en ellos la solidaridad y la sensibilidad hacia las personas más débiles y necesitadas. Hemos de enseñarlos a ser libres, con lo que esto significa: hacerse responsables de sus actos. Hemos de potenciar su creatividad y ayudarlos a soñar sin que por ello huyan de la realidad.

Convivir y crecer con los niños

El testimonio de los adultos debe animarlos a ser fieles y respetuosos con sus amigos, agradecidos, serviciales, y también reflexivos. Los niños han de aprender a buscar espacios de soledad y silencio, cada cual a su manera, para irse reencontrando consigo mismos y abriéndose al misterio de lo trascendente.

Los adultos y los jóvenes hemos de ser los primeros juguetes, y los más tiernos, para los niños. Con nuestros juegos ellos aprenden a amar a aquellos que los aman y cuidan. Es así como ellos y nosotros aprenderemos mutuamente unos de otros y, juntos, podremos ajardinar un poco más el mundo.

Cada vez más los niños dejan de ser "los que no hablan" (pues este es el significado de la palabra infante en latín). Sus palabras aportan chispas de alegría y de creatividad a la sociedad. Ellos son impulso para los adultos y los ancianos, gozo y esperanza para una sociedad estresada, lanzada agresivamente a la competitividad. Los niños son banderas proyectadas hacia el futuro de una nueva sociedad que deberá escuchar su voz.

domingo, septiembre 03, 2006

Silencio libre y silencio impuesto

Dos clases de silencio

Existen silencios que son constructivos y edificantes para las personas; éstos llevan a vivir la vida desde una perspectiva de paz que impregna todo el ser.

Toda persona que tiene el silencio y la soledad como punto de partida difícilmente se equivocará en las decisiones que tome. Desde el silencio, de una manera armónica y equilibrada, la persona puede orientar su vida hacia una situación de plenitud y alegría existencial.

Pero existen también silencios impuestos y no deseados a los cuales, por circunstancias personales y sociales, uno se puede ver obligado y condenado. Estos silencios producen efectos negativos, pues no son asumidos con libertad y alegría. Cuando el silencio es fruto de un imperativo psicológico o social llega a resultar nocivo para la persona: en lugar de ser constructivo y edificante, produce desánimo, cansancio, tristeza, dolor e incluso desesperación. Ese silencio impuesto como restricción del derecho de expresión y de comunicación anula muchos valores humanos, éticos, estéticos, religiosos, hasta llegar, en casos extremos, a la anulación más elemental: la de la existencia.

Para quienes valoramos la existencia y la persona en si, y disfrutamos de un entorno adecuado que nos permite discernir y contemplar la vida, el silencio es una plataforma desde la cual se pueden ponderar, con objetividad y serenidad, las vicisitudes que atraviesan muchas personas que viven situaciones límite no deseadas.

Silencio y exclusión social

Hoy se habla mucho de la exclusión social como fenómeno sociológico. Desde las instancias públicas y privadas se desarrollan infinidad de proyectos para paliarla. Se habla de dar voz a los “sin voz”. Pese a todo, en ocasiones estos esfuerzos resultan ineficaces.

Ante las problemáticas de la pobreza y la marginación se hace mucha demagogia desde el punto de vista político, tanto desde ideologías de izquierdas como de derechas. Los políticos utilizan las situaciones sociales degradantes para reforzar sus idearios haciendo vanas promesas cuando, en realidad, están poco interesados en resolver estos problemas. Su intención es sacar partido de los buenos sentimientos de las personas, sin llegar a dar respuestas verdaderamente objetivas y eficientes.

Para encontrar posibles vías de solución de las realidades de dolor social es preciso interiorizar de manera consciente y responsable las causas y el trasfondo de la marginación desde el silencio. Tal vez resulte llamativo proponer hacer políticas sociales desde el silencio. Pero es desde una actitud reflexiva y desapasionada como se podrán dilucidar mejor y con mayor objetividad las posibles soluciones a ciertos problemas, dejando a un lado los intereses partidistas y buscando el bien real de las personas. Nuestra sociedad, como nuestros políticos, está falta de pensamiento, de meditación y de silencio. No deberíamos olvidar que han sido necesarios siglos de pensadores, activos en su silencio voluntario y laborioso, para que la humanidad alcanzase sus mayores logros.

El silencio obligado de nuestros pobres y de los que sufren nos interpela a transformar nuestro silencio libre y meditativo en una opción de justicia y solidaridad hacia ellos, sin caer en demagogias o en activismos estériles. Desde el silencio surgirán muchas más posibilidades de atisbar con lucidez perspectivas claras y reales de futuro.